Una de las imágenes que más daño han hecho a la profesión de novelista es aquella en la que aparece un tipo bohemio dándole a una Underwood como quien pica piedra. Clas-clas-clas. Como si la literatura fluyera por sus dedos con nervio, empuje e inspiración divina. La idea que subyace a este estereotipo es: el arte surge del interior, lo tienes o no lo tienes; la transpiración es para los obreros.
Y sí, hay inspiración, y también momentos en los que los dedos bailan solos. Pero en la mayor parte del proceso subyace la transpiración, la corrección y la disciplina. Hay autores que pueden pasarse horas sólo para cambiar el punto de una frase. Generalmente, un autor honesto admitirá que invierte más tiempo en corregir su texto que en escribirlo a vuelapluma. Escribir, muchas veces, es como practicar neurocirugía, no como tocar las maracas.
Así pues, hay dos pilares básicos en los que se sustenta la buena literatura: el esfuerzo y la disciplina.
Vayamos primero al esfuerzo. Carol Dweck, psicóloga de Stanford, ha dedicado años a demostrar que uno de los elementos fundamentales de la educación satisfactoria es la capacidad de aprender de los errores. Sin embargo, acostumbramos a enseñar justo lo contrario. Si un niño comete errores, es que no es muy listo. El listo no comete errores, y además le elogiamos precisamente por ello, por ser listo. Pocas personas son las que elogian a los demás por su esfuerzo, y no por su capacidad innata.
La imagen estereotipada del escritor, pues, contribuye justamente a ese tipo de elogios. Se elogia al escritor inspirado, loco, borracho de palabras, pero raramente al artesano, al que lee diccionarios para adquirir vocabulario, al que corrige durante años un manuscrito, a lápiz, minuciosamente, como un ingeniero trajinando en un circuito impreso.

Junot Díaz estuvo en Madrid para presentar su novela 