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Los clichés en literatura (y II)

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“El cielo parece estar en llamas a la puesta del sol.”

Esa imagen, aunque empleada con frecuencia, es totalmente acertada. ¿No son los clichés buenas ideas que han terminado por ser lógicamente populares? El problema estriba en que si ésta es la imagen que siempre escribimos o leemos sobre el atardecer, da la impresión de que ya nada nuevo se pueda decir sobre el atardecer. Si la literatura se conformara con adoptar una buena idea para siempre, entonces la literatura se estancaría. Y el arte paralizado o repetitivo no es arte sino la cadena de montaje de una fábrica.

Cualquier cosa que se exprese nunca debe ser la última cosa que se pueda decir, agotando así para siempre los infinitos cauces de la originalidad.

Un símil nuevo y original tendrá sus virtudes y defectos, pero será una genuina impresión del autor, una forma más honda y honesta de transmitir lo que verdaderamente siente. Mejorar las imágenes ya dichas (hasta que la nuestra, paradójicamente, se acabe convirtiendo en cliché) constituye una de las misiones del que quiere escribir, huyendo en lo posible de las convenciones. Porque las convenciones ya existen, no es necesario que las volvamos a escribir.

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Los clichés en literatura (I)

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Muchos lectores de novela recelan de las prosas crípticas, recargadas, originales y, sobre todo, pedantes. A tenor de ello, no hace mucho me formularon una pregunta que, aunque ingenua, no me veía capaz de responder sin perderme en mil y una ideas diferentes.

La pregunta fue: ¿No crees que si escribieras un poco menos complicado te leería más gente?

Son esa clase de preguntas infantiles tan elementales que te desarman. Pues sí, oye. Si escribiera más sencillito sin duda me leería más gente, hasta la que sólo lee a Pablo Cohelo. Es totalmente cierto. Pero no voy a usar este espacio público para torturaros con los personalísimos motivos por los que un día opté por escribir rarito, como ese empollón cuatro ojos que se sienta en primera fila de clase.

De lo que voy a hablaros hoy es de los clichés en literatura. De esto saben mucho los románticos ñoños que en realidad encubren el deseo primario de meterse en las bragas de una mujer (o fémina, poniendo pedante). Ya sabéis, del tipo: “Tus ojos son como dos soles, qué bonita eres entre todas las mujeres, eres tú mi príncipe azul” y todas esas fórmulas que de tan repetidas deberían poner en guardia a cualquier mujer u hombre inteligente. Pero muchos se lo tragan, como se tragan la prosa de Pablo Cohelo (pobre Cohelo, no es nada personal).

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