Menudo título, señores. Cosas que hacen bum tiene esa clase de títulos que te empujan a proyectar el brazo hacia la estantería para, como mínimo, leer la sinopsis. Después de leer la sinopsis, os lo garantizo, estaréis tentados de leer al menos la primera página.
La sinopsis, agárrense, es tan abracadabrante que resulta difícil de sintetizar. Un adolescente llamado Pànic Orfila, diferente, anárquico, reflexivo, obsesivo, amante de los libros y la canciones que esa masa estólida llamada humanidad ni lee ni escucha, conoce a los Vorticistas, un extraña banda de dandis revolucionarios del barrio de Gracia de Barcelona que tiene un plan secreto en el que se mezcla rebelión y hedonismo.
La primera página empieza de la siguiente manera:
La obsesión es una fiebre. Una rabia loca, enfocada hacia un solo punto, que empieza a acelerar sin que nadie pueda detenerla. La obsesión es un deseo multiplicado, y ese deseo me ha llevado hasta aquí. Estoy volando a 111 km por hora en dirección a un árbol del camping La Ballena Alegre, en la autovía de Castelldefels. Cuando impacte contra él, mi cuello se partirá como un barquillo mojado en champán, pero de momento estoy paralizado en el aire en la postura de volar. Soy una pieza de taxidermista, suspendida del cielo por hilos de oxígeno. Los ingleses tienen una expresión para eso: in mid-air. Espero que esta parálisis pasajera me dé el tiempo suficiente para contar lo que tengo que contar; es una historia bastante larga. Estoy volando a 111 km por hora porque hace uno segundo estaba subido a una Vespa 160, conduciendo sin manos. Me subí a la Vespa porque antes intenté realizar el Último Vals Salvaje, y falló. Mi Último Vals Salvaje era la única manera que encontré para extirpar la obsesión. Ésta es una historia de obsesiones.

Los que estamos al tanto del movimiento cultural más o menos alternativo (y también del ortodoxo), ya sea en el ámbito del cine, la música o las letras, conocemos el erudito y pluscuamperfecto bolígrafo de Jordi Costa (Barcelona, 1966), colaborador omnipresente en diversos medios de prensa escrita y televisión.
El periodismo gonzo es un subgénero del periodismo que implica al propio periodista o reportero en la noticia, convirtiéndolo en un actor más, y que no busca tanto la noticia como el contexto donde se desarrolla la noticia. El término se usó para describir el estilo narrativo del periodista y escritor estadounidense Hunter S. Thompson. En 1970, su artículo titulado El Derby de Kentucky es Decadente y Depravado fue descrito por Bill Cardoso, del Boston Globe, de gonzo puro.
He intentado varios títulos para este post pero la noticia no da para mucha poesía ni para muchas ironías. No permite rodeos: el famosos escritor David Foster Wallace de quien, por cierto, nuestro compañero
Dicen por ahí que David Foster Wallace es uno de los escritores norteamericanos contemporáneos más brillantes y originales, además de ser ofensivamente joven (Nueva York, 1962). También fue acusado Foster Wallace de mostrar su genio sólo con cuentos cortos y ensayos, así que, cansado de tanta crítica, Foster Wallace acabó presentando una novela pantagruélica, multiforme e hipnótica titulada (quizá no tan caprichosamente) La broma infinita. Hoy no vamos a hablar de ella, sin embargo, pues requeriría de un espacio excesivo para este blog. Hoy toca su antología de cuentos con el título más llamativo de su bibliografía: Entrevistas breves con hombres repulsivos.
David Foster Wallace es el escritor joven que más ha dinamitado con su trayectoria el concepto de nueva promesa. ¿Por qué? Con sólo treinta y tantos ya publicó su gran (su BÍBLICA, casi) novela americana: La broma infinita (que me cuentan que es imprescindible). Antes, durante el breve reinado de Bret Easton Ellis y la novela chungosocial posthorrorífica, el señor ya se había desmarcado con una novela todavía inédita en castellano (The broom of the system) y uno de los más originales y a estas alturas obligatorios libros de relatos contemporáneos (La niña del pelo raro). 