Lo que se vende gratis genera dinero o la estupidez de pagar por la cultura
En Papel en Blanco ya se ha analizado en numerosas ocasiones la conveniencia de aplicar un canon en las bibliotecas. Por primera vez en la historia, gracias a Internet, podemos minimizar los gastos de distribución y copia de la cultura casi a cero. Así pues, no basta con recurrir a la respuesta que siempre se ha esgrimido sobre esta cuestión: “la cultura se paga al igual que se paga cualquier otra cosa”. Porque el fuego que mantiene encendida una vela puede encender otras velas sin menoscabo de la vela original, y rentabilizar eso económicamente provocará que muchos de nosotros nos quedemos a oscuras. No resulta una idea fácil de digerir, por supuesto, pues hemos nacido en otro tipo de mundo muy distinto al actual, y nos resistimos a adoptar nuevos esquemas mentales.
Pero si los músicos, y ahora lo escritores, van a tener problemas para ganarse la vida con su trabajo (bueno, siempre los tuvieron, porque los que en verdad sacan tajada son las editoriales, los productores y los distribuidores) quizá deberían buscar otras formas de hacerlo que no sean perpetuar un periclitado modelo de negocio.
Que de todo hay. La presidenta de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, Montserrat Conill, ha alumbrado en un reciente acto sobre los derechos de autor dos despampanantes argumentos a favor del canon bibliotecario, o la tasa que vamos a tener que pagar por cada préstamo. El primero es que, en contra de la insidia propagada por algunos bibliotecarios (!), la copia privada no es un derecho del usuario (!!!). No había visto semejante patada al código civil desde los tiempos de la inefable
Me mata. Este hombre me mata. César Antonio Molina es algo así como el John McLane de los ministros de Cultura. Pues no va y monta una rueda de prensa para decir que el Gobierno asumirá el millón y medio de euros que costará el canon bibliotecario de 2007. Rumia Este asunto no agrada a nadie. Se perdió el juicio y estamos incumpliendo una ley. No debemos hacerlo (“Llora como una mujer…”). Suelta la perogrullada de que pagar la multa de diez millones sería peor.
A sus noventa años, José Luis Sampedro es la mente y el corazón de la protesta contra el canon bibliotecario. Nadie ha enarbolado con tanta energía la lucha contra la imposición de un pago por derechos de autor al préstamo de biblioteca. Por su doble carácter de economista y literato, por su insoslayable prestigio político y por ser una de las memorias vivas de nuestra cultura, la causa no podría tener un mejor abogado.
El 24 de octubre es el Día de la Biblioteca, y desde la plataforma
El presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero ha anunciado hoy el cambio por sorpresa de los titulares de tres ministerios: Administraciones públicas, Sanidad y Cultura. El último caso es el que nos afecta, en donde Carmen Calvo será sustituida por César Antonio Molina, director del Instituto Cervantes. No se menciona si Calvo tendrá otro puesto institucional.
Al final la cuenta de la vieja de la ministra Calvo (recordemos: “
Como ya nos anunciaba
Que la protesta contra el canon en la biblioteca está subiendo de intensidad lo prueban hechos como el acaecido ayer noche, en el que un grupo de opositores a esta ley interrumpió la tradicional lectura del Quijote en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Fue una interrupción de cinco minutos con la que uno puede estar de acuerdo o no. La directora de la Biblioteca Nacional Rosa Regás, por ejemplo, ha optado por indignarse mucho y ya de paso desvincularse de la protesta contra al canon. “¿Quién? ¿Yo? ¡Nunca!”. Pelín exagerado me parece, sin embargo, actuar como la portavoz de Cultura del Partido Popular Beatriz Rodríguez-Salmones e ir hablando en el Congreso de una “rebelión popular” contra los derechos de autor. Que yo sepa nadie anda de momento apilando barricadas.
