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Cultura

‘El meme eléctrico’ de Robert Aunger: una nueva teoría de cómo pensamos

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El término meme está de moda. De hecho, es un meme en sí mismo. Los memes son unidades culturales que se propagan de cerebro a cerebro, tal y como lo hacen los genes a la hora de transmitir información hereditaria; los memes transmiten información cultural: maneras de proceder, ideas, canciones, sonetos, etc.

Sin embargo, como toda moda generada alrededor de un término denso, la mayoría de sus seguidores apenas saben en realidad cuáles son las implicaciones de la misma. Lo mismo sucede con sus detractores: ya he podido leer a varias personas desdeñando los memes, entre otras cosas arguyendo que nada nuevo aportan a los fundamentos de la cultura o, en suma, a cómo pensamos.

Mucho me temo, pues, que tanto adoradores como detractores populares de la memética no han leído demasiados libros sobre el tema: los argumentos de ambos bandos son, cuando menos, endebles.

Lo que propone el antropólogo Robert Aunger, sin embargo, es ir un poco más allá en la teoría memética, tornando todavía más complejo lo que ya de por sí lo era (y, por tanto, más inaccesible para los adoradores/detractores de boquilla).

Hasta ahora, una de las propiedades más difíciles de asumir cuando empiezas a entender lo que es un meme es que los memes no tienen entidad física. Un meme no tiene tamaño, ni peso. Tampoco se puede medir, ni observar, ni tampoco catalogar. En ese sentido, un meme es una especie de experimento mental o de metáfora, como la cueva de Platón, el demonio de Descartes, la visión de Hobbes del estado de la naturaleza y el contrato social o la idea de Kant del imperativo categórico. (Un experimento, con todo, imbricado en los recientes descubrimientos en neurociencias, así que en nada se parecen a las ideas similares esgrimidas por pensadores de antaño: sería como afirmar que el Hubble no ofrece nada nuevo de lo que Galileo ya intuyó).

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'Elevación, elegancia y entusiasmo' de Francisco Casavella

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Tengo un problema con los libros que recogen las reflexiones y pensamientos de un individuo. Bien, en realidad mi problema se circunscribe con los libros que recogen reflexiones y pensamientos no científicos de un individuo.

La ciencia posee apoyos sólidos, agarraderas fiables, y el autor, por muy aventurado que sea (por ejemplo, Roger Penrose), al menos escalará una montaña que existe, real, palpable, aunque no conozcamos todavía su forma concreta ni cada uno de sus detalles estructurales.

Cuando se trata de un autor no científico (crítico cultural, opinador social, etc.), entonces no hay montaña. O mejor: cada autor escala su propia montaña. Y las montañas suelen ser inexpugnables y aisladas unas de otras (al menos para el que lea con rigor y objetividad; para los groupies, la montaña es real y no tardarán en escalarla junto con el autor, aunque no entiendan ni papa o ni siquiera tengan una opinión real formada).

Mi problema con el libro-montaña (nunca mejor dicho, con sus más de 1.000 páginas) Elevación, elegancia y entusiasmo, que recoge todos los microvoltios que han chispeado en el cerebro del escritor Francisco Casavella, es, por lo tanto, que no puedo subir la montaña que propone. La oteo en lontananza, percibo que hay detalles en los que concuerdo, pero, en conjunto, sólo es una montaña más, como las miles de montañas que se alzan por doquier. O dicho más claro: todo el mundo tiene una opinión, y toda opinión se puede discutir hasta el infinito.

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Certamen de poesía contra la violencia de género

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Poesia violencia genero

Hoy os traemos a estas páginas un concurso con una pretensión social importante. El Área de Igualdad (antiguo Ministerio integrado ahora en el de Sanidad), a través de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género organiza una actividad en la que quiere involucrar a la población juvenil: el certamen de poesía “Comienza un nuevo curso de tu vida con un poema”.

El concurso se inscribe en el ámbito de las campañas de sensibilización para fomentar la concienciación social frente a la violencia de género, y ése es su objetivo fundamental.

De este modo se pretende convertir la cultura en herramienta para acercar a la gente más joven a esta problemática. Además con el certamen se intenta hacer reflexionar sobre los sentimientos vinculados al amor en las relaciones de pareja, la igualdad, el respeto y la no violencia y fomentar la movilización social y actuación en contra de la violencia de género.

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‘Más allá de las imposturas intelectuales’ de Alan Sokal: para saber por qué sabemos

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El profesor de Física de la Universidad de Nueva York y de Matemáticas en el University College de Londres Alan Sokal perpetró en 1996 una de las bromas más ingeniosas y punzantes que yo haya leído en mi vida: la de Social Text.

Social Text es una reputada publicación de humanidades. Una publicación en la que participan intelectuales de talla. Que es leída por intelectuales, docentes, estudiantes y gente que intelectualmente está muy motivada. Sin embargo, Sokal logró colarles un artículo largo, denso y, en apariencia, muy erudito que, en realidad, era una sarta de tonterías sin sentido, lleno de ignorancia científica y de argumentación ilógica.

El artículo fue alabado por muchos intelectuales. Obviamente, todos ellos, y también los responsables de Social Text, usaron sus palabras más gruesas para criticar el proceder de Sokal. Pero Sokal sólo pretendía evidenciar que entre las disciplinas de humanidades hay mucho pomposo que habla raro para fingir que piensa inteligentemente y, además, tiene la deshonestidad de introducir conceptos científicos (la mecánica cuántica es el favorito) sin tener la menor idea de lo que está diciendo.

