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El número de libros sobre neurociencias se multiplican de forma añarmante en los anaqueles de las librerías. Digo alarmante porque muchos de ellos no dejan de ser repeticiones de los mismos conceptos explicados de maneras ligeramente distintas. Sin embargo, cuando leí la contraportada de El cerebro accidental, de David Linden, La evolución de la mente y el origen de los sentimientos, enseguida me di cuenta de que me estaba enfrentando a un libro de neurociencia de enfoque radicalmente distinto.
La mayoría de libros sobre el cerebro presentan a la masa gris que palpita bajo nuestro cráneo como un hito de la evolución, un órgano exquisitamente complejo y preciso, una especie de revolución biológica, la solución a todos los problemas del universo (y, por supuesto, uno de tantos argumentos falaces esgrimidos por los apologetas del diseño inteligente).
Lo que pretende el profesor de Neurociencia de la Facultad de Medicina de la Universidad John Hopkins, David Linden, sin embargo, es enfocar el estudio del cerebro desde un punto diametralmente opuesto: el cerebro es una chapuza, una vergüenza de la naturaleza, un amontonamiento de parches que asombra no por su armonía sino porque parecen funcionar lo suficientemente bien como para mantenernos vivos.
El cerebro accidental, pues, se engloba dentro de esta nueva corriente de divulgación en neurociencia que se basa en la premisa kludge. La palabreja se suele soltar en el ámbito académico estadounidense. Está formada por las iniciales de los adjetivos klumsy (“torpe), lame (“poco convincente”), ugly (“feo”), dumb (“tonto”), but good enough (“pero bastante bueno”).
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