feed

Aristóteles

¿Perdemos el tiempo leyendo a autores demasiado antiguos?

37 comentarios

aristoteles1.jpgYa sabéis de mi afición de avivar la llama de la polémica para suscitar el intercambio sano de ideas a fin de consolidar lo que ya sabemos, o quizá modificarlo un poco, pulirlo, replantearlo. Y, quién sabe, tal vez haya algún cambio de opinión (aunque el formato adversarial no sea muy propio para ello). En cualquier caso, ahí va la pregunta peliaguda del día: ¿leer a autores demasiados antiguos es una pérdida de tiempo?

Obviamente, primero hay que definir lo que significa “perder el tiempo”. En la literatura, supongo que tal concepto es imposible de definir. Cada uno disfruta de lo que quiere, bucea en los autores que considera y saca frutos según el bagaje que le acompañe en sus lecturas. No hay mucho más que discutir.

Sin embargo, la cosa cambia si hablamos de libros de no ficción: filosofía, divulgación, historia, política, psicología, etc. Entonces sí que podemos afirmar con cierto grado de seguridad que determinadas lecturas son perder el tiempo (si consideramos perder el tiempo obtener conocimientos útiles y no simples elucubraciones sin sentido o datos obsoletos o erróneos). Entonces, estar muerto hace muchos años ya no es garantía de sabiduría. No digo que un pensador antediluviano pueda dar en el clavo o consiga enfocar determinado problema con una brillantez que jamás se alcanzará posteriormente: lo que digo es que tener antigüedad no es garantía de ello.

Más bien es un handicap.

Si leemos, por ejemplo, a un pensador de hace seis siglos a fin de aplicar sus lucubraciones a los problemas que nos atañen, estaremos obligados a desbrozar ideas muertas y ello precisa de un trabajo cognitivo superior que si leemos a un pensador contemporáneo, cuyas ideas sintonizan mejor con los nuevos conocimientos (hablo, por supuesto, en general: seguro que hay pensadores contemporáneos que sólo tienen ideas muertas).

Leer más

Anunciate aquí
Anunciate aquí

Diccionario Literario: catarsis

1 comentario

800px-mask.jpg
Catarsis es un término griego (katharsis: purgación, purificación), utilizado originariamente en medicina y en la escuela pitagórica. Para Hipócrates catarsis es la expulsión de los malos “humores” corporales, mientras que para los pitagóricos la música tenía un valor catártico: mediante ella, el alma se libera de sus tensiones y deriva hacia un estado de armonía y equilibrio.

De esta doble fuente arrancaría la noción aristotélica de catarsis (que el filósofo presenta en su imprescindible Poetica), aplicada a la interpretación de la tragedia, en cuya representación se produciría una agitación del espíritu y una descarga afectiva en el ánimo del espectador, al identificarse éste con el héroe que, por su situación dramática, trasvasaría un doble sentimiento: de piedad y de terror.

Leer más

Anunciate aquí

Diccionario Literario: anagnórisis

3 comentarios

Tragediagriega

El término “anagnórisis” es un helenismo cuyo significado es “revelación”, “reconocimiento” o “descubrimiento”. Este concepto fue mencionado por primera vez por Aristóteles en su ‘Poética’. Describe el instante de revelación en que la ignorancia da paso al conocimiento.

También se llama agnición, “agnitio” en latín, al paso de la ignorancia al conocimiento que un personaje experimenta acerca de la identidad de alguno o varios de los demás o del personaje acerca de algún hecho. “Anagnórisis” significa lo mismo que agnitio: reconocimiento. Ambas son intercambiables, su uso depende de la tradición lingüística del usuario.

Desde la ‘Poética’ de Aristóteles el reconocimiento o anagnórisis ha sido caracterizado como uno de los puntos esenciales de la trama literaria, en particular en el teatro. Y es que, aunque la anagnórisis es un recurso frecuente en muchos géneros, Aristóteles la describió en relación con la tragedia clásica griega, con la que está asociada de modo especial.

Leer más

‘El que no lea este libro es un imbécil’ de Oliviero Ponte di Pino

0 comentarios

Éste libro de título provocador no es un diccionario de estupideces o un estupidario del estilo del Sottisier de Voltaire o el Dictionnaire de la bêtise de Guy Bechtel y Jean-Claude Carrière. Tampoco es un listado de citas de personajes célebres tal y como refiere el subtítulo de este obra: “Los misterios de la estupidez a través de 565 citas”.

Lo que hace El que no lea este libro es un imbécil es exponer 565 citas o fragmentos de autores que hablan de la estupidez desde todos los puntos de vista imaginables, en efecto, pero el autor, Ponte di Pino, no guarda silencio, sino que comenta cada cita, las hilvana y trata de darle cierto aspecto de ensayo. Un intento a veces notable; otras veces, sin embargo, la cosa está un poco más pillada por los pelos, y se atisba demasiado la escuadra y el cartabón que el autor ha empleado para justificar cada cita invocada.

Oliviero Ponte di Pino comentará a Cicerón, a Wittgenstein, a Aristóteles e incluso a Lars von Trier, pero también a Forrest Gump o a Bill Gates, así que el libro bascula entre el rigor y la chufla. Entretenido, frívolo y bastante superficial (no hay que tomarse muy en serio casi ninguna de las teorías presentadas por el autor, excepto unas pocas referidas, por ejemplo, a la función del bufón en las sociedad), en ocasiones salen al paso citas o reflexiones que, por su complejidad y buen tino, merecen la lectura atenta.

Leer más

Anunciate aquí

WSL Weblogs SL