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Leo eso porque tú lo lees o por qué ser una oveja no es tan malo (y II)

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opera_corazon1.jpgComo decíamos en la primera entrega de este artículo, por ejemplo, veamos un ejemplo de mercado en el que no hay demasiada presión de la mercadotecnia: la música clásica. A pesar de que en la música parece que el factor determinante parece ser el talento, lo cierto es que también hay otros factores muy familiares, como argumenta el economista Sherwin Rosen:

El mercado de la música clásica nunca ha sido tan amplio como hoy; sin embargo, el número de instrumentistas profesionales sólo ronda el centenar (y mucho menos si el instrumento es la voz, el violín o el piano). Los músicos de primera fila constituyen un grupo diminuto dentro de estas cifras ya de por sí pequeñas y, por supuesto, ganan mucho dinero. Hay diferencias tremendas entre sus ingresos y los ingresos de los músicos de segunda fila, aunque la mayoría de los consumidores serían incapaces de detectar la más mínima diferencia en una prueba con los ojos vendados.

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Leo eso porque tú lo lees o por qué ser una oveja no es tan malo (I)

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gran-hermano-13_casting_telecinco_zeppelin-tv_logo.jpgMola cantiduvi eso de ir a contracorriente, lo de ser diferente, lo de romper el molde, lo de sentirse identificado con Mafalda cuando afirma compungida que en este mundo hay mucha gente pero pocas personas. El aborregamiento que denunciaba Ortega y Gasset es el peor insulto que te pueden dedicar: que si escuchas música demasiado comercial, que si lees libros que están en el Top10 de centro comercial de fin de semana, que si la pintura que decora tu recibidor ya está muy manida, que tu programa de radio favorito es pura radiofórmula…

En el arte, ser original suele ser un plus (aún cuando la originalidad, admitámoslo, tiene algo de entelequia).

Bien, como de costumbre, voy a tocar varias narices: no, no y no. Y además voy a explicarme sin que esto se parezca a la conversación de dos invitados del extinto programa de Sánchez Dragó hasta arriba de marihuana (o de alcohol, ¿recordáis al tipo de “el milenarismo ha llegado”?).

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Escribir automáticamente, como 'El Escritor' de Neuchâtel

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220px-automates-jaquet-droz-p1030496.jpgExisten escritores que aseguran que están vivos, pero una vez leídos sus textos, uno empieza a dudarlo seriamente.

Escribir, en el fondo, es bastante fácil. Sólo hace falta darle a las teclas. Hasta un mono podría hacerlo. De hecho, con la suficiente cantidad de monos encerrados en una gran habitación, todos tecleando aleatoriamente, es posible que con los años aparezca por casualidad una obra respetable.

Otra cosa es si lo que uno lee, luego, le suscita alguna emoción o simples deseos de cerrar el libro y hacer otra cosa más enriquecedora.

Así pues, una vez superado determinado umbral de conocimientos lingüísticos, todo lo demás es cuestión de opinión. Si uno es capaz de hilvanar algunas frases, ya es escritor, digan lo que digan los popes intelectuales que quieren encorsetar el arte mediante reglas intocables.

Si uno escribe que no se entiende, incluso, puede abrir nuevas corrientes artísticas, como lo hizo el dadaísmo. Todo es discutible, todo es arte, todo es bueno y malo.

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‘2012’ de Brian D´Amato: el fin del mundo está de moda

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Sí, el fin del mundo está de moda, al menos hasta el año 2012, fecha del supuesto fin del mundo según el calendario maya. A rebufo de este acontecimiento, digamos que relevante, en breve se estrenará en las salas la hipérbole hiperbólica del cine de catástrofes: 2012 de Ronald Emerich (Independence Day, El día de mañana).

El libro del que quiero hablaros se titula del mismo modo, 2012. También habla del fin del mundo según el calendario maya. Sin embargo, no hay que confundirlo con la película. Aquí no aparece John Cusack, el escritor de ciencia ficción frustrado que conduce limusinas para salir adelante. El protagonista de 2012 es un descendiente de los mayas que, literalmente, se va a convertir en la única persona capaz de salvar al mundo de su destrucción. Ahí es nada.

Escrita con brío y una documentación enciclopédica, el escultor y artista Brian D´Amato ha compuesto un thriller tecnocientífico adictivo, que se consume en poco tiempo a pesar de las más de 700 páginas de letra apretadita. Queda claro que este artista, que ya ha expuesto en galerías y museos de todo el mundo, tiene un pulso narrativo envidiable, pero además, como ya se ha dicho, exhibe unos conocimientos y una minuciosidad histórica y científica que recuerda a otros autores del género como Michael Crichton (Parque Jurásico).

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Escribir en 'modo zombi' para que los zombis te lean (I)

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Para algunos, el acto de escribir es algo así como poner el piloto automático y dejar manchas de tinta en el papel, cual impresora matricial. Para redactar prospectos de medicamentos o instrucciones de neveras alemanas lo veo estupendo. Sin embargo, cuando nuestro objetivo no es sólo comunicar sino suscitar determinadas emociones y pensamientos en el lector, la escritura automática debería ser anatema.

Si uno no es capaz de poner sus tripas sobre la mesa, mojar la pluma en ellas y escribir con su propia sangre, entonces mejor que lo deje. A veces hay que curtir el vozarrón bebiendo ginebra a morro, no queda otra. Pero si uno prefiere seguir adelante como una princesa inmaculada, que luego no proteste si un crítico sabelotodo le dice que su libro parece haber sido escrito con formol o que se venderá mucho entre las almas ibéricas que persiguen lo inteligible, lo maniqueo y lo facilón.

Si lo que se busca es que a uno le lea mucha gente de diferentes estratos sociales y con distintos niveles culturales, el padre, el hijo y el Espíritu Santo, si uno busca figurar entre los más vendidos, entonces que se olvide de tripas y fuerzas incontrolables surgidas de sus entrañas. Que siga las reglas, los cánones, lo políticamente correcto y, en todo momento, que siempre se la coja con papel de fumar. Como un buen político.

O que siga el ejemplo de Pocholo, que sólo haciendo el aeroplano y buscando incasablemente su mochila perdida triunfa entre mayores y pequeños. Es la única forma de que la mayoría, esa masa estólida llamada humanidad, apoquine.

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