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Descubriendo tu huella literaria

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tumblr_llo2ob9iyh1qge6sa.jpgEsto no va de tu huella digital. Esto no es CSI. Esto va de tu huella literaria, que puede incriminarte de la misma forma que lo hace tu huella digital o tu huella genética.

Todos, al expresarnos, empleamos unos patrones lingüísticos que nos identifican. Es lo que se denomina idiolecto. Se manifiesta en una selección particular del léxico, de la gramática y también en palabras, frases y giros peculiares, así como en variantes de la entonación y la pronunciación.

En 1886, un físico estadounidense llamado Thomas Mendenhall se obsesionó hasta tal punto con los patrones lingüísticos que trató de resolver el debate eterno acerca de si algunas de las obras de William Shakespeare habían sido en realidad escritas por Francis Bacon. (Si queréis leer una deliciosa historia que bromea a menudo con esta idea o simplemente sois amantes de los libros en general, os recomiendo la saga de Thursday Next).

Para ello, Mendenhall comparó la frecuencia y la distribución de palabras cortas y de cuatro letras en el texto de ambos autores.

Un filósofo polaco llamado Wicenty Lutoslawski se lo tomó mucho más en serio, pero centró sus obsesiones en los diálogos de Platón. Para determinar la secuencia en la que Platón escribió sus diálogos, definió más de 500 características estilísticas en la obra e inventó una fórmula para contarlas y ordenarlas jerárquicamente en función de su importancia. Pensó que cualquier muestra de escritura estadísticamente (y estilísticamente) próxima a otra debería haber sido también escrita en un momento cercano en el tiempo.

Elucubraciones similares han ocupado la mente de Dan Rockemore, profesor de matemáticas y de ciencia computacional en el Darmouth College, y profesor externo del Instituto de Santa Fe especializado en estadísticas del estilo:

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (II)

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Como os explicaba en la anterior entrega de este artículo, la propiedad intelectual ha empezado a adquirir la misma entidad que la propiedad privada o la propiedad física, a pesar de que tecnología está precisamente encaminada a lograr lo contrario: que la propiedad intelectual apenas tenga mérito o sentido.

Hoy en día, plagiar un fragmento de un texto es tan escandaloso como robar una cartera, y a la mayoría de gente le parece algo natural porque desde instancias superiores se ha promovido que esa analogía es legítima. Por ejemplo, hace unos años, Doris Kearns Goodwin había fusilado pasajes de otros historiadores, ¿sabéis que le pasó? Le pidieron que dimitiera del comité del Premio Pulitzer.

Cuando Malcolm Gladwell descubrió que algunos de los pasajes de su artículo formaban parte de una obra de teatro de Broadway, sólo sintió que estaba bien, que así se podrían oír ecos de su artículo en los escenarios de Broadway, algo que de otro modo nunca hubiese ocurrido.

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Escribiendo a cuatro manos

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A veces cuando decidimos escribir para los demás no nos damos cuenta de que estamos escribiendo un libro paralelo que trata sobre uno mismo.

El oficio de la literatura tiene dos vertientes. Cuando uno se decide a afrontar un hoja en blanco para mancharlo de salpicaduras de tinta más o menos ordenadas (o de ceros y unos, en el caso de los autores más geeks), consciente o inconscientemente (dependiendo del autor) también se emprende la escritura de otra historia que no va a ser publicada, que no podrá ser leída exclusivamente por ojos sino a través del filtro de otros sentidos.

Escribir cualquier cosa conlleva escribir una autbiografía que acompañará por siempre toda nuestra producción. Una autobiografía falseada, llena de exageraciones, mentiras, claroscuros e imposturas, que va a ser la imagen como autor que pretendemos (o no) dar a los demás.

Y creedme cuando os digo que esa autobiografía puede ser más importante de lo que parece. Incluso más importante de todo cuanto escribáis explícitamente.

Al teclear estas líneas yo mismo soy más o menos consciente de esas líneas invisibles que también voy dejando por todos los sitios y que me describen de alguna forma. Vosotros, máquinas cotillas por naturaleza, no sólo leéis mis ideas sino que os formáis una juicio de cómo soy yo en base a mis ideas, en un juego de espejos que ni el callejón del Gato de Valle Inclán.

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William Shakespeare, coautor de 'Eduardo III'

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Shakespeare

Parece llegar a su fin una vieja polémica en torno a la autoría de la obra Eduardo III y a la imagen de William Shakespeare como un escritor solitario y atormentado, ya que se ha descubierto que el escritor más famoso de todos los tiempos es coautor y no autor en solitario de esta obra teatral. Esta obra, aparecida en 1596 bajo la autoría de Shakespeare, ha sido analizada con un programa informático llamado pl@giarism (plagio) y se llegó a la conclusión de que fue escrita a cuatro manos con otro escritor.

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