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30 marzo 2008

'La carretera', de Cormac McCarthy

Paolo Fava

la_carretera.jpgCormac McCarthy es sin duda uno de los novelistas más interesantes del momento. Estados Unidos lo considera uno de sus últimos grandes épicos, junto a Salinger, Don DeLillo y Philip Roth. Personalmente leer a McCarthy me suele producir estupefacción. Es sorprendente ver como cada vez introduce un giro de tuerca que se enfrenta y polemiza con la concepción clásica de la novela. Lo que hay de experimental en McCarthy no siempre es afortunado, aunque en el caso de La carretera, premio Pulitzer 2007, el equilibrio entre tradición y ruptura está mejor conseguido y le pone las cosas más fáciles al lector.

La premisa es la de una 'novela río' en el sentido más literal, sustituyendo el líquido elemento por la titular carretera. En un futuro cercano devastado por una ignota catástrofe, un padre y un hijo la recorren con sus miserables pertenencias a cuestas en un panorama reducido a cenizas y barrido por un frío mortal. En un mundo en dónde todas las otras especies se han extinguido y todos los suministros agotado, los seres humanos han caído en una barbarie peor que primitiva y se cazan los unos a otros como alimento. El padre y el hijo, los últimos hombres que distinguen el bien del mal, emprenden una precaria huída en busca de climas más favorables y una improbable supervivencia en una tierra muerta.

Antes de seguir señalemos en qué McCarthy es polémico con la narrativa tradicional. El gran narrador del XIX Anton Chéjov tenía esta premisa: Si un clavo en la pared aparece en tu texto, debe servir para que se ahorque de él tu protagonista. En la narrativa de McCarthy, sin embargo, el clavo sirve para que el protagonista lo examine largamente, quizás recordando otros clavos de otros tiempos en los que fue feliz. Después cogerá el clavo con los dedos índice y pulgar y lo extraerá de la madera ajada tirando y haciendo movimientos de palanca, y se lo meterá en el bolsillo superior izquierdo de la chaqueta. Porqué quiere el clavo y para qué lo va a usar es algo que nunca sabremos, porque lo más probable es que no se le vuelva a mencionar.

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17 febrero 2008

'No es país para viejos', de Cormac McCarthy

Paolo Fava

no-pais-viejos.bmpImáginate que abres un libro esperando leer una novela y en su lugar recibes un puñetazo en el estómago. No se me ocurre otra manera de describir No es país para viejos. Tiene forma y aspecto de novela negra y por ella pasa durante un buen trecho. Sin embargo, cuando empieces a sospechar que las cosas no son como deberían será demasiado tarde, y tendrás un puño incrustado en el duodeno. Te sentirás dolorido, confuso y sin respiración, y por mucho que aprecies su autenticidad no habrá nada que te asegure que era realmente necesario.

Llewelyn Moss, un veterano de Vietnam que vive con penuria en el Texas fronterizo de los ochenta, descubre mientras caza en el desierto los restos de un tiroteo entre narcos mexicanos. Allí encuentra una maleta con más de dos millones de dólares que cogerá esperando cambiar su vida y la de su mujer. A partir de ahí comenzará un juego del gato y el ratón en el que se sumarán varios personajes. Por un lado Anton Chigurh, un imparable asesino sin escrúpulos que se considera un instrumento del destino. Por el otro el Sheriff Bell, un hombre hecho a la vieja usanza, de valores comunitarios y tradicionales, al que la situación desborda completamente.

No es por su argumento por lo que No es país para viejos se aleja del género, como vemos. Es por lo que hace McCarthy con él. El autor, aparentemente a propósito, echa por tierra a mitad del libro las convenciones básicas de la narratología. La tensión cuidadosamente acumulada en los capítulos previos se fulmina abruptamente cuando el momento cumbre de la novela, de cualquier novela, se despacha a ochenta páginas del final, fuera de campo, y contado como un resumen esquemático. Ahí descubrimos que no estábamos leyendo lo que creíamos. Que las minuciosas descripciones de fugas, planes, tiroteos y emboscadas estaban perfectamente de más. A partir de ahí la novela no ofrece incentivos a sus personajes para seguir adelante, aunque lo hagan, pero el problema es que tampoco ofrece demasiados al lector.

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