El punto más original de este libro es también su mayor escollo. ¿Hay algo que coma avispas? es una compilación de preguntas tipo niño-preguntando-por qué-constantemente. Hasta ahí, estupendo. Todo sentimos curiosidad por asuntos que raramente se tratan en los libros (y no hablo del tópico ¿por qué el cielo es azul? sino de preguntas con cierto toque absurdo, del tipo ¿cuán gorda debería ser una persona para detener una bala con su grasa corporal?).
Sin embargo, esta antología llevada a cabo por Mick O´Hare, que recoge las mejores preguntas enviadas por los lectores a la revista New Scientist, no está escrita por expertos. Bueno, algunas partes sí, otras no. El problema es que cada pregunta, generalmente, posee más de una respuesta. Y algunas respuestas son incompatibles entre sí.
En resumidas cuentas, tras leer una pregunta verdaderamente curiosa… al final es posible que continuemos sin saber la respuesta. Si acaso, las respuestas de otros lectores funcionarán como aceite para engrasar nuestros engranajes cogitativos. Para afinar quizá nuestro pensamiento lateral. Para elaborar incluso nuestra propia respuesta empleando otros cálculos.

Claudi Alsina es algo así como el
Palabras que contienen cuatro consonantes seguidas: Transplantar, substraer, abstraer, abstracto.
Esta es la segunda incursión de Cyril Aydon en la divulgación científica. La primera fue su biografía de Charles Darwin, el que quizá, a mi juicio, el científico que más ha contribuido en cambiar el mundo. O mejor dicho: la percepción del ser humano sobre el mundo y sobre él mismo. 
¿Cuánto pesa la Tierra? constituye la enésima recopilación de preguntas y respuestas curiosas o extrañas que cualquier niño se atrevería a hacer pero que los adultos acostumbramos a censurar. Preguntas tal vez un poco infantiles o pueriles, pero cuyas respuestas sin duda abrirán nuevos caminos hacia conocimientos insospechados, y acaso también una visión un poco más amplia del mundo y de su infinita colección de maravillas.
Cada autor tiene su método a la hora de bautizar a su retoño literario. Los hay que ponen el título antes de escribir una sola línea, o incluso antes de concebir el argumento. Otros escriben el título a modo de epitafio: al concluir la obra.
Al agarrar este libro, uno espera sentir (a nivel epistémico, y por cada pregunta respondida) algo parecido a la “luminosidad” del Libro Tibetano de los Muertos, al “despertar” del budismo, a la “luz que sobrepasa el entendimiento” de San Pablo o al “samadhi” del yoga. Pero lo único que sentí yo fue la obligación de levantar una ceja y pensar: ¿me he equivocado de libro?
Hay palabras que, a fuerza de repetirlas, pierden su significado. Por ejemplo, cuchara. Probad a decir cuchara una docena de veces. Al final la palabra cuchara sólo os parecerá una serie de fonemas que nada tienen que ver con el objeto que, hasta entonces, habéis llamado cuchara. Cuchara, cuchara, cuchara. 