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¿Por qué las bibliotecas huelen como huelen?

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Un olor es capaz de provocar sensaciones o recuerdos con enorme eficacia. Esto es debido a que las señales nerviosas procedentes del olfato son procesadas muy cerca de regiones cerebrales relacionadas con las emociones y la memoria a largo plazo. Hasta el punto de que, a veces, uno se siente como Jean-Baptiste Grenouille en El Perfume, de Patrick Suskind (aunque Stephen es un caso más increíble, y, además, real).

Y es que el olfato es el más fino de los sentidos que poseemos. Es 10.000 veces más intenso que el sentido del gusto. De hecho, hasta un 90 % de lo que percibimos como un sabor es en realidad un olor. En general, las mujeres tienen un sentido del olfato más fino que los hombres, y cerca del momento de la ovulación, se agudiza aún más.

En ocasiones asociamos olores con lugares o momentos especiales. Y creemos que esos lugares o momentos especiales no son pura química, también, sino otra cosa. Pero no es cierto. Algo tan abstracto como el olor a lluvia es algo tan prosaico como el tufo a ozono que desprende el aire debido a las descargas eléctricas de la tormenta: el fuerte aumento de temperatura que produce un rayo afecta a la propia estructura química del aire, produciéndose reacciones químicas que crean nuevos compuestos.

O bajemos a algo más terrenal, el sexo. Si acercamos nuestra nariz a una vagina, hallaremos fragancias siempre distintas, según la mujer con la que estemos. Y esos olores no siempre estarán asociados a su falta de higiene (de hecho, el exceso de higiene es peor que la falta de higiene, pues se destruye la imprescindible flora vaginal). Un mal olor vaginal, por ejemplo, puede ser producido por lo que se llama vaginitis bacteriana, una infección que produce compuestos como la trimetilamina, que curiosamente es la misma sustancia que otorga su olor al pescado poco fresco. También encontraremos putrescina, que es lo que hallaremos en la carne putefracta, y cadaverina, que ya os imagináis de dónde procede el nombre.

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Una visita con mi abuela a la biblioteca de mi infancia

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biblioteca1.jpgAbuela –le dije una tarde-, ¿podemos ir a aquel sitio?
-¿Adónde?
-Allí –le señalé con el dedo. –Me han dicho mis amigos que hay muchos libros y revistas.
-Ah, eso. Es la biblioteca del barrio.
-Entonces, ¿qué?
-¿Qué de qué? –Aquel alarde de retórica unió a la impaciencia el desconcierto.
-Que si me llevas.

Cruzamos toda la plazoleta, y luego recorrimos un sendero de grava que nos condujo a la puerta principal de la biblioteca, custodiada por dos altos cipreses. Era un edificio de dos plantas, rectangular, de líneas sobrias y fachada restaurada hacía poco tiempo.

La barahúnda del exterior (sobre todo la monótona cantinela de una anciana que voceaba cupones) fue sofocada como por ensalmo al adentrarnos en el vestíbulo. Resaltamos enseguida, a los pocos segundos de franquear la puerta, ya que el lugar no estaba precisamente concurrido. En realidad no era la primera vez que entraba en una biblioteca, pero sí era la primera vez que entraba con mi abuela, que sinceramente no era muy leída.

Me acometió la imperiosa necesidad de contaminarla del entusiasmo que me embargaba; de explicarle lo fascinante que sería leer aquellos volúmenes; que todas aquellas obras eran una suerte de ruedas Catalinas, pequeñas y sin importancia aparente, pero decisivas para el devenir del tiempo y el movimiento hacia el futuro. Pero cuál fue mi sorpresa al advertir como ella, por sí misma, avanzaba por el vestíbulo, pasando junto a las fotocopiadoras, las vitrinas de exhibición de los recursos de reciente ingreso en el sistema y el mostrador de Circulación y Préstamo, tomaba un diccionario, ubicado en las estanterías que rodeaban la sala de lectura, y lo abría por la primera página.

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¿Cómo puedo organizar mi enorme biblioteca sin morir en el intento? Trocéala (y II)

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el-palimpsesto-de-arquimedes.jpgA Erasmo de Rotterdam le gustaba tomar notas en los libros que leía. Así los hacía más suyos. Pero también le permitía fortalecer la memoria de lo que leía.

En su libro De copia, hizo esta conexión entre memoria y lectura cuando instaba a los estudiantes a hacer anotaciones en sus libros, usando “el signo apropiado” para marcar “las apariciones de palabras chocantes, una dicción arcaica o novedosa, brillantes destellos de estilo, adagios, ejemplos y comentarios concisos que merezca la pena memorizar.”

Lo explica así Nicholas Carr:

También sugirió a todos los estudiantes y profesores llevaran un bloc de notas, organizadas por temas, “para que cada vez que (el profesor) señale algo digno de quedar escrito, pueda anotarse en la sección correspondiente”. La transcripción de los fragmentos a mano y su declamación habitual ayudarían a asegurar que se fijaran en la mente. Los pasajes debían verse como flores que, arrancadas a las páginas de los libros, pudieran conservarse entre las de la memoria.

Sentí una especial trepidación al leer lo que aquí cuenta Erasmo porque yo, años ha, también llegué a unas conclusiones similares. Aunque fui un poco más allá. No sólo tomaba nota de lo que me parecía digno de guardar, sino que directamente troceaba el libro, fotocopiaba páginas e incluso las arrancaba para almacenarlas.

Sí, sé que suena sacrílego. Pero eran los libros o yo. Un poco me sentía como Séneca cuando emplea la metáfora de la botánica para describir el papel esencial que desempeña la memoria en la lectura y el pensamiento:

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¿Cómo puedo organizar mi enorme biblioteca sin morir en el intento? Trocéala (I)

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biblioteca1.jpgLeer mucho implica, generalmente, acumular muchos libros. El buen lector acostumbra a ser también un coleccionista de volúmenes y más volúmenes. Nos cuesta desprendernos de los libros que hemos consumido, por romanticismo, por apego, por lo que sea. Y eso lleva aparejados una serie de inconvenientes: el polvo, por ejemplo, es uno que me atañe a mí particularmente. Pero uno de los problemas más ubicuos es el del espacio.

En el libro Pensar/ Clasificar, Georges Perec plantea la idea de construirse una biblioteca casera con exactamente 361 libros (regalando uno si se incorpora otro). De este modo, nos ahorraríamos muchos problemas. Algo así como el Top10. Bueno, Top361.

Sin embargo, Perec también cuesta sus dificultades para organizar un número tan manejable de libros. Primero lo intenta por volúmenes:

aflorando el problema de autores con Obras completas en 1 volumen y otros con varios volúmenes, lo cual le obligó a fijar mejor 361 autores, pero novelas de caballería y diversos anónimos hicieron desistir de este criterio. Pasó entonces a considerar 361 temas encontrando nuevas dificultades.

Alguien que de verdad tuvo dificultades para almacenar sus libros fue un tal Karl Menger, el que fuera el alma matemática del Círculo de Viena. A Menger le abandonó su mujer seguramente por su obsesión de acumular libros, algo así como un Síndrome de Diógenes Cultureta.

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