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Escribir para alcanzar la fama inmortal

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Escribir para que tus palabras queden cinceladas en mármol. Escribir para que te adulen. Escribir para alcanzar el reconocimiento que, en justicia, consideras que te mereces. Escribir para que las enciclopedias inmortalicen tu nombre, para cimentar tu crédito intelectual. Escribir para escamotear la angustia, la inseguridad y la desesperación, la del individuo aislado, arrancado del útero materno y lanzado a un mundo hostil.

Tanta grandilocuencia viene a cuento de que, en el fondo, en las fibras más íntimas de nuestro ser, escribimos, pintamos, cantamos para satisfacer un anhelo infinito de fama.

Por ello (entre otras razones biológicas que hoy no toca sacar a colación) existen las pirámides egipcias o Hamlet. Para elevar la propia vida individual, quebradiza y limitada, hasta el plano de lo indestructible.

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¿Por qué atrae tanto la profesión de escritor?

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¿Por qué a los escritores les rodea una aureola de misterio? ¿Por qué soñamos secretamente con conocerles? ¿Por qué diablos molan tanto?

Para responder a estas preguntas no voy a apelar al argumento biológico o al memético (eso ya lo hice en su momento) sino a una simple reflexión acerca de los libros y el proceso de escribirlos. Porque ¿realmente los escritores son tan interesantes como parece?

No hace mucho leí un delicioso libro editado por Anagrama, Una lectora nada común, de Alan Bennett, donde se plantea la divertida hipótesis de que la reina Isabel II de Inglaterra, sí, esa anciana hierática, fría y protocolaria, de repente es sacudida por una fuerte afición a la lectura. De la noche a mañana, pues, la reina, bajo el influjo de la literatura, empieza a sufrir toda clase de transformaciones intelectuales y emocionales que acabarán influyendo en todo su universo.

Una de estas transformaciones consiste en la aparición de la duda y la inseguridad. La reina siempre se había reconocido como una mujer de ideas sólidas y carácter inexpugnable, pero poco a poco, gracias a la imagen poliédrica del mundo que le ofrecen los libros, empieza a vivir en una eterna duda acerca de todos los asuntos que antes contemplaba como sencillos. Incluso empieza a sentirse vulnerable, sobre todo frente a una clase de persona que jamás antes le había supuesto ninguna amenaza: los escritores.

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