No hay nada más desazonador para un autor que el rechazo de su manuscrito por parte de una editorial. Muchos escritores, tras la carta de rechazo, se replantean volver a escribir. Otros hacen añicos la obra. Los más cínicos, coleccionan las cartas de rechazo, que cualquier por doquier para acordarse de lo mediocres que son (o de lo mediocres que resultan los expertos que trabajan en una editorial).
Hay manuscritos que, en su día, fueron rechazados por muchas editoriales y que, finalmente, al ser editados, obtuvieron un éxito rutilante. La razón de ello es que muchos editores persiguen, sobre todo, que la obra que tienen entre manos resulte comercialmente rentable. Pero las cábalas que podemos hacer al respecto no son mucho más fiables que consultar la bola de cristal: si no fuera así, montar una editorial sería un negocio tan seguro que hasta los bancos invertirían en ello.
Sin embargo, hay manuscritos que parecen tener la negra. Es el caso del libro World Government Crusade (Cruzada del gobierno mundial), escrito por Gilbert Young. Posiblemente el manuscrito más rechazado de la historia. Literalmente ha sido rechazado cientos de veces.
El libro es un compendio de los punto de vista políticos del autor. Su principal tesis es la institución de un gobierno para el mundo entero y un solo idioma obligatorio. Según cuenta Stephen Pile en El libro de los fracasos heroicos a propósito de este manuscrito:

¿Queréis saber qué se siente bailando sobre un campo sembrado de minas? Es fácil: pisad el callo de lo políticamente correcto, tal y como lo hicieron los caricaturistas de Mahoma, y lo sentiréis en todo su esplendor.
Atención, señoras y señores, prepárense para averiguar cuál es la mejor novela de todos los tiempos, la novela que uno debería leer si se considerara un buen lector, la novela que es la suma de todas las novelas, la novela que te impelerá a dar un salto cuántico en la literatura, la novela con marchamo, glamour y profundidad por antonomasia.
Me declaro a favor de Susan Sontag y de su influyente manifiesto de 1966, Contra la interpretación. El estudio académico profesionalizado de los textos literarios me agota hasta límites siderales. Tuve que soportarlo durante mis años de instituto y universidad, e incluso ahora debo esquivarlo de determinadas personas que me rodean: la mayoría gafapastas que sientan cátedra artística sobre tal o cual obra, y si no la entiendes así (o no eres suficientemente onanista para entenderlo así) es que te faltan neuronas.

¿Qué es un libro bueno? ¿Puedo denostar una obra de Shakespeare o de cualquier otro autor intocable sin parecer un necio o sólo puedo determinar que no me gusta pero, todo y así, reconocerle unas cualidades inherentes?
Bien. Llegados a este punto, ¿cuál es la conclusión de toda esta arenga en términos literarios y/o artísticos? La conclusión sería, en pocas palabras, que todos somos víctimas de nuestras miserias, que somos imperfectos, que hasta Terminator, Robocop y algún robot asimoviano (mentes todas ellas matemáticamente consecuentes) han llegado alguna vez a infringir sus directrices.
Ayer se cumplieron doscientos años del nacimiento de Mariano José de Larra (1809-1837), figura clave del romanticismo español y a quien se considera padre del periodismo moderno. Su corta trayectoria literaria (no llegó a cumplir los 28 años) fue suficiente para afianzarlo como una de las plumas más lúcidas, críticas y satíricas de la España del momento.
Éste es, entre otras cosas, un espacio para la crítica de obras literarias. Dejando a un lado las percepciones idiosincrásicas de cada uno de los editores de este blog, ¿es posible que exista un criterio objetivo que enumere una serie de puntos perfectamente sensatos y coherentes acerca de una obra artística? En política, dos personas inteligentes pueden mantener creencias diametralmente opuestas. Si esto ocurre en literatura, ¿significa que pueden coexistir posibles familias de explicaciones y exégesis acerca de una obra y que cada una de ellas puede ser igualmente rigurosa? ¿Tal vez sólo existe un análisis perfecto pero, a causa de limitaciones epistemológicas, nos limitamos a dar válidas cualquier exégesis porque no hay forma de impugnar lo que ignoramos?