Hay dos clases de personas en el mundillo del arte. Las que piensan, de forma optimista, que el arte es infinito, inabarcable, y que jamás nos lo podremos acabar (salvo en experimentos mentales como la biblioteca de todos los libros que pueden existir de Borges).
O las que piensan, de forma pesimista, que el arte, más concretamente la literatura, ha muerto, que todo es una copia de una copia y que ya no hay nada nuevo bajo el sol.
Ambas clases de personas están equivocadas. Al menos un poco.

