Uno de los mayores retos de Eso no está en mi libro de ciencias, de Kate Kelly, es que todo lo expuesto sea comprensible y, a poder ser, divertido. El otro, no menos ambicioso, es meter todo el universo de las ciencias naturales en menos de 300 páginas.
Con un estilo que recuerda al Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson, aunque con menos solvencia narrativa que la insuperable Natalie Angier en El canon, Kate Kelly ha pergeñado una guía gran angular sobre curiosidades de la ciencia lo más alejada posible del tufo a cloroformo que desprenden los libros de texto del colegio.
El libro transita un poco anárquicamente por diversos temas, haciendo mucho hincapié en unos y dejándose en el tintero otros (supongo que es algo natural cuando se pretende explicarlo TODO), profundizando en ellos pero, también, respondiendo puntualmente a preguntas que todos nos podemos llegar a hacer algún día. Por ejemplo, ¿por qué es tan importante la tabla periódica de los elementos? ¿Qué curiosa historia hay detrás de la invención de la televisión? ¿Quién fue el creador de Internet?
El libro se divide en una primera parte, centrada en los secretos de nuestro planeta, desde su edad hasta la tectónica de placas, pasando por los dinosaurios, los mosquitos y otros animales. En la segunda parte, Kelly saca a relucir los descubrimientos científicos que han cambiado nuestra vida: el ADN, las bacterias, la teoría la evolución, etc. La tercera parte abre la perspectiva y se centra en los descubrimientos que han cambiado nuestra visión del universo, como la revolución copernicana o los Principia de Newton. La cuarta parte habla de medio ambiente, del calentamiento global y otros asuntos relacionados. La quinta y última parte, finalmente, está dedicado en exclusiva a la disciplina que, a juicio de la autora, protagonizará nuestro futuro: la nanotecnología. Tal vez tenga razón, pero yo apuesto más bien por la neurociencia: no en vano, el siglo XXI ya ha sido bautizado como el siglo del cerebro.

¿Queréis saber qué se siente bailando sobre un campo sembrado de minas? Es fácil: pisad el callo de lo políticamente correcto, tal y como lo hicieron los caricaturistas de Mahoma, y lo sentiréis en todo su esplendor.
Pere Estupinyà parece el discípulo avanzado de Eduard Punset. En ese sentido, el exitoso El ladrón de cerebros de Pere Estupinyà (Tortosa, 1974), excelente divulgador y mejor persona (es un licenciado en Química y Bioquímica que abandonó su doctorado en Genética para dedicarse en exclusividad a la comunicación científica), es algo así como una dinamo neuronal que os generará toda clase de debates interesantes, tanto con otros como con vosotros mismos (sí, sé de gente que discute consigo misma en la intimidad de su dormitorio, dejad de fruncir el ceño, ejem). Eso es, en pocas palabras, El ladrón de cerebros.
Bill Bryson es uno de mis autores favoritos en muchos aspectos. Es uno de mis escritores de viajes favorito, por ejemplo. También es uno de mis divulgadores de ciencia favoritos. Y uno de mis historiadores favoritos. Incluso es una de las personas favoritas del mundo. He leído todo lo que ha publicado, y aunque es un autor prolífico, echo tremendamente de menos que lo sea mucho más.
El arte no es razón, sino sentimiento (o no es exclusivamente razón). Por ello, a la hora de racionalizar nuestros gustos o apegos estéticos, naufragamos. Por ello, también, hay obras que se consideran excelentes por parte de un grupo de expertos, y sin embargo resulta indigesta para otro.
Con la visita del Papa a España todavía reciente, la lectura de este libro, Por qué creemos en cosas raras, se vuelve más pertinente que nunca. Sobre todo porque el autor, Michael Shermer, no se limita a hacer un recorrido sobre las creencias humanas y sus posibles raíces psicológicas, sociológicas y antropológicas, sino, ante todo, porque Shermer dedica un capítulo completo a explicar por qué hay personas tan inteligentes que creen en cosas tan estúpidas.
Cuando la Editorial Paidós me hizo llegar Mala ciencia, de Ben Goldacre, a sabiendas de que me fascina leer ensayos de divulgación científica, no pude reprimir mi entusiasmo. No sólo se había traducido por fin el recomendadísimo Bad Science, sino que lo tenía en mi casa, dispuesto para ser devorado.
La premisa de este ensayo es muy apetitosa: Por qué las cosas simples acaban siendo complejas y cómo las cosas complejas pueden ser simples. El autor organiza todo un libro para responder a esa pregunta. El problema principal es que la mayoría de las páginas del libro no orbitan alrededor de esa cuestión, sino que se limitan a hacer divulgación científica sobre aspectos curiosos de la realidad.
Lo primero que me llamó la atención al poco de empezar Neurocotilleos es su prosa. 