Con sus libros descubrí el valor de la sorpresa, que no siempre viene dada en el párrafo final.
Recordé un acento, una forma de hablar que permite la calle pero de la que el papel suele desconfiar: él supo darle la naturalidad precisa, la complicidad de un lenguaje que nombra a sus personajes y los sitúa, del lado de acá, del lado de allá, de otros lados.
Con Cortázar aprendí a jugar con la literatura, a dar vuelta a las palabras sin perder el ritmo, la sonoridad, la plasticidad con que se unen.
Me di cuenta de que los almanaques están llenos de cosas, de que mis cuadernos gordos de recortes tienen sentido, no están solos.
Conocí a los cronopios, que alegran los días nublados casi siempre a fuerza de ponerlo todo patas arriba. Ahora sé que es bueno verle el lado cronopio a la vida, respirar de vez en cuando como si no hubiera nada más importante que cantar catala y bailar tregua espera tregua.
Lloré de risa y de tristeza, incluso al mismo tiempo. Horacio y La Maga. Rocamadour, bebé bebé, Rocamadour.

