Buscar intencionadamente lo que se quiere encontrar. Es lo que se vino a llamar bibliomancia. El método consistía en abrir un libro en una página al azar para interpretar así su contenido contextualizándolo y adaptándolo a la circunstancia presente. Esto es lo que dice el diccionario. Lo habitual, sigue el diccionario, era leer el primer párrafo.
Otra forma más indirecta de escoger el fragmento que se sometería a exégesis consistía en dejar el libro a la intemperie, abierto a la mitad exacta, para que el viento se encargara de pasar las páginas. También servía el arrojar el libro y leer la página donde hubiera quedado abierto. Tradicionalmente, el libro que se empleaba siempre para esta clase de adivinaciones era la Biblia. Con el transcurrir del tiempo, no obstante, son otros los libros que se han convertido en guías espirituales para los bibliomantes, como La Eneida de Virgilio. Por ejemplo, durante el Imperio Romano, cuentan las crónicas que Adriano señaló al azar un párrafo de La Eneida que predijo la aprobación por Trajano de su sucesión al trono.
O que Claudio II señaló un párrafo que vaticinó la muerte de su hermano Quintilo pocos días después de convertirse en emperador. También se usaron La Ilíada y La Odisea, de Homero. Ya ven ustedes, todo muy místico, todo muy código secreto de la Biblia o código da Vinci, o Código Penal, si me apuran: los leguleyos me entenderán.

Quien busca, encuentra. A veces en el mal sentido. Es decir, que tendemos a encontrar patrones si nos decidimos a buscar (y luego organizamos esos patrones para que tengan sentido, lo cual es incompatible con observar la realidad objetiva). Prueba de ello son las nubes: basta mirar un rato el cielo para ver formas reconocibles en esas esposas máquinas lluvia.
A mi juicio, existen dos clases de críticas literarias. La que se fundan en cuestiones técnicas, en valoraciones más o menos estandarizadas sobre lo que es el ritmo o la belleza de un texto. Y las que se basan en lo que simplemente ha causado en nuestras entrañas la lectura del libro. 

Antes de la época de las películas de acción y los videoclips de rap el entretenimiento más viril conocido era la literatura. A los machos del pasado nada les gustaba más que juntarse con un grupo de amigos y desaparecer monte arriba a cazar, o sudar juntos en el gimnasio a base de llaves de lucha y relajarse después en una terma escuchando los cantares de un aedo. Esto tiene dos implicaciones: una, que como siempre he dicho, la Historia es tremendamente gay; dos, que los poetas conocían a su público e introdujeron tipos tan duros con frases tan lapidarias que dejan a John McLane a la altura de Hello Kitty.