
Cada vez me doy más cuenta de que esto de que los herederos, así sean legítimos, de los escritores famosos no son necesariamente quienes mejor cuidarán de su legado. Sabemos, por ejemplo, que la hija de la asistente de Max Brod, amigo y albacea de Kafka son protagonistas de un litigio (o más bien de varios) porque han tratado de vender las obras que conservan en un archivo mientras que el Museo judío de Tel Aviv busca conservar todo el legado del autor de La Metamorfosis de manera unitaria y en un solo lugar.
También sabemos de la edición de los textos inéditos de Julio Cortázar, por ejemplo, y de la publicación de la novela que Vladimir Nabokov dejó inconclusa e, incluso, de la edición post mortem de 2666 la obra monumental de Roberto Bolaño que, a pesar de no haber recibido los toques finales por su autor, se ha convertido en un referente ineludible de la literatura latinoamericana de los últimos tiempos. Todas ellas, de alguna manera, mantienen y respetan la escritura original del autor, pero lo que hoy está ocurriendo con Paris era una fiesta de Ernest Hemingway es poco menos que insólito.

