Aunque no seas ni quieras ser escritor, por favor: aprende a escribir (y II)
Y cuidado. No estoy sugiriendo en ningún momento que una persona que muestre una mayor solvencia con la pluma sea más inteligente o culta que otra que no sabe más que expresarse con tópicos e incorrecciones o al estilo indio, “jau, tú hombre blanco”. Conozco a personas que escriben como disléxicos que, sin embargo, poseen una inteligencia (que a saber lo que es eso) y una claridad de ideas que ya quisieran muchos. Hablo de auténticos Pierre Nodoyuna de las letras, mucho peor de lo que podáis imaginar.
Así que lo que trato de manifestar aquí es que lo importante, independientemente de lo tonto del haba que sea uno, es expresar tu mundo interior al mundo exterior con cierta corrección y seguridad. Tan importante como seguir el código de la circulación. Tan importante como cumplir con las reglas de la cortesía. Tan importante que, de no hacerlo, no sólo es más probable que nos tomen por tarugos de piñón fijo (aunque no lo seamos) sino que nuestra escritura puede ser fuente de no pocos problemas. Ahí está el detalle, que diría Cantinflas. Y si no, ya sabéis: en boca cerrada no entran moscas.
Connie Willis, en su desopilante novela Por no mencionar al perro, argumenta sobre la necesidad de ser perspicuo con los demás de esta forma:
La protagonista de esta novela es Sandra Foster, una socióloga que estudia las modas para tratar de comprender cómo se originan y qué papel tiene la conducta humana en todo ello. Su investigación más reciente se centra en la tendencia de las mujeres a llevar el pelo corto a partir del primer cuarto del siglo XX. Sus estudios la conducen a las flappers (peculiar colectivo de mujeres surgido durante los años 20 en EE.UU.), a la Guerra Mundial y sus plagas de piojos, pero ninguna parece ser la razón desencadenante de esta moda.
