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El título de este alegato contra la religión es, sin duda, provocativo. Pero, pese a la apariencia beligerante, el autor jamás abandona el rigor. Sí que carga las tintas contra la fe, la doctrina, el sistema clerical y demás, se nota cierto enojo en sus palabras (cosa evidente si uno ha presenciado cosas como las que el autor ha visto en calidad de periodista por medio mundo), pero ello no empaña un discurso lleno de fundamento. Su ateísmo militante puede incomodar a muchos, algunas ideas resultarán un poco tendenciosas o quizá fragmentarias, pero lo serán pocas. La mayoría del corpus de este libro está lleno de racionalidad y sabiduría, lo cual ya es mucho más de lo que los libros que ensalzan la religión (como la Biblia o el Corán) pueden decir. ¿No os lo creéis? Dadle una oportunidad a Dios no es bueno.
Según Christopher Hitchens, la religión, cualquiera, no sólo es amoral, sino positivamente inmoral. Y esto no debe buscarse sólo en el comportamiento de sus fieles sino también en los preceptos que podemos leer en sus manuales de comportamiento. Sus delitos son, fundamentalmente: presentar una imagen falsa del mundo para los ingenuos y los crédulos, la doctrina del sacrificio de sangre, la doctrina de la expiación, la doctrina de la recompensa y/o el castigo eternos y la imposición de tareas y normas imposibles.
Me centraré en el último punto para esta reseña. Una de las normas imposibles son las relativas al pecado de la carne. No sólo se prohíbe el sexo, sino que se prohíbe incluso su pensamiento, algo que nadie es capaz de conseguir. O para hacerlo la mayoría del tiempo, uno debe irse convirtiendo en una suerte de reprimido que no encaja de manera sana sus disposiciones naturales, evitando incluso la masturbación. Estos engendros son los que, tarde o temprano, acabarán abusando sexualmente de niños, por ejemplo, porque la religión les ha carcomido la sexualidad. Por ello existe un porcentaje mayor de pederastas entre el clero que entre el ciudadano de la calle. Por eso, porcentualmente, hay más convictos con fe que sin ella en todas las cárceles del mundo; lo cual también dejaría constancia de la correlación siguiente: que el mal se da con mayor facilidad en el religioso, el que profesa doctrina, que en el ateo.
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