‘El fin de la fe’ de Sam Harris: religión, terror y el futuro de la razón
A mi juicio, existen dos clases de críticas literarias. La que se fundan en cuestiones técnicas, en valoraciones más o menos estandarizadas sobre lo que es el ritmo o la belleza de un texto. Y las que se basan en lo que simplemente ha causado en nuestras entrañas la lectura del libro.
Lo que ha causado en mis entrañas El fin de la fe del filósofo y doctor en neurociencias Sam Harris es un cataclismo. De modo que soy incapaz de dedicar espacio a la aparente prosa sencilla y asequible de Harris o en su extraordinaria capacidad para apuntalar justo la objeción que te viene a la mente tras leer uno de sus incendiaros párrafos.
Sólo puedo hablar de este libro desde la fe. Una fe que en nada se parece a la fe religiosa. Pero que, como ésta, nace de un punto de vista subjetivo, sentimental, personal. El fin de la fe es uno de los libros más bellos, bien explicados y fundamentados y más necesarios que he tenido la oportunidad de leer en mucho tiempo (a pesar de que esta edición contiene no pocas erratas tipográficas, una pena).


Antes de la época de las películas de acción y los videoclips de rap el entretenimiento más viril conocido era la literatura. A los machos del pasado nada les gustaba más que juntarse con un grupo de amigos y desaparecer monte arriba a cazar, o sudar juntos en el gimnasio a base de llaves de lucha y relajarse después en una terma escuchando los cantares de un aedo. Esto tiene dos implicaciones: una, que como siempre he dicho, la Historia es tremendamente gay; dos, que los poetas conocían a su público e introdujeron tipos tan duros con frases tan lapidarias que dejan a John McLane a la altura de Hello Kitty.