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creatividad

Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (y IV)

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Como os decía en la anterior entrega de esta serie de artículos acerca de las limitaciones del lenguaje como forma de alimentar la literatura, la imprecisión del lenguaje también puede favorecer las elucubraciones filosóficas.

Por ejemplo, la palabra “montón”, como precursora del juego de ingenio filosófico llamado paradoja sorites:

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (y V)

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El escritor Francisco Casavella se atreve incluso a proponer 6 condiciones inherentes a la práctica del plagio:

1 Copiar algo bueno.

2 Copiar algo poco conocido.

3 Copiar de alguien sin capacidad de respuesta, sin importancia y, a poder ser, muerto hace mucho.

4 Que no se note.

5 El plagio debe superar lo plagiado.

6 Hacerlo con cierto encanto o mucho morro.

Añade Casavella:

Hay quien dice que Desayuino en Tifanny´s de Truman Capote es un plagio de Sally Bowles de Christopher Isherwood. Es posible. Pero está tan bien hecho que a mí me da igual. (…) Hay quien dice que muchas de las canciones de Agustín Lara las escribía un negro a sueldo por cuatro duros. Pues si es verdad, Agustín Lara me parece un sinvergüenza y un tacaño, pero tuvo el buen gusto de elegir a un negro competente.

El profesor de Derecho de Stanford Lawrecen Lessig abunda en ello en su libro Cultura libre (libro que os recomiendo: tras su lectura, muchos obsesos del copyright acaban moderando su actitud):

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (IV)

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El exceso de celo en la vigilancia de la expresión creativa ahoga la creatividad. El corazón mismo del proceso creativo se basa en pellizcos de cosas ya conocidas, de autores que admiramos, de ideas que escuchamos, de frases que nos calan… transformándolas con “nuestro estilo” (signifique lo que signifique eso, porque ¿acaso pueden existir millones de estilos diferentes o hay un reservorio limitado de estilos?)

La verdadera creatividad no es copiar un libro entero ya publicado. Pero ¿copiar doce palabras viola el proceso creativo? ¿Lo que hizo houellebecq desmerece todo su libro? Si la mítica banda Led Zeppelin no hubiera gozado de libertad para excavar en la mina del blues en busca de inspiración, no tendríamos el Whola Lotta Love.

Cuando alguien copia un texto de otra persona, uno no suele preguntarse por qué lo ha copiado, ni qué ha copiado exactamente, ni tampoco si su copia sirve a algún objetivo más magnífico. Simplemente catalogamos la copia como algo negativo.

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (II)

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Como os explicaba en la anterior entrega de este artículo, la propiedad intelectual ha empezado a adquirir la misma entidad que la propiedad privada o la propiedad física, a pesar de que tecnología está precisamente encaminada a lograr lo contrario: que la propiedad intelectual apenas tenga mérito o sentido.

Hoy en día, plagiar un fragmento de un texto es tan escandaloso como robar una cartera, y a la mayoría de gente le parece algo natural porque desde instancias superiores se ha promovido que esa analogía es legítima. Por ejemplo, hace unos años, Doris Kearns Goodwin había fusilado pasajes de otros historiadores, ¿sabéis que le pasó? Le pidieron que dimitiera del comité del Premio Pulitzer.

Cuando Malcolm Gladwell descubrió que algunos de los pasajes de su artículo formaban parte de una obra de teatro de Broadway, sólo sintió que estaba bien, que así se podrían oír ecos de su artículo en los escenarios de Broadway, algo que de otro modo nunca hubiese ocurrido.

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¿Cuál es el mayor secreto para convertirse en escritor? Transpiración, transpiración y más transpiración (y III)

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¿A qué edad escribió Mark Twain Las aventuras de Huckleberry Finn? A los 49 años. El crítico literario Franklin Rogers escribió sobre la técnica de Twain: “Su procedimiento rutinario parece haber sido comenzar una novela con algún plan estructural que generalmente pronto se demostraba defectuoso, con lo cual él buscaba un nuevo hilo argumental que vencería la dificultad, volvía a escribir lo ya escrito y luego seguía adelante hasta que algún nuevo defecto le forzaba a repetir el proceso.

No en vano, Twain tardó 10 años en terminar su libro.

Por su parte, Daniel Defoe escribió Robinson Crusoe con 58 años.

Alfred Hitchcock tuvo su mejor racha cinematográfica (Crimen perfecto, La ventana indiscreta, Vértigo, Con la muerte en los talones y Psicosis) entre la edad de 54 y 61 años.

La idea de Galeson de que la creatividad puede dividirse en dos tipos, conceptual y experimental, tiene un número de implicaciones importantes. Por ejemplo, a veces pensamos que lo que les pasa a los de maduración tardía es que tardan en arrancar. Como no comprenden que algo se les da bien hasta que cumplen los cincuenta, lógicamente alcanzan el éxito tarde en la vida. Pero esto no es exactamente así. (…) También pensamos a veces que, cuando a un artista se le descubre tarde, fue porque el mundo tardó en apreciar sus dones. En ambos casos se presume que el prodigio y el maduro tardío son fundamentalmente lo mismo, y que un florecimiento tardío es sencillamente un genio bajo condiciones de fracaso en el mercado. Lo que el argumento de Galenson sugiere es algo más: que los tardíos florecen tarde porque, hasta un momento tardío de sus carreras, sencillamente no son muy buenos.

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¿Cuál es el mayor secreto para convertirse en escritor? Transpiración, transpiración y más transpiración (II)

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Los genios precoces llaman tanto la atención que eclipsan la realidad de la excelencia: que la excelencia, en mayoría de casos, aparece tras frotar la lámpara de Aladino hasta que te sangren las yemas de los dedos… y luego seguir frotando.

