Terry Pratchett (1948) es uno de los escritores británicos satíricos más divertidos que conozco, con permiso de Douglas Adams. Terry Pratchett sólo cultiva la fantasía y la ciencia ficción, pero lo hace precisamente para subvertir el género y darle la vuelta a todo. En el fondo, Pratchett no escribe sobre cosas imaginarias sino sobre nuestras propias miserias cotidianas, aunque desde otro punto de vista, muy a lo Monty Phyton.
Sus libros se encuentran entre los más vendidos en el Reino Unido y ha sido traducido a 27 lenguas. En marzo de 2005, por ejemplo, había vendido 40 millones de libros en todo el mundo; sólo le supera J. K Rowling. Esto, ya os lo imagináis, no es garantía de nada, pero sirve para evidenciar una cosa importante: a Rowling la conocemos casi todos, pero a Pratchett sólo lo conoce una “minoría elitista”, mayormente adulta. Porque Pratchett, pese a todo, no es sencillo, al menos no tan sencillo como pueda parecer en un primer momento. Y aunque te haga reír, Pratchett siempre habla de cosas tremendamente serias.
La saga de libros más famosa del autor es la correspondiente a la de Mundodisco, de la cual lleva escritos nada menos que 36 libros. Mundodisco es un mundo imaginario con muchas concomitancias con nuestro mundo, pero es plano, eso sí, y está sostenido en las espaldas de cuatro elefantes gigantes que, a su vez, se apoyan sobre el caparazón de una enorme tortuga cósmica. La época en la que se suceden todos los capítulos sería en la Edad Media, pero una Edad Media fantástica en la que Pratchett parodia a autores como J.R.R Tolkien, Robert E. Howard, H. P. Lovecraft o William Shakespeare, así como cuentos populares o de hadas.

Estamos ante un erudito libro sobre las palabras. Pero no tanto un estudio filológico o lingüístico de las palabras como una osada exploración científica (neurológica, biológica, psicológica, memética y más) de las palabras, de sus usos, de sus construcciones, de sus implicaciones.
La “trilogía en cinco partes” que compone el corpus de
Los años ochenta fueron una época muy diferente a la actual. Almodóvar tenía bigote y cantaba, sólo los millonarios y dictadores tenían teléfonos móviles, y todos los libros trataban de conspