¿Queréis saber qué se siente bailando sobre un campo sembrado de minas? Es fácil: pisad el callo de lo políticamente correcto, tal y como lo hicieron los caricaturistas de Mahoma, y lo sentiréis en todo su esplendor.
Eso es lo que ha pretendido Piergiorgio Odifreddi, profesor de Lógica en la Universidad de Turín. Bailar sobre el campo de minas de toda clase de asuntos espinosos. Bailar con método, con estilo, no a lo loco, es decir, bailar con arreglo a los dictados de la ciencia, las matemáticas o la lógica. Finalmente, Odifreddi ha pretendido pasar por la thermomix todo el conjunto y, violà, le ha salido este libro titulado Elogio de la impertinencia.
El principal problema, sin embargo, es que los ingredientes están a medio cocer: ni se ha bailado tanto, ni se han pisado tantos callos, ni se han ejecutado las coreografías prometidas. Ni la thermomix es la mejor manera de cocinar un plato exquisito.
Además, ignoro si a causa de la traducción española o por el estilo del autor, la prosa resulta a menudo un tanto mecánica, como sincopada, lo cual convierte la lectura en una actividad muy poco fluida.
Evidenciadas todas las carencias, como no quiero que pese sobre el lector la idea de que Elogio sobre la impertinencia es un mal libro, también hay que resaltar sus virtudes, que también las tiene. Aunque el mejunje general es insípido (y se vuelve más insípido porque la portada del libro parece vender una cosa que luego es otra), lo cierto es que hay en el libro de Odifreddi algunos artículos sobresalientes. Y también hay otros que se ajustan con perfección al subtítulo del libro: análisis desde las matemáticas de temas en apariencia apartados de la misma, como la literatura.

Pere Estupinyà parece el discípulo avanzado de Eduard Punset. En ese sentido, el exitoso El ladrón de cerebros de Pere Estupinyà (Tortosa, 1974), excelente divulgador y mejor persona (es un licenciado en Química y Bioquímica que abandonó su doctorado en Genética para dedicarse en exclusividad a la comunicación científica), es algo así como una dinamo neuronal que os generará toda clase de debates interesantes, tanto con otros como con vosotros mismos (sí, sé de gente que discute consigo misma en la intimidad de su dormitorio, dejad de fruncir el ceño, ejem). Eso es, en pocas palabras, El ladrón de cerebros.
Bill Bryson es uno de mis autores favoritos en muchos aspectos. Es uno de mis escritores de viajes favorito, por ejemplo. También es uno de mis divulgadores de ciencia favoritos. Y uno de mis historiadores favoritos. Incluso es una de las personas favoritas del mundo. He leído todo lo que ha publicado, y aunque es un autor prolífico, echo tremendamente de menos que lo sea mucho más.
El arte no es razón, sino sentimiento (o no es exclusivamente razón). Por ello, a la hora de racionalizar nuestros gustos o apegos estéticos, naufragamos. Por ello, también, hay obras que se consideran excelentes por parte de un grupo de expertos, y sin embargo resulta indigesta para otro.
Con la visita del Papa a España todavía reciente, la lectura de este libro, Por qué creemos en cosas raras, se vuelve más pertinente que nunca. Sobre todo porque el autor, Michael Shermer, no se limita a hacer un recorrido sobre las creencias humanas y sus posibles raíces psicológicas, sociológicas y antropológicas, sino, ante todo, porque Shermer dedica un capítulo completo a explicar por qué hay personas tan inteligentes que creen en cosas tan estúpidas.
Cuando la Editorial Paidós me hizo llegar Mala ciencia, de Ben Goldacre, a sabiendas de que me fascina leer ensayos de divulgación científica, no pude reprimir mi entusiasmo. No sólo se había traducido por fin el recomendadísimo Bad Science, sino que lo tenía en mi casa, dispuesto para ser devorado.
La premisa de este ensayo es muy apetitosa: Por qué las cosas simples acaban siendo complejas y cómo las cosas complejas pueden ser simples. El autor organiza todo un libro para responder a esa pregunta. El problema principal es que la mayoría de las páginas del libro no orbitan alrededor de esa cuestión, sino que se limitan a hacer divulgación científica sobre aspectos curiosos de la realidad.
Lo primero que me llamó la atención al poco de empezar Neurocotilleos es su prosa.
Este es un libro de divulgación científica para todos, sobre todo adolescentes. Bajo el título de ¿Cómo le explico esto a un extraterrestre? Incoherencias de la vida cotidiana, el divulgador Javier Fernández Panadero quiere hacer lo más simpática posible las materias que nos resultaban áridas en el colegio.
Si queréis pilotar un avión, necesitaréis aprender a manejar una serie de controles básicos. El timón, que sirve para regular lo que se conoce como viraje, el ángulo vertical del aparato. Los alerones, para virar a la derecha o a la izquierda. Los elevadores de cola, para subir y bajar, cambiando lo que se llama el grado de inclinación. Los flaps, para reducir la velocidad. 