Cierto es que existen los enchufes, los autores mediáticos o esas excepciones como Herman Melville, que escribió un libro por año desde sus veintitantos, o Ciudadano Kane, que nació de un Orson Welles de sólo 25 años.

Pero las estadísticas ponen las cosas en su sitio, como demostró un economista de la Universidad de Chicago llamado David Galenson.

Examinó cuarenta y siete antologías de poesía principales publicadas desde 1980 y contó los poemas que aparecían con más frecuencia. Algunas personas, desde luego, discutirían la noción de que el mérito literario pueda cuantificarse. Pero Galenson sencillamente pretendía hacer un sondeo cruzado sobre una amplia sección de poemas que, según los eruditos literarios, conformaban lo más granado del canon estadounidense.

¿Cuál fue el resultado? Veamos los primeros 11 en orden, con la edad de sus creadores cuando publicaron la antología:

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¿Cuál es el mayor secreto para convertirse en escritor? Transpiración, transpiración y más transpiración (I)

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La gente suele otorgar demasiada importancia a la genialidad y a la precocidad. Solemos recordar con más facilidad que determinado novelista consiguió la gloria antes de los 30 años, o que un científico ganó el Nobel cuando apenas había salido de la facultad.

Así pues, cuando los aspirantes a escritor me preguntan cuál es el secreto para escribir un buen libro, lo que esperan recibir es algo así como una receta que, por arte de birlibirloque, les nimbe de una aureola especial. Un atajo por el cual llegar al premio gordo. Un método a fin de reducir en lo posible años de pruebas y errores.

Si bien pueden existir algunos consejos para superar determinados obstáculos iniciales, siempre he sido de la opinión de que el mejor consejo que puede darse a un aspirante a escritor es el siguiente: transpira, transpira durante mucho, mucho tiempo.

Pensaréis: sí, eso es obvio, es necesario picar mucha piedra para llegar a algo en la vida (a no ser que tomes la vía Sálvame, por ejemplo). Pero tal vez esta idea no calará lo suficiente en vosotros hasta que leáis la siguiente historia, totalmente verídica.

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Leoyescribo.com, un nuevo portal para promocionar la literatura entre los universitarios

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Escribiendo

Ya sabéis cuanto me gustan a mí las campañas para promocionar la lectura y la escritura, por eso me alegra muchísimo presentaros este nuevo portal, Leoyescribo.com. Ha sido creado para promover la lectura y la creación literaria en un colectivo concreto, los universitarios, por lo que puede que muchos de nuestros lectores se queden fuera de esta iniciativa.

Leoyescribo.com propone diferentes concursos con distintos niveles y tipos de creatividad, pero todos ellos están relacionados con la literatura. Así, encontramos un concurso de microrrelatos, otro de relatos en cadena en los que también participan autores de renombre como Lorenzo Silva o Ángela Vallvey; un concurso de fotografía, o de vídeos que estimulen la lectura, hasta llegar al más importante, el VIII Certámen de relato corto Jóvenes Talentos que todos los años presentan Booket y Ámbito Cultural. Los premios varían desde lotes de libros hasta seis mil euros del certámen Jóvenes Talentos, por lo que, como siempre, os aconsejo leer bien todas las bases de los concursos, para que después no haya sorpresas desagradables. Eso sí, tened en cuenta que para participar hay que estar matriculado en alguna universidad española, sea cual sea el tipo de estudio que estéis realizando.

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La ley de Zipf: la frecuencia con la que una palabra aparece en un texto

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Esta fórmula sirve para saber la frecuencia con la que una palabra aparece en un texto. Algo que puede ser muy útil en literatura.

Como una rama más de la hermenéutica, la Ley de Zipf sirve, básicamente, para contar palabras. Fue formulada en la década de los cuarenta por el lingüista de Harvard George Kingsley Zipf (1902-1950), y afirma que un pequeño número de palabras son utilizadas con mucha frecuencia, mientras que frecuentemente ocurre que un gran número de palabras son poco empleadas.

Para usarla debemos coger un texto con más de 5.000 palabras y, entonces, se calcula cuántas veces aparece una palabra concreta. Se ordena la tabla de palabras de más a menos frecuente. El orden en que aparece cada palabra en esta lista ordenada se llama “rango”.

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Escribiendo a cuatro manos

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A veces cuando decidimos escribir para los demás no nos damos cuenta de que estamos escribiendo un libro paralelo que trata sobre uno mismo.

El oficio de la literatura tiene dos vertientes. Cuando uno se decide a afrontar un hoja en blanco para mancharlo de salpicaduras de tinta más o menos ordenadas (o de ceros y unos, en el caso de los autores más geeks), consciente o inconscientemente (dependiendo del autor) también se emprende la escritura de otra historia que no va a ser publicada, que no podrá ser leída exclusivamente por ojos sino a través del filtro de otros sentidos.

Escribir cualquier cosa conlleva escribir una autbiografía que acompañará por siempre toda nuestra producción. Una autobiografía falseada, llena de exageraciones, mentiras, claroscuros e imposturas, que va a ser la imagen como autor que pretendemos (o no) dar a los demás.

Y creedme cuando os digo que esa autobiografía puede ser más importante de lo que parece. Incluso más importante de todo cuanto escribáis explícitamente.

Al teclear estas líneas yo mismo soy más o menos consciente de esas líneas invisibles que también voy dejando por todos los sitios y que me describen de alguna forma. Vosotros, máquinas cotillas por naturaleza, no sólo leéis mis ideas sino que os formáis una juicio de cómo soy yo en base a mis ideas, en un juego de espejos que ni el callejón del Gato de Valle Inclán.

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