El experimento que os referí en la anterior entrega de este artículo consistía en sentar a varias personas en una mesa para mostrarles un par de tarjetas, una con una línea y la otra con tres líneas de diferentes longitudes, llamadas A, B y C. El experimentador les solicitaba entonces que dijeran cuál de las tres líneas tenía la misma longitud que la línea de la primera carta. Era una tarea sencilla, pero tenía truco: todas las personas sentadas a la mesa, menos una, eran actores contratados por Asch.
Cada uno de estos actores fue dando la misma respuesta equivocada. Cuando Asch llegó al verdadero sujeto del experimento, el pobre hombre se sentía inseguro porque él no creía que dichas respuestas fueran verdaderas. Pero tenían que serlo si todos ellos habían afirmado tal cosa. Así que el voluntario simplemente creyó que sus ojos le engañaban, que estaba equivocado.
Y bastaron simplemente tres actores para producir este efecto. Imaginaos lo que ocurriría si el efecto estuviera producido por miles de personas, por personas incluso que ostentan posiciones académicas respetables. Imaginaos lo que ocurriría si, al afirmar que determinada obra clásica es insufrible y no tiene ningún valor intrínseco salvo los años que acumula, una pléyade de personas te calificaran de inculto.

Todo lo que ya expuse
El ensayo El miedo a los bárbaros es un ejemplo contemporáneo del pensamiento que ha llevado al autor francés de origen búlgaro
Este es uno de esos premios acerca los cuya pertinencia no se puede tener duda, independientemente de la cercanía o no que se tenga con el pensamiento del autor. 