Una vez más nos encontramos con un caso curioso de intentar suavizar la intensidad del pasado a través de un “cuidado” o censura en el uso del lenguaje. En Chile el Consejo Nacional de Educación decidió hace unos días cambiar de los libros de texto de historia para la educación primaria la palabra “dictadura” por la de “régimen militar” en un intento por brindar, supuestamente, una versión equilibrada de la historia.
La decisión generó una acalorada discusión con reacciones airadas de los escaños de izquierda del congreso chileno quienes argumentaron, entre otras cosas, que una dictadura es una dictadura y que no acepta apellidos. Tan acalorada fue y tantas críticas recibió la propuesta que debieron retractarse y dejarla sin efecto.
Vale la pena recordar que Chile fue gobernado férreamente por Augusto Pinochet desde el año 1973, luego del sangriento derrocamiento del Presidente Salvador Allende en septiembre de ese año, hasta 1990. Fue uno de los períodos más oscuros de la vida de ese país latinoamericano con un saldo aún desconocido de torturados y desaparecidos. Pero yendo a lo que nos atañe, ese intento de borrar o cambiar la memoria histórica a través de la manipulación del lenguaje usado en los textos no es nueva.

Esta semana que culmina hoy se cumplieron los aniversarios de los fallecimientos de dos escritores importantes de América Latina. Uno de ellos francamente escritor, obsesivamente autor de novelas, cuentos y poemas, el otro un escritor, también, pero que siempre se movió en las fronteras del comic y la viñeta, a fin de burlarse de la censura y la aniquilación. Dos escritores, por otro lado, que en cierto sentido ponen al descubierto dos características o dos visiones de la literatura del continente. Amabos compartían un mismo nombre, Roberto, pero sus vidas siguieron recorridos disímiles que, sin embargo, los encuentan. 