No importa si eres un talibán de la corrección política, un seguidor de cantautores de bar cochambroso, una restauradora de artesanía alemana, un aficionado a la ropa alternativa (la que suele adquirirse en barrios antiguos y con solera) o tengas fobia a las toxinas alimentarias.
Todos esos comportamientos rebeldes, diferentes, outsiders, si tienen basamentos estéticos, cool, molones, acabarán siendo absorbidos por la masa general: adoptados por la mayoría, ridiculizados, ironizados, reconvertidos, optimizados.
Y ése es el mayor problema que denuncian Joseph Heath y Andrew Potter de la mayoría de rebeldes del mundo. Que la mayoría son rebeldes por impostura o estética. Y, por tanto, sus rebeldías no sólo tienen un efecto muy superficial en la sociedad a fin de que cambie de una manera reseñable, sino que la mayoría de esas rebeldías acaban convirtiéndose en modas inanes. Y en un negocio tan execrable como el que se trataba de poner en evidencia.
El segundo problema que se radiografía en Rebelarse vende es que gran parte de los rebeldes del mundo, además de no intentar cambiar las cosas mediante los cauces políticos adecuados, no ofrecen alternativas serias y bien construidas. La mayoría ofrecen la rebeldía por la rebeldía.
Como Tyler Durden en El club de la lucha o el protagonista de American Beauty, deciden destruirlo todo, ir contra todo y adoptar un comportamiento personal e intransferible por el simple deseo de salir del pozo. Pero su ideología no tiene encaje en la realidad: ¿qué pasaría si todos obráramos así? Una vez anarquizado todo, ¿cómo conviviríamos?

Junto a Jack Kerouac y Allen Ginsberg, William S. Burroughs fue uno de los apóstoles de la contracultura de los años 60, y también perteneció literariamente a la Generación Beat, aquélla apegada a los garitos de jazz decadentes, a las calles, a lo sórdido. 