Augusto Monterroso se ha hecho un hueco en la literatura universal gracias a sus estupendas narraciones breves e hiperbreves. Su composición “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” ha sido considerada la narración más breve de la historia hasta que Luis Felipe Lomelí escribió El emigrante (-¿Olvida usted algo? -¡Ojala!). Si la magia de un relato reside en lo que sugiere antes que en lo que cuenta, en los microrrelatos esta máxima se lleva hasta el límite, y Monterroso tuvo el orgullo de ser un maestro en esta práctica.
Mi primer contacto con él fue su recopilación de historias cortas Obras completas (y otros cuentos), un título bastante peculiar para tratarse de una opera prima. Este libro me animó a seguir indagando en la bibliografía de este escritor guatemalteco hasta encontrarme con su Decálogo del escritor. Como si fueran las Tablas de la Ley, Monterroso da 10 pautas (bueno, realmente son 12, pero luego hablaremos de ello) dedicadas a todos aquellos que deciden sumergirse en la práctica de la escritura.
Este decálogo es una buena muestra del estilo de Monterroso, así como de sus ideas en torno a su profesión. Por un lado, cada entrada es un pequeño texto conciso y directo, capaz de resumir una gran idea en apenas unas pocas palabras. Por otro, la cualidad más destacada de su autor: su inteligente y afilado sentido del humor.

