No nos engañemos: lo que mola cantiduvi es creer en una visión holística del mundo, en el libre albedrío, en el juicio individual ponderado, en el altruismo de capilla, en la armonía del cosmos, en la sabia naturaleza y en el cine de filmoteca como quintaesencia de la hondura psicoemocional… aunque haya quintales de pruebas que sugieran que la mente humana está sólo imperfectamente diseñada para la evaluación racional de datos y, sobre todo, al servicio de un objetivo primordial: el intercambio de ADN.
Lo que mola es la opinión (cada uno tiene la suya, hasta el más estulto), el subjetivismo (¡es mi opinión!). el relativismo (todas las opiniones valen lo mismo, respétalas todas) y, sobre todo, mola la filosofía intelectualoide basada en la prosa densa y pedante, el salpicón de citas, las bengalas aforísticas (lo que le mola al personal repetir frases como loros, buf) y otros frutos de la razón primitiva.
Finalmente, añadamos un ingrediente al coctel contemporáneo que se beben todos los que van de profundos por este mundo: el síndrome de Frankenstein: la fobia a lo nuevo, a la tecnología, a los mad doctors, en definitiva, el miedo a la ciencia.
Que así se llama la obra del antropólogo y biólogo evolucionista Robin Dunbar que me he leído esta semana: El miedo a la ciencia. Y de todo esto trata el libro, y también de que todavía, en muchas parcelas de la vida, pensemos y actuemos como campesinos de la Edad Media que se hincan de rodillas cuando oyen un relámpago / el pope de turno suelta su soflama / se prometen gratificaciones postmortem cuando el antemortem es una caca / etc.

Tal como estaba previsto, desde el pasado lunes 10 de septiembre de 2007 se abrieron las puertas de la sede del 