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Escritura Creativa: Diccionarios, ficción continua.

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Que nuestros lectores picados por la escritura lo prueben. Los diccionarios son una fuente de ficción continua siempre y cuando se usen como es debido. Ya saben ustedes que estas armas la carga el demonio. El demonio del que hablaba Vargas Llosa en su ensayo Cartas a un joven novelista o los fantasmas de los que se ocupa Ernesto Sábato en El escritor y sus fantasmas. Da igual: el diablo o fantasma que llevamos dentro carga los diccionarios para dispararle al folio en blanco. Expliquemos el asunto.

Los diccionarios son como un supermercado por el cual te puedes pasear e ir comprando ingredientes para luego guisar tus argumentos. Son una suerte de bitácora para el universo, porque desde allí las cosas van adquiriendo nombre y su textura y abandonamos, a fuerza de saber cómo se llaman las cosas o qué significan, la imprecisión y la falta de confianza con las historias que vamos a contar.

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¿Cuántos escritores están locos?

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escape-del-manicomio.jpgEl oficio de escritor siempre se me ha antojado como imán para desequilibrados. O quizá es que son los desequilibrados los que acaban haciendo catarsis vía literatura para soportar la vida.

La cuestión es que hay muchos escritores que están mal de la chaveta. Distintos trastornos mentales que acaso han funcionado como dinamo para una creatividad especial. Ya se dice que los locos abren caminos que más tarde seguirán los sabios.

Por ello no es difícil encajar que autores como Maupassant, Nietzsche, Schopenhauer o Mishima hayan estado turuletas en algún sentido. Para el psiquiatra Enrique González Duro esto no es simple azar:

Hay demasiados ejemplos de autores tratados, diagnosticados, recluidos, para que la relación entre locura y literatura sea casual. Es curioso cómo en muchas culturas el loco es un individuo inspirado, privilegiado, capaz de percibir y de decir lo que otros no captan, y siempre se ha buscado una conexión entre la locura y el arte. El artista, con su trabajo, tiende a crearse un mundo interior que le aleja de la realidad, y si ese proceso no se devuelve al mundo real en forma de producto artístico, se corre el riesgo de quedar encerrado en ese mundo imaginario. En cierta manera, podría decirse que la creación artística libera de la propia locura.

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¿Cómo se titula un libro?

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Lo de ponerle el título a un libro se parece a lo de ponerle un nombre a un hijo. Pero en el caso del libro es todavía una cuestión más peliaguda. ¿Gustará? ¿Sintetiza el espíritu de la obra? ¿Es original? ¿Demasiado pedante? ¿Escribo la novela sin título y espero que me llegue por inspiración al rematar la última página? ¿Pongo primero el título y, de ahí, intento que surja toda la historia?

Hay autores que, para acotar un poco estos dilemas, siguen a menudo un estilo semejante. Por ejemplo, Vargas Llosa acostumbra a titular sus obras mencionando dos cosas: La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, La ciudad y los perrosJuan Carlos Onetti se inspiraba en nombres de óperas o canciones: El caballero de la rosa, La vida breve, La muerte y la doncella… Algunos autores podían llegar hasta límites insospechados, como el escritor argentino Abelardo Arias, que ponía siempre títulos construidos con 13 letras: De tales cuales, Polvo y espanto, Álamos talados

Cada autor puede confeccionarse sus propias normas a la hora de titular. Algunos, como Andrés Trapiello, son más sistemáticos y atesora títulos para posibles libros y artículos en un cuaderno. Tiene tantos que incluso regala títulos a los amigos que le llaman para consultarle.

