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‘La nariz de Charles Darwin’ de José Ramón Alonso

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Como divulgador de ciencia, me doy perfecta cuenta de lo difícil que resulta hablar de temas poco trillados; y sobre todo hacerlo desde un punto de vista diferente. La divulgación científica está de moda, hay gente muy capaz y los temas sobre los que hablar son finitos, valga la perogrullada.

Así que encontrarme con este ejemplar de La nariz de Charles Darwin y otras historias de la Neurociencia ha sido un soplo de aire fresco que me ha confirmado que aún se puede hacer mucho en el terreno de la divulgación.

José Ramón Alonso lo demuestra no solo hablando de cosas de las que no tenía ni idea, sino conectando cosas de las que tenía idea de formas que no tenía ni idea. O algo así. La cuestión es que José Ramón Alonso no se queda en la simple reseña de una anécdota científica, sino que bucea en ella, tira del hilo de anécdotas similares, hace un ovillo con todo, y le sale en cada capítulo un artículo completísimo sobre los asuntos más dispares, desde los zombis hasta el tamaño de la nariz de Darwin.

Si a esto añadimos que José Ramón Alonso tiene sentido del humor, salpica el texto con referencias pop (o spam cultural) (por ejemplo, si habla de zombis, no puede faltar una alusión a The Walking Dead) y, además, finiquita cada capítulo con una lista de libros para profundizar en cada uno de los temas abordados, se puede afirmar que La nariz de Charles Darwin es el mejor libro de divulgación científica en español que he leído en mucho tiempo. Y, por supuesto, debo anunciar que quiero, anhelo leer más cosas de José Ramón Alonso.

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'Cómo decidimos' de Jonah Lehrer: Y cómo tomar mejores decisiones

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decidimos-1.jpgA pesar del título, Cómo decidimos. Y cómo tomar mejores decisiones, no estamos ante un libro de autoayuda o autoconocimiento escrito por un gurú muy trascendente. Cómo decidimos es un libro sobre neurociencia. Y también un libro sobre cómo nuestra inteligencia favorece o entorpece nuestras decisiones cotidianas.

En ese sentido, Cómo decidimos sigue la línea de otro libro que reseñé por aquí no hace mucho: Inteligencia intuitiva, del gran Malcolm Gladwell.

Si bien Jonah Lehrer no supera a Gladwell en su propuesta, aquí también descubriremos desde otra óptica que no siempre los prejuicios son malos, ni tampoco los juicios rápidos, y que al no pensar también estamos pensando. Porque nuestro cerebro fue cableado en una época en la que la reflexión no tenía valor sino la decisión rápida: ante los peligros de la sabana africana, no valían filosofías, sino actuar o morir.

Para apoyar estas ideas, Lehrer aporta experimentos científicos realizados al respecto, pero lo sazona todo con anécdotas muy interesantes en las que está en juego el poder de la decisión. Cómo la fluctuación de unas cuantas neuronas dopaminérgicas salvaron a un acorazado durante la guerra del Golfo. Cómo se creó la burbuja inmobiliaria de las subprime desde el punto de vista neurológico y psicológico. Cómo los bomberos manejan fuegos peligrosos. Cómo estos conocimientos sirven cada vez más para crear programas de televisión más eficaces, mejorar la asistencia médica o potenciar la inteligencia militar. Y muchas más anécdotas que hacen de Cómo decidimos una lectura, digamos, dopamínica.

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Leer es antinatural

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Sí, aunque suene contraintuitivo es así. Leer es antinatural. Sin embargo, nos puede parecer una afirmación extravagante si todavía arrastramos en nuestro bagaje cultural la idea de que lo natural es lo bueno y lo artificial es lo malo. Que lo bueno es lo que la naturaleza nos entrega espontáneamente y que lo malo es todo lo creado por el ser humano, todo lo manipulado, modificado o sobrealimentado.

Por ejemplo, la gente pierde horas de su tiempo discutiendo la legitimidad de la homosexualidad en base a si es natural o en antinatural.

Esta idea beatífica del mundo (la naturaleza es buena, el buen salvaje) se concentra en el ámbito de la alimentación en los llamados alimentos ecológicos. Pero se olvida con frecuencia que los vegetales (los comestibles, entre ellos) acumulan en su organismo sistemas y moléculas de defensa que directa o indirectamente son tóxicos para el organismo humano. Puede parecer una anécdota, pero una berenjena, por ejemplo, contiene casi tanta nicotina como un cigarrillo light. El tabaco, las setas venenosas o la cocaína se obtienen de forma natural y, evidentemente, todos sabemos que no representan un beneficio sobre la salud.

Lo mismo sucede con la lectura. Es antinatural, pero no por ello el adjetivo debe arrastrar connotaciones peyorativas. Precisamente leer es tan bueno porque es antinatural.

