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‘El economista camuflado’ de Tim Harford

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Tim Harford sabe divulgar con gracia y salero porque continuamente se dedica a lidiar con el lector: escribe la columna Dear Economist de la revista Financial Times, donde echa mano de su sapiencia y sentido del humor para responder a las preguntas de los lectores.

En ese sentido, El economista camuflado está excelentemente bien escrito. Y además profundiza en preguntas que todos nos hacemos, y lo que es más interesante: en preguntas que nunca nos hemos formulado. Como ¿por qué el café del Starbucks es tan caro? ¿Por qué los países del Tercer Mundo son tan pobres?

La lectura de El economista camuflado, pues, me recuerda un poco a las advertencias académicas que Charles Kingsfield, el profesor de Derecho de Harvard de la película Vida de un estudiante, dedica a su auditorio: “Aquí utilizamos el método socrático (…) de responder, preguntar, responder. Por medio de mis preguntas aprenden a enseñarse a sí mismos (…) Puede que en ocasiones piensen que tienen la respuesta; pero les aseguro que eso no será más que una vana y absoluta ilusión. En mi clase siempre hay otra pregunta. Aquí practicamos la neurocirugía. Mis humildes preguntas sirven para sondearles el cerebro.

Harford nos conducirá por las técnicas secretas que usan los supermercados para obligarnos a comprar unas cosas y no otras. La razón de que exista tecnología que funciona mal a propósito. La razón de que el tráfico urbano funcione como lo hace. Que la globalización no es el coco o la metonimia del mal. El secreto que provoca que China se esté haciendo tan increíblemente rica: no en vano, es probable que en breve sea la mayor potencia mundial.

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‘Ansiedad por el estatus’ de Alain de Botton

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Enésimo libro que reseño de Alain de Botton. Pero es que este autor crea adicción. Todas sus obras son divertidas, eruditas, fáciles de leer y altamente interesantes. La que nos ocupa, Ansiedad por el estatus, no es una excepción. Aunque Alain de Botton adolece aquí de unos cuantos defectos que no se perciben en obras anteriores, defectos que podrían resumirse en una sola frase: digresión y falta de puntería.

Que nadie me malinterprete. Leer Ansiedad por el estatus es una gozada. Más de uno aprenderá montañas sobre sí mismo y su relación con el dinero y las posesiones, pero al llegar a la última página, tal vez también os asalte la sensación (como a mí) de que el autor no ha querido profundizar demasiado ni tampoco “mojarse”. Como si hubiera agarrado un puñado de artículos dispersos y los hubiera unido por un vago hilo conductor punteado de citas históricas. Esta falta de cohesión, sin embargo, no debe echaros hacia atrás: leer a Alain de Botton es una obligación. Siempre.

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