Tercer y último capítulo de esta serie de artículos sobre el caso Megaupload. El concepto de que las ideas son una propiedad (intelectual) es muy difícil de mantener, a pesar de que, desde hace décadas, nos han educado justo en sentido contrario. Como ocurría en los ejemplos anteriores, si yo robaba un libro, estaba robando una propiedad. Pero si lo robado era la información de libro, previamente memorizada por mí o mi disco duro, entonces ¿qué estaba robando exactamente?
Aunque parezca muy obvio, a nivel legal es muy complicado definir lo que es una propiedad. Para que algo sea susceptible de propiedad, debe de reunir, al menos, dos requisitos: antagonismo y exclusión. En otras palabras: si yo te lo robo, te quedas sin tu propiedad; y tú puedes poner bajo llave tu propiedad para que yo no pueda acceder a ella. En el caso de las ideas, de lo que sale de nuestro intelecto, ninguno de los dos requisitos se cumple: si de tu cabeza sale una idea, no puedes evitar que los demás la cojan; y si la cogen, tú sigues conservando tu idea, de modo que nadie te ha robado tu propiedad.

Como os adelantaba
En estos días, todo el mundo ha saltado a la palestra para comentar su particular visión del caso Megaupload. Ya sabéis: un fulano que se ha hecho de oro poniendo a disposición del respetable un servicio para subir y bajar películas, libros, música o lo que se terciara. Voy a intentar no hacer ninguna valoración legal sobre el asunto, pero sí que me gustaría hacerla desde un punto de vista conceptual.
¿No queríais sopa? Pues hale, tres tazas. Es lo que está ocurriendo al otro lado del charco, en Estados Unidos, a propósito de la obsesión por proteger la industria cultural (que no la cultura). Es lo que ocurrirá el 24 de enero si se aprueba finalmente la ley SOPA (Stop Online Privacy Act, por sus siglas en inglés), a través de la cual se pretende defender los derechos de autor, regulando sitios que puedan publicar contenido sin los derechos de autor correspondientes.
¿Sabéis cuál es el problema de fondo? Que el mundo es cada vez más dinámico y cambiante: preguntadle a alguien cómo será el mundo dentro de treinta años y probablemente no acertará nada de nada. Por el contrario, el libro (como objeto, en su distribución, en su concepción, etc.) es más rígido que el palo mayor.
Como os señalaba en la anterior entrega de este artículo, dadas las circunstancias, tal y como está el percal con el tema de los derechos de autor, voy a someterme a la Operación. La Operación consiste en ser ciego por conciencia.
Después de la puesta en vigor de la Ley Sinde, deseo usar este púlpito público para declarar oficialmente que voy a practicarme la Operación que ofrecen los centros de Tiflofilosofía. ¿Por qué?
El escritor Francisco Casavella se atreve incluso a proponer 6 condiciones inherentes a la práctica del plagio:
El exceso de celo en la vigilancia de la expresión creativa ahoga la creatividad. El corazón mismo del proceso creativo se basa en pellizcos de cosas ya conocidas, de autores que admiramos, de ideas que escuchamos, de frases que nos calan… transformándolas con “nuestro estilo” (signifique lo que signifique eso, porque ¿acaso pueden existir millones de estilos diferentes o hay un reservorio limitado de estilos?)