El estado natural del cerebro humano, así como el de la mayoría de los primates, tiende a la distracción. Basta con que aparezca cualquier estímulo interesante, y nuestro cerebro sentirás interés por él, olvidándose de lo que estaba haciendo. Sin embargo, leer un libro requiere de una capacidad de concentración intensa durante un largo periodo de tiempo.

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'Neurocotilleos' de Adolf Tobeña

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368528_2.jpgLo primero que me llamó la atención al poco de empezar Neurocotilleos es su prosa.

A pesar de ser un ensayo de divulgación científica que orbita, sobre todo, en las curiosidades de las neurociencias, la prosa de Neurocotilleos está por encima de la media. La voluntad del autor, Adolf Tobeña, es expresar las ideas con un lenguaje muy cuidado, a la vez que cercano, pero sin olvidar los infinitos recursos estilísticos de la lengua española.

Lo cual convierte Neurocotilleos en un ensayo más de neurociencias en el fondo, pero en una obra original y a tener en cuenta en lo formal. Con esto no insinúo que Neurocotilleos sea un mejunje de datos manoseados que no vale la pena leer. Todo lo contrario: Neurocotilleos trata temas interesantes, desde algunas novedades sobre el cerebro de Einstein, Hitler o Ravel, a las particularidades del talento y el orgasmo femeninos, pasando por los dispositivos eyaculatorios masculinos.

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La máquina de escribir que se compró Nietzsche o cómo cambia nuestra escritura cuando usamos un ordenador (y II)

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Como os explicaba en la anterior entrega de este artículo, Nietzsche se hizo un día con una máquina de escribir y empezó a redactar sus textos con ella. A partir de entonces, algo empezó a cambiar en la prosa del filósofo, como si algo hubiese también cambiado en su cabeza.

Uno de sus mejores amigos, el escritor y compositor Henrich Köselitz, también se lo señaló, tal y como explica Nicholas Carr:

La prosa de Nietzsche se había vuelto más estricta, más telegráfica. También poseía una contundencia nueva, como si la potencia de la máquina (su “hierro”), en virtud de algún misterioso mecanismo metafísico, se transmitiera a las palabras impresas de la página. “Hasta puede que este instrumento os alumbre un nuevo idioma”, le escribió Köselitz en una carta, señalando que, en su propio trabajo, “mis pensamientos, los pensamientos musicales y los verbales, a menudo dependen de la calidad de la pluma y el papel.” “Tenéis razón”, le respondió Nietzsche. “Nuestros útiles de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos.

Esta anécdota literaria sirve para ilustrar hasta qué punto las nuevas tecnologías ejercen una influencia sutil pero determinante en nuestro cerebro. De algún modo, al igual que un carpintero consigue que el martillo se convierta en una extensión de su mano, una máquina de escribir se convierte en una extensión de la mente. De algún modo, nos transformamos en una máquina de escribir.

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La máquina de escribir que se compró Nietzsche o cómo cambia nuestra escritura cuando usamos un ordenador (I)

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Tendemos a pensar que nacemos en blanco, cual tabula rasa, y que son las experiencias vividas las que conforman nuestra personalidad, sobre todo en los primeros años de nuestra vida.

La ciencia, sin embargo, cada vez encuentra más evidencias de que no sólo nacemos con patrones bastante inmutables de conducta (impuestos por nuestra herencia genética) sino que precisamente son pequeños detalles en apariencia anodinos los que definen como somos (un mobiliario urbano depauperado origina más casos de criminalidad que todo el cine violento que existe; somos mejores o peores personas no por educación o valores morales sino por el tipo de gente que nos rodea en un momento concreto; etc.)

Un ejemplo de cómo un detalle nimio puede influir no sólo en la forma en que se escriben los libros sino incluso en el contenido de los libros y en todo el universo intelectual que emana de ellos es el de las máquinas de escribir.

A partir de 1879, el filósofo Friederich Nietzsche sufría problemas de salud que le dificultaban la tarea de leer y escribir. Sobre todo por los fuertes dolores de cabeza y los incontrolables vómitos. Hasta que se le ocurrió la feliz idea de recurrir a la tecnología.

Durante las primeras semanas de 1882, Nietzsche recibió en su domicilio una máquina de escribir danesa, una Writing Ball Malling-Hansen.

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‘El científico curioso’ de Francisco Mora: la ciencia del cerebro en el día a día

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9788484606994.jpgLas neurociencias avanzan a una velocidad que difícilmente puede resultar aceptable para una persona corriente (por corriente me refiero: que no se dedica profesionalmente a las neurociencias).

El placer, la felicidad, la agresividad, el libre albedrío, el mito de que el saber no ocupa lugar, el brain reading (saber qué piensa o siente una persona a partir de sus registros cerebrales)… todo ello está siendo redefinido radicalmente por los estudios recientes en neurociencias y, sobre todo, por la tecnología de exploración en tiempo real de nuestra masa gris.