Pero también hay autores que no le dan demasiadas vueltas al asunto. Se dejan inspirar por los elementos que tengan más a mano o simplemente ponen lo primero que se les viene a la cabeza. Por ejemplo, Jean Cocteau, tras observar la marca de ascensores de su casa, decidió poner el título El ángel de Heurtevise. Witold Gombrowicz tituló Bakalay copiando la palabra de una calle de Buenos Aires. Más poética es la forma en la que Antonio Soler tituló El camino de los ingleses:

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El corrector automático de novelas

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hal9000.jpg¿Qué pasaría si algún día la labor de editores y correctores estilísticos quedara relegada a la mínima expresión, al simple chequeo del informe elaborado por un cerebro artificial?

Hace apenas dos años, la mayor empresa de pruebas educativas de Inglaterra, Edexcel, anunció la creación de un sistema automatizado de corrección de exámenes basado en la inteligencia artificial. El programa de marras sería capaz de leer y evaluar los trabajos redactados por los estudiantes británicos como parte de una prueba de dominio del idioma. En el suplemento del Times, un portavoz de Edexcel declaró que este sistema ofrecería:

la corrección de los examinadores humanos, eliminando a la vez elementos humanos como el cansancio y la subjetividad.

Por supuesto, el juicio humano, sobre todo en cuestiones tan subjetivas como valorar la excelencia de una prueba académica o de una obra de arte, es falible. Sin embargo, esos errores también permiten mayor flexibilidad. Una flexibilidad de la que carecen (todavía) las inteligencias artificiales. Un juicio borroso que puede errar, pero que también permite alcanzar cotas de intuición y sagacidad que difícilmente entendería C-3PO.

Tal y como señala Nicholas Carr a propósito de este programa:

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Si el arte no existe, puedes inventarlo

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Los días, los años, transcurrían inexorables, y José no cosechaba resultados satisfactorios a pesar de que el tiempo, aquel tirano instalado en su reloj de pulsera, le imprimía un vertiginoso ritmo de trabajo, cual tamtam de un barco de remos.

José escribía mucho. Descripciones, diálogos, metáforas, nombres de personajes, todo en gran abundancia y aderezado por una especie de trama mal hilvanada. Con todo, también asumía que tal vez lo que escribiera fueran palabras anémicas y textos apenas llamados por la inspiración del arte.

Porque en gran medida no escribía con el ánimo de plasmar historias de ficción sino que se limitaba a hacer la pose de escritor, tratando de imbuirse en la personalidad enigmática de un aventurero de las letras que se pierde en la madrugada, fumando en pipa, rodeado de silencio, con la cabeza levemente inclinada esperando la llegada de la inspiración, nimbado por una aureola de bohemia, con los ojos sagaces pero la mente perpetuamente enturbiada por el alcohol y la absenta, con la barba entrecana de veteranía, confinado en la luz de un flexo, creando una obra que conmovería al mundo.

La verdadera imagen que inspiraba en aquellos momentos no era ésa, ni mucho menos, más bien era la de un maniático y obsesivo clérigo amanuense encorvado sobre una actividad frenética de mera reproducción de textos. Porque José no tenía mundología ni experiencias vitales que comunicar. ¿Qué narrar entonces? ¿Sus manías? ¿Sus dificultades en clase? ¿Sus crisis de fe? ¿O debía ahondar en su imaginación?

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Las obras más influyentes inspiradas por las drogas

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psico2.jpgLos escritores tienen propensión a estimular su cerebro con distintas sustancias a fin de favorecer su prosa y sobrealimentar su creatividad. Es lógico. El cerebro no siempre funciona en óptimas condiciones, y el autor vive de su inspiración, es decir, de su cerebro funcionando a todo trapo.

Hay escritores que se ponen determinada música para despertar las neuronas. Los hay que fuman. Otros, como un servidor, no podemos darle a la tecla con cierta gracia si previamente no nos hemos llenado las venas de cafeína (como Balzac con La comedia humana).

Bukowski empinaba el codo que daba gusto, Faulker le daba al whisky, Raymond Chandler al Gimlet y Truman Capote a los Martinis. Tal vez así lograron huir de lo banal y lo fungible.