Sokal también dedicó un libro entero a evidenciar muchos de estos signos en textos de autores consagrados como Derrida o Lacan: Imposturas intelectuales, que ya reseñé en su día.

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Comparando las primeras frases de dos célebres novelas para entender la naturaleza humana (I)

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A veces, fijar la atención en cosas nimias, incluso cotidianas, permite extraer conclusiones que en absoluto resultan nimias ni cotidianas. Así que sigamos el consejo, y fijémonos en un rasgo nimio en una novela: la primera frase. La primera frase de una novela puede hacer muchas cosas: puede instigarnos a continuar la lectura, o puede desalentarnos.

También puede definir el tono del libro que nos espera.

Leamos la primera frase de la novela de Charles Dickens David Copperfield:

Si resultara que soy el héroe de mi propia vida, o si ese puesto lo ocupara otra persona, estas páginas lo dirán.

Leamos ahora la primera frase de la novela de J. D. Salinger El guardián entre el centeno:

Si de verdad le interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no me apetece contarles nada de eso.

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‘La conspiración de las lectoras’ de José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez Castro

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Este es el enésimo ensayo del prolífico y popular José Antonio Marina. Lo cual resulta insólito por dos motivos. El primero, que Marina sea capaz de pergeñar libros tan eruditos, interesantes y exquisitos a una velocidad de vértigo. Y el segundo, que precisamente esos libros sean del agrado de un gran número de lectores, estando como están poblados los anaqueles de las librerías de volúmenes que cada vez más se ajusten a la ley del mínimo esfuerzo: tanto de creación como de consumo.

Por si esto fuera poco, La conspiración de las lectoras trata de un tema casi inédito en la historia de España, aunque fundamental para comprenderla en toda su amplitud; y por extensión comprender el papel de la mujer (o de algunas mujeres) en el devenir cultural.

Ésta es la historia del Lyceum Club Femenino. Una insólita asociación de mujeres que nació en Madrid, en 1926, hasta el comienzo de la guerra civil. Una asociación que contaba con el que quizá fue el grupo de mujeres más brillante de la historia de España: María de Maeztu, Victoria Kent, Clara Campoamor, Zenobia Camprubí, Ernestina de Champourcín y muchas otras.

En total, 115 socias, que en adelante se conocerían como “las fundadoras”, que copiaron los estatus del primer Lyceum, el de Londres, presidido por Lady Frances Balfour, hija del duque y la duquesa de Argyll.

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Algunos libros que han cambiado el mundo (y III)

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-Los derechos del hombre de Thomas Paine (1737-1809): defensa a ultranza de los derechos humanos, exige la supresión de la monarquía y de la aristocracia, la construcción de un sistema educativo estatal y una redistribución de la riqueza mediante la introducción de impuestos progresivos.

-Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft (1759-1797): madre de Mary Shelley (la autora de Frankenstein), la autora reivindicaba una educación común para los dos sexos como condición de la igualdad en la pareja. Sin duda, fue el primer paso para la fundación de los movimientos feministas.

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Algunos libros que han cambiado el mundo (II)

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-Sumario de la institución de la religión cristiana de Juan Calvino (1509-1564): el libro más importante de la Reforma. En él se fundamenta la concepción agustiniana del poder absoluto de Dios y el derecho del hombre a resistirse a los poderes terrenos, que son solamente instrumentos de Dios, cuando atentan contra la voluntad divina.

-Sobre las revoluciones de las orbes celestes de Nicolás Copérnico (1473-1543): explica los movimientos celestes observables afirmando que la Tierra gira alrededor del Sol, y éste alrededor de sí mismo. Por esa razón, en 1616 fue incluido en el índice de libros prohibidos por la Iglesia.

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Algunos libros que han cambiado el mundo (I)

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A menudo creemos que los libros sólo son eso, libros: un puñado de papeles llenos de letras (opinión sobre todo sustentada por aquellas personas que no han leído demasiados libros).

Pero los libros son muchas más cosas, y atesoran un poder mayor que el de un arma cargada o un movimiento sísmico que alerte las agujas de Ritcher; como también es mucho más de lo que parece una cruz (gamada o cristiana), una bandera (hasta se convierte en una infracción quemar este aparente jirón de tela) o la pluma que hacía creer a Dumbo que podía volar.

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‘La Cultura: Todo lo que hay que saber’ de Dietrich Schwanitz

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Con el tiempo me he dado cuenta de que, en cierto modo, gran parte de mi vida la he dedicado a desaprender lo que aprendí en el colegio. Ello denota dos cosas. La primera: que en el colegio aprendí muchas cosas inútiles y/o erróneas. La segunda: que adquirir cultura, en este contexto, requiere de esfuerzo personal y una humildad que permita aceptar que uno, por saber muchas cosas, no es automáticamente culto, y mucho menos si esas cosas proceden de una única fuente.

El trasfondo de todo ello es que el conocimiento académico está en crisis, tanto es su manera de impartirse como en sus contenidos. La cultura es aburrida para la mayoría de la gente, y eso no es culpa de la gente sino de los que se encargan de suministrar la cultura.

En ese sentido, el objetivo de Dietrich Schwanitz en La Cultura es, sin duda, ambicioso. Resumir todas esas aburridas clases de todos nuestros años escolares e incluso universitarios en un solo libro de poco menos de 1.000 páginas. Dicho de otro modo: la lectura de este único libro equivaldría a las docenas de manuales e interminables horas lectivas del colegio. Un único libro para aprobar cualquier examen medianamente general (más o menos).

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