Estamos ante un volumen de hechuras tan modestas que, más que un libro, se parece a un panfleto de varias páginas. Bajo el mismo prisma, las aspiraciones del autor no son demasiado elevadas: así como del gorrino en la matanza se puede aprovechar todo, en este El arte de amargarse de la vida apenas valen la pena algunos capítulos. Más aún: a veces sólo algunos párrafos.
No me gusta adoptar el tono de pitufo gruñón en versión crítico literario, pero con esta pequeña obra de Paul Watzlawik (Austria, 1921) no me queda más remedio. Tardé una hora en leerla. Sólo disfruté un 10 % de la misma. Y calculo que no tardaré más de una semana o dos en olvidarla por completo. Lamento chafar el matasuegras y la guitarra.
Digo esto último porque gran parte del propósito de la obra es divertir. O como matiza su editor, ”el nuevo libro de Paul Watzlawick se puede leer medio en broma y medio en serio. Es posible que el lector encuentre en este libro algo de sí mismo, a saber, su propio estilo de convertir lo cotidiano en insoportable y lo trivial en desmesurado”.

