
Que nuestros lectores picados por la escritura lo prueben. Los diccionarios son una fuente de ficción continua siempre y cuando se usen como es debido. Ya saben ustedes que estas armas la carga el demonio. El demonio del que hablaba Vargas Llosa en su ensayo Cartas a un joven novelista o los fantasmas de los que se ocupa Ernesto Sábato en El escritor y sus fantasmas. Da igual: el diablo o fantasma que llevamos dentro carga los diccionarios para dispararle al folio en blanco. Expliquemos el asunto.
Los diccionarios son como un supermercado por el cual te puedes pasear e ir comprando ingredientes para luego guisar tus argumentos. Son una suerte de bitácora para el universo, porque desde allí las cosas van adquiriendo nombre y su textura y abandonamos, a fuerza de saber cómo se llaman las cosas o qué significan, la imprecisión y la falta de confianza con las historias que vamos a contar.

El oficio de escritor siempre se me ha antojado como imán para desequilibrados. O quizá es que son los desequilibrados los que acaban haciendo catarsis vía literatura para soportar la vida.
Lo de ponerle el título a un libro se parece a lo de ponerle un nombre a un hijo. Pero en el caso del libro es todavía una cuestión más peliaguda. ¿Gustará? ¿Sintetiza el espíritu de la obra? ¿Es original? ¿Demasiado pedante? ¿Escribo la novela sin título y espero que me llegue por inspiración al rematar la última página? ¿Pongo primero el título y, de ahí, intento que surja toda la historia?
¿Qué pasaría si algún día la labor de editores y correctores estilísticos quedara relegada a la mínima expresión, al simple chequeo del informe elaborado por un cerebro artificial?
Los días, los años, transcurrían inexorables, y José no cosechaba resultados satisfactorios a pesar de que el tiempo, aquel tirano instalado en su reloj de pulsera, le imprimía un vertiginoso ritmo de trabajo, cual tamtam de un barco de remos.
Los escritores tienen propensión a estimular su cerebro con distintas sustancias a fin de favorecer su prosa y sobrealimentar su creatividad. Es lógico. El cerebro no siempre funciona en óptimas condiciones, y el autor vive de su inspiración, es decir, de su cerebro funcionando a todo trapo.
El único intento de lengua perfecta que ha tenido cierto éxito ha sido el esperanto, que fue concebido por una tal Ludovic Lazarus Zamenhof (15 de diciembre de 1859).
Como os decía en la anterior entrega de esta serie de artículos acerca de las limitaciones del lenguaje como forma de alimentar la literatura, la imprecisión del lenguaje también puede favorecer las elucubraciones filosóficas.
El escritor Francisco Casavella se atreve incluso a proponer 6 condiciones inherentes a la práctica del plagio:
El exceso de celo en la vigilancia de la expresión creativa ahoga la creatividad. El corazón mismo del proceso creativo se basa en pellizcos de cosas ya conocidas, de autores que admiramos, de ideas que escuchamos, de frases que nos calan… transformándolas con “nuestro estilo” (signifique lo que signifique eso, porque ¿acaso pueden existir millones de estilos diferentes o hay un reservorio limitado de estilos?)