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Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos, un libro puede tener mucho valor, pero no por ello debe tener un coste. Coste y valor no son lo mismo. Así que lo importante no es lo que valga un libro. Lo importante es que el autor se crea suficientemente recompensado económicamente por escribir un libro. Es importante lo de “suficientemente”, porque esa variable es arbitraria y cambia con los tiempos. Lo que ahora nos parece suficiente puede que en el futuro no lo sea, y viceversa. Las quejas de hogaño puede que nos resulten abusivas en el futuro. Que un autor considere que debe vivir unos años de su libro para poder escribir otro a tiempo completo puede parecer justo ahora, pero no siempre lo fue, y os garantizo que no siempre lo será.
Para conseguir que, en la medida de lo posible, el autor se sintiera recompensado económicamente, se crearon los derechos de autor. Sin embargo, basta con echar un vistazo a los beneficios que aportan los derechos de autor al autor, valga la redundancia, para descubrir que el 90 % de los mismos son ridículos. Escribir libros y vivir de ello, pues, no es un trabajo bien remunerado con el sistema de los derechos de autor. Eso sí, los derechos de autor aportan pingües beneficios a las editoriales, a los distribuidores, a las librerías…
¿Entonces? ¿Por qué le importa tanto a un autor que se vulneren sus derechos de autor? ¿Qué más le dará que alguien memorice sus libros para intercambiarlos con otras personas y así, todos, también él, podamos tener acceso a todos los libros sin tener que hacer una inversión de dinero astronómica? Cuando un autor se ve acorralado con esta pregunta, entonces apela a otra cuestión. Algo más en plan freudiano. Algo del ego. Dicen: bien, sí, lo que tú quieras, pero si permito que todo el mundo copie mis libros, entonces otras personas pueden firmar dichas obras con su nombre. Afirmar que son suyas cuando en realidad son mías. Llevarse el mérito, si no económico, al menos el intelectual.
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