Siguiendo la onda de la última etrada de Sarah acerca de la medalla Goethe recibida por John Le Carré quisiera comentar la noticia acerca de la entrega del Premio Formentor al escritor mexicano Carlos Fuentes en reconocimiento a su obra literaria e intelectual. La oportunidad es importante por varias cosas, la primera de ellas tiene que ver con el premio mismo que se reactiva después de varios años, ratificándose como una referencia histórica en cuanto a los premios literarios en lengua hispana.
En segundo lugar está el galardonado, uno de los princpales exponentes de la llamada generación del boom latinoamericano con obras tan importantes como Aura, Terra Nostra, La muerte Artemio Cruz, Gringo viejo y La región más transparente, por mencionar algunas. A Carlos Fuentes se le ha entregado el Premio Formentor en ocasión de cumplirse 50 años de la primera convocatoria y en reconocimiento a su obra “extensa, magnífica y sinfónica”.

Atención, señoras y señores, prepárense para averiguar cuál es la mejor novela de todos los tiempos, la novela que uno debería leer si se considerara un buen lector, la novela que es la suma de todas las novelas, la novela que te impelerá a dar un salto cuántico en la literatura, la novela con marchamo, glamour y profundidad por antonomasia.
Lo de tener un gusto u otro en el ámbito de la literatura siempre me ha parecido, salvando las distancias, ser acólito de una determinada marca de ropa u otra. Es decir, que lejos de consideraciones verdaderamente estéticas o exegéticas, lo que subyace en una u otra preferencia libresca es adscribirnos a determinado grupo o directamente sentirnos por encima de la plebe.
¿Qué pasaría si algún día la labor de editores y correctores estilísticos quedara relegada a la mínima expresión, al simple chequeo del informe elaborado por un cerebro artificial?
Imaginad la siguiente hipótesis: la letra perjudica más al medio ambiente que el consumo desaforado de petróleo.
En Papel en Blanco ya se ha analizado en
Que de todo hay. La presidenta de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, Montserrat Conill, ha alumbrado en un reciente acto sobre los derechos de autor dos despampanantes argumentos a favor del canon bibliotecario, o la tasa que vamos a tener que pagar por cada préstamo. El primero es que, en contra de la insidia propagada por algunos bibliotecarios (!), la copia privada no es un derecho del usuario (!!!). No había visto semejante patada al código civil desde los tiempos de la inefable
Me mata. Este hombre me mata. César Antonio Molina es algo así como el John McLane de los ministros de Cultura. Pues no va y monta una rueda de prensa para decir que el Gobierno asumirá el millón y medio de euros que costará el canon bibliotecario de 2007. Rumia Este asunto no agrada a nadie. Se perdió el juicio y estamos incumpliendo una ley. No debemos hacerlo (“Llora como una mujer…”). Suelta la perogrullada de que pagar la multa de diez millones sería peor.
A sus noventa años, José Luis Sampedro es la mente y el corazón de la protesta contra el canon bibliotecario. Nadie ha enarbolado con tanta energía la lucha contra la imposición de un pago por derechos de autor al préstamo de biblioteca. Por su doble carácter de economista y literato, por su insoslayable prestigio político y por ser una de las memorias vivas de nuestra cultura, la causa no podría tener un mejor abogado.
El 24 de octubre es el Día de la Biblioteca, y desde la plataforma 