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¿Cómo crear la lengua perfecta? (II)

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c3po.jpgEl único intento de lengua perfecta que ha tenido cierto éxito ha sido el esperanto, que fue concebido por una tal Ludovic Lazarus Zamenhof (15 de diciembre de 1859).

Zamenhof era todo un polígloto de joven: en su adolescencia ya dominaba el francés, el alemán, el polaco, el ruso, el hebreo, el yiddish, el latín y el griego. Adorador del lenguaje como era, y con la convicción de que un idioma universal que se pudiera aprender fácil y rápidamente podría mitigar muchos males sociales, Zamenhof construyó el esperanto.

Saluton! Cu vi parolas Esperanton? Mio nomo estas Sergio. (Hola. ¿Hablas esperanto? Me llamo Sergio.)

Sin embargo, a pesar de ser el lenguaje artificial más hablado del mundo, apenas lo usan unos pocos millones de personas: una décima parte del 1 % de la población mundial. Así pues, parece ser que poco importan las dificultades intrínsecas de un idioma: las razones por las que las personas deciden hablar un idioma son otras.

Lo que lleva a una lengua a imponerse sobre otra es básicamente una cuestión de política, dinero e influencia. El francés, en su día la lengua más hablada en Occidente, se vio desplazada por el inglés no porque esta lengua fuera mejor, sino porque el Reino Unido y Estados Unidos adquirieron un papel más poderoso e influyente que el de Francia.

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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (y IV)

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Como os decía en la anterior entrega de esta serie de artículos acerca de las limitaciones del lenguaje como forma de alimentar la literatura, la imprecisión del lenguaje también puede favorecer las elucubraciones filosóficas.

Por ejemplo, la palabra “montón”, como precursora del juego de ingenio filosófico llamado paradoja sorites:

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (y V)

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El escritor Francisco Casavella se atreve incluso a proponer 6 condiciones inherentes a la práctica del plagio:

1 Copiar algo bueno.

2 Copiar algo poco conocido.

3 Copiar de alguien sin capacidad de respuesta, sin importancia y, a poder ser, muerto hace mucho.

4 Que no se note.

5 El plagio debe superar lo plagiado.

6 Hacerlo con cierto encanto o mucho morro.

Añade Casavella:

Hay quien dice que Desayuino en Tifanny´s de Truman Capote es un plagio de Sally Bowles de Christopher Isherwood. Es posible. Pero está tan bien hecho que a mí me da igual. (…) Hay quien dice que muchas de las canciones de Agustín Lara las escribía un negro a sueldo por cuatro duros. Pues si es verdad, Agustín Lara me parece un sinvergüenza y un tacaño, pero tuvo el buen gusto de elegir a un negro competente.

El profesor de Derecho de Stanford Lawrecen Lessig abunda en ello en su libro Cultura libre (libro que os recomiendo: tras su lectura, muchos obsesos del copyright acaban moderando su actitud):

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (IV)

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El exceso de celo en la vigilancia de la expresión creativa ahoga la creatividad. El corazón mismo del proceso creativo se basa en pellizcos de cosas ya conocidas, de autores que admiramos, de ideas que escuchamos, de frases que nos calan… transformándolas con “nuestro estilo” (signifique lo que signifique eso, porque ¿acaso pueden existir millones de estilos diferentes o hay un reservorio limitado de estilos?)

La verdadera creatividad no es copiar un libro entero ya publicado. Pero ¿copiar doce palabras viola el proceso creativo? ¿Lo que hizo houellebecq desmerece todo su libro? Si la mítica banda Led Zeppelin no hubiera gozado de libertad para excavar en la mina del blues en busca de inspiración, no tendríamos el Whola Lotta Love.

Cuando alguien copia un texto de otra persona, uno no suele preguntarse por qué lo ha copiado, ni qué ha copiado exactamente, ni tampoco si su copia sirve a algún objetivo más magnífico. Simplemente catalogamos la copia como algo negativo.

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