Abuela –le dije una tarde-, ¿podemos ir a aquel sitio?
-¿Adónde?
-Allí –le señalé con el dedo. –Me han dicho mis amigos que hay muchos libros y revistas.
-Ah, eso. Es la biblioteca del barrio.
-Entonces, ¿qué?
-¿Qué de qué? –Aquel alarde de retórica unió a la impaciencia el desconcierto.
-Que si me llevas.
Cruzamos toda la plazoleta, y luego recorrimos un sendero de grava que nos condujo a la puerta principal de la biblioteca, custodiada por dos altos cipreses. Era un edificio de dos plantas, rectangular, de líneas sobrias y fachada restaurada hacía poco tiempo.
La barahúnda del exterior (sobre todo la monótona cantinela de una anciana que voceaba cupones) fue sofocada como por ensalmo al adentrarnos en el vestíbulo. Resaltamos enseguida, a los pocos segundos de franquear la puerta, ya que el lugar no estaba precisamente concurrido. En realidad no era la primera vez que entraba en una biblioteca, pero sí era la primera vez que entraba con mi abuela, que sinceramente no era muy leída.
Me acometió la imperiosa necesidad de contaminarla del entusiasmo que me embargaba; de explicarle lo fascinante que sería leer aquellos volúmenes; que todas aquellas obras eran una suerte de ruedas Catalinas, pequeñas y sin importancia aparente, pero decisivas para el devenir del tiempo y el movimiento hacia el futuro. Pero cuál fue mi sorpresa al advertir como ella, por sí misma, avanzaba por el vestíbulo, pasando junto a las fotocopiadoras, las vitrinas de exhibición de los recursos de reciente ingreso en el sistema y el mostrador de Circulación y Préstamo, tomaba un diccionario, ubicado en las estanterías que rodeaban la sala de lectura, y lo abría por la primera página.

El punto más original de este libro es también su mayor escollo. ¿Hay algo que coma avispas? es una compilación de preguntas tipo niño-preguntando-por qué-constantemente. Hasta ahí, estupendo. Todo sentimos curiosidad por asuntos que raramente se tratan en los libros (y no hablo del tópico ¿por qué el cielo es azul? sino de preguntas con cierto toque absurdo, del tipo ¿cuán gorda debería ser una persona para detener una bala con su grasa corporal?).
Uno de los aspectos que Sócrates temía de la gente que aprendía a leer era que, una vez abierto el libro, el lector estaba sometido a ingentes cantidades de conocimiento descontrolado.
En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marinero, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir, dijo Arturo Pérez-Reverte.
Con el tiempo me he dado cuenta de que, en cierto modo, gran parte de mi vida la he dedicado a desaprender lo que aprendí en el colegio. Ello denota dos cosas. La primera: que en el colegio aprendí muchas cosas inútiles y/o erróneas. La segunda: que adquirir cultura, en este contexto, requiere de esfuerzo personal y una humildad que permita aceptar que uno, por saber muchas cosas, no es automáticamente culto, y mucho menos si esas cosas proceden de una única fuente.