El término meme está de moda. De hecho, es un meme en sí mismo. Los memes son unidades culturales que se propagan de cerebro a cerebro, tal y como lo hacen los genes a la hora de transmitir información hereditaria; los memes transmiten información cultural: maneras de proceder, ideas, canciones, sonetos, etc.
Sin embargo, como toda moda generada alrededor de un término denso, la mayoría de sus seguidores apenas saben en realidad cuáles son las implicaciones de la misma. Lo mismo sucede con sus detractores: ya he podido leer a varias personas desdeñando los memes, entre otras cosas arguyendo que nada nuevo aportan a los fundamentos de la cultura o, en suma, a cómo pensamos.
Mucho me temo, pues, que tanto adoradores como detractores populares de la memética no han leído demasiados libros sobre el tema: los argumentos de ambos bandos son, cuando menos, endebles.
Lo que propone el antropólogo Robert Aunger, sin embargo, es ir un poco más allá en la teoría memética, tornando todavía más complejo lo que ya de por sí lo era (y, por tanto, más inaccesible para los adoradores/detractores de boquilla).
Hasta ahora, una de las propiedades más difíciles de asumir cuando empiezas a entender lo que es un meme es que los memes no tienen entidad física. Un meme no tiene tamaño, ni peso. Tampoco se puede medir, ni observar, ni tampoco catalogar. En ese sentido, un meme es una especie de experimento mental o de metáfora, como la cueva de Platón, el demonio de Descartes, la visión de Hobbes del estado de la naturaleza y el contrato social o la idea de Kant del imperativo categórico. (Un experimento, con todo, imbricado en los recientes descubrimientos en neurociencias, así que en nada se parecen a las ideas similares esgrimidas por pensadores de antaño: sería como afirmar que el Hubble no ofrece nada nuevo de lo que Galileo ya intuyó).

Tengo un problema con los libros que recogen las reflexiones y pensamientos de un individuo. Bien, en realidad mi problema se circunscribe con los libros que recogen reflexiones y pensamientos no científicos de un individuo.
El profesor de Física de la Universidad de Nueva York y de Matemáticas en el University College de Londres Alan Sokal perpetró en 1996 una de las bromas más ingeniosas y punzantes que yo haya leído en mi vida: la de Social Text.
A veces, fijar la atención en cosas nimias, incluso cotidianas, permite extraer conclusiones que en absoluto resultan nimias ni cotidianas. Así que sigamos el consejo, y fijémonos en un rasgo nimio en una novela: la primera frase. La primera frase de una novela puede hacer muchas cosas: puede instigarnos a continuar la lectura, o puede desalentarnos.
Este es el enésimo ensayo del prolífico y popular José Antonio Marina. Lo cual resulta insólito por dos motivos. El primero, que Marina sea capaz de pergeñar libros tan eruditos, interesantes y exquisitos a una velocidad de vértigo. Y el segundo, que precisamente esos libros sean del agrado de un gran número de lectores, estando como están poblados los anaqueles de las librerías de volúmenes que cada vez más se ajusten a la ley del mínimo esfuerzo: tanto de creación como de consumo.
-Los derechos del hombre de Thomas Paine (1737-1809): defensa a ultranza de los derechos humanos, exige la supresión de la monarquía y de la aristocracia, la construcción de un sistema educativo estatal y una redistribución de la riqueza mediante la introducción de impuestos progresivos.
-Sumario de la institución de la religión cristiana de Juan Calvino (1509-1564): el libro más importante de la Reforma. En él se fundamenta la concepción agustiniana del poder absoluto de Dios y el derecho del hombre a resistirse a los poderes terrenos, que son solamente instrumentos de Dios, cuando atentan contra la voluntad divina.
A menudo creemos que los libros sólo son eso, libros: un puñado de papeles llenos de letras (opinión sobre todo sustentada por aquellas personas que no han leído demasiados libros).
Con el tiempo me he dado cuenta de que, en cierto modo, gran parte de mi vida la he dedicado a desaprender lo que aprendí en el colegio. Ello denota dos cosas. La primera: que en el colegio aprendí muchas cosas inútiles y/o erróneas. La segunda: que adquirir cultura, en este contexto, requiere de esfuerzo personal y una humildad que permita aceptar que uno, por saber muchas cosas, no es automáticamente culto, y mucho menos si esas cosas proceden de una única fuente.