Uno de los lugares que más me sobrecogieron en mi primera visita a Nueva York no fue el Empire State Building o la Estatua de la Libertad, sino una deliciosa cafetería escondida en Greenwich Village llamada Cornelia Street Café.
Aquí fue donde la cantautora Suzanne Vega empezó su carrera, donde los Monty Python interpretaron algunas obras en la década de 1980 y donde el senador Eugene McCarthy recitaba poesía. También aquí, una vez al mes, toca un grupo de neurocirujanos de alto nivel se reúnen para tocar en su banda Amygdaloids, nombre que hace alusión a esos racimos en forma de almendra que hay en el cerebro, que tienen discos como Heavy Mental. Para escucharles, aquí ha llegado a entrar gente como John Nash, el esquizofrénico matemático de Princeton que inspiró la película Una mente maravillosa.
El Cornelia Street Café es un micromundo de reglas cultures muy flexibles, en el que gente de muy diversa catadura tiene acceso libre para mostrar sus creaciones y, acaso, inspirar al respetable con ellas. El Cornelia Street Café no tiene fronteras, y funciona como reducto para ensayar cosas que luego se trasladarán al mundo real.
El mundo real, sin embargo, sería un lugar mucho mejor si se pareciera más al Cornelia Street Café y menos al patio privado de un provinciano armado con una escopeta de doble cañón dispuesto a volarle la tapa de los sesos a cualquiera que pretenda trasponer el umbral de su sacrosanta casa o, peor aún, mantener un idilio con su virginal hija de diecinueve años. O algo así.

La obsesión de quienes quieren preservar la inmaculada pureza de sus lengua o su cultura me recuerda a la otrora obsesión de reproducirse exclusivamente con individuos de sangre azul a fin de no mancillar el acervo genético.
Una de las principales razones que se dan para defender a los libros digitales en comparación con los tradicionales libros de papel, es el impacto negativo que la fabricación de estos últimos tiene sobre el medio ambiente. A todas luces parece un argumento sensato cuando pensamos en la cantidad de árboles que hay que talar y en los químicos que se utilizan para la elaboración de la pulpa para la fabricación del papel con el cual serán hechos los libros.
Hoy me prometí a mi misma iniciar una pequeña investigación sobre el impacto ambiental que tiene la industria editorial, más específicamente, el que tiene la edición de los libros en papel. 