Ponerse al corriente, ya digo, supone leer cientos de libros y artículos al año exclusivamente sobre ello.

Francisco Mora, doctor por las universidades de Granada (España) y Oxford ( Reino Unido), y profesor de Fisiología Humana y de Fisiología Molecular, trata de compendiar lo último de lo último en un solo libro. Y además lo hace de forma amena, sintética y popular, ahorrándose tecnicismos y cuestiones abstrusas.

El resultado es El científico curioso. Pero ¿Mora logra sus fines?

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‘El nacimiento de la mente’ de Gary Marcus

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046504405001_sclzzzzzzz_.jpgUna de las grandes olvidadas cuando se trata el tema de la mente y de los pensamientos y conductas que emanan de ella son, indudablemente, los genes. Los genes parecen dictaminar de qué color tendremos los ojos, o si desarrollaremos tal y cual enfermedad. Pero generalmente no asociamos la genética a los pensamientos.

En El nacimiento de la mente, el profesor de psicología de la Universidad de Nueva York Gary Marcus subsana este olvido presentando todas las concomitancias que a su juicio existen entre mente y genes y cómo su conocimiento podría revolucionar lo que somos. Y además lo hace con un tono divulgativo muy accesible (bien que algunas páginas pudieran marear a los que nunca se han enfrentado a un libro de genética).

Si bien es cierto que queda mucho trecho por descubrir acerca de relación entre genes y conductas (desde luego, los genes no “controlan” en destino, sólo predisponen), nuestro ADN contribuye a formar nuestra personalidad, nuestro temperamento y las cualidades que nos hacen únicos a cada individuo.

La ciencia moderna ha demostrado, mediante quintales de estudios que Marcus detalla en las páginas de su libro, que los genes tienen un efecto demostrable en la vida mental. Ciertos estudios con animales, por ejemplo, han revelado que pueden transmitirse genéticamente aspectos de la conducta y la personalidad (como unos genetistas que produjeron roedores ansiosos y maniáticos).

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Tibudopabikudaropigolatupabikutibudogolatudaro- pitibudopabikugolatu: la predisposición de los bebés para aprender palabras nuevas

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baby.jpgCada vez son más los estudios científicos que avalan la teoría de que el lenguaje es instintivo, posee un sustrato biológico, y por tanto comparte determinadas características entre todos los seres humanos, independientemente del lugar donde hayan nacido o la cultura que les haya empapado el cerebro.

Uno de los experimentos más llamativos sobre cómo nacemos con un patrón de gramática insertado en nuestros genes es el que llevaron a cabo los psicólogos de Rochester Jenny Saffran, Dick Aslin y Elissa Newport.

Con sólo cuatro días de edad, los bebés ya son capaces de notar la diferencia entre una serie de palabras de tres sílabas y otra de palabras de dos sílabas. En el experimento, presentaron a bebés de ocho meses una sucesión larga y monótona de sílabas ininterrumpidas como:

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‘Kluge: la azarosa construcción de la mente humana’ de Gary Marcus

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9788434469181.jpgDe nuevo otro libro que desdeña el supuesto diseño extraordinario de nuestro cerebro, para muchos el hito de la evolución. El profesor de Psicología de la Universidad de Nueva York, Gary Marcus, entiende el cerebro como una máquina impresionante. Sin embargo, también sugiere que nuestros cerebros están llenos de parches y chapuzas que son, precisamente, el origen de muchas de nuestras desavenencias.

Kluge: la azarosa construcción de la mente humana, pues, es la réplica científica la idea de que somos construcciones “a imagen y semejanza de Dios” o a frases rimbombantes como la de Shakespeare, que afirman que el ser humano es “noble en su raciocinio” e “infinito en sus potencias.”

Lo que demuestra Gary Marcus a lo largo de décadas de experimentos de otros de sus colegas es que el ser humano es cualquier cosa menos infinito en sus potencias, y que el raciocinio, en muchas ocasiones, en demasiadas ocasiones, es una entelequia. Nuestra lógica dista mucho de ser impecable, y solemos formarnos nuestras creencias y convicciones a través de informaciones arbitrarias e irrelevantes que quedan ancladas en nuestra mente, a modo de virus.

Nuestra memoria tampoco es fiable: manipulamos los recuerdos con más facilidad de lo que creemos. Los testigos presenciales apenas sirven para nada en un proceso judicial riguroso. A pesar de eso, seguimos creyendo que somos capaces de recordar detalles de un accidente o un delito presenciado durante pocos segundos, incluso años después, cuando en realidad una persona corriente a duras penas logra recordar una lista de diez o doce palabras durante más de media hora.

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