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‘Rebelarse vende’ de Joseph Heath y Andrew Potter: el negocio de la contracultura

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No importa si eres un talibán de la corrección política, un seguidor de cantautores de bar cochambroso, una restauradora de artesanía alemana, un aficionado a la ropa alternativa (la que suele adquirirse en barrios antiguos y con solera) o tengas fobia a las toxinas alimentarias.

Todos esos comportamientos rebeldes, diferentes, outsiders, si tienen basamentos estéticos, cool, molones, acabarán siendo absorbidos por la masa general: adoptados por la mayoría, ridiculizados, ironizados, reconvertidos, optimizados.

Y ése es el mayor problema que denuncian Joseph Heath y Andrew Potter de la mayoría de rebeldes del mundo. Que la mayoría son rebeldes por impostura o estética. Y, por tanto, sus rebeldías no sólo tienen un efecto muy superficial en la sociedad a fin de que cambie de una manera reseñable, sino que la mayoría de esas rebeldías acaban convirtiéndose en modas inanes. Y en un negocio tan execrable como el que se trataba de poner en evidencia.

El segundo problema que se radiografía en Rebelarse vende es que gran parte de los rebeldes del mundo, además de no intentar cambiar las cosas mediante los cauces políticos adecuados, no ofrecen alternativas serias y bien construidas. La mayoría ofrecen la rebeldía por la rebeldía.

Como Tyler Durden en El club de la lucha o el protagonista de American Beauty, deciden destruirlo todo, ir contra todo y adoptar un comportamiento personal e intransferible por el simple deseo de salir del pozo. Pero su ideología no tiene encaje en la realidad: ¿qué pasaría si todos obráramos así? Una vez anarquizado todo, ¿cómo conviviríamos?

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Las extravagancias de Burroughs

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Junto a Jack Kerouac y Allen Ginsberg, William S. Burroughs fue uno de los apóstoles de la contracultura de los años 60, y también perteneció literariamente a la Generación Beat, aquélla apegada a los garitos de jazz decadentes, a las calles, a lo sórdido.

Aprovechando que se cumplen 10 años de la muerte del autor de obras tan marcianas como El almuerzo desnudo, describiremos algunos de sus episodios personales que demuestran que Burroughs podría haber pasado perfectamente por uno de los personajes de sus novelas.

Su obsesión quizá más conocida sea la del número 23, que cuenta ya con toda una legión de seguidores (como ya demostró el estreno de una película reciente de Jim Carrey precisamente titulada El número 23). Al parecer, Burroughs conoció en un ferry a un tal capitán Clark, que le contó a Burroughs que navegar de una orilla a otra había sido su ocupación durante 23 años y que nunca había tenido un accidente. Ese mismo día el ferry naufragó muriendo él y todos los ocupantes.

Esa misma noche, Burroughs oyó por la radio que un avión que volaba de Nueva York a Miami se había estrellado. El capitán del avión se apellidaba Clark y el vuelo era el número 23.

Desde entonces, Burroughs incorporaría un personaje llamado capitán Clark en todas sus novelas sus novelas, un personaje relacionado con la fatalidad y que tenía por obsesión el investigar el enigma del número 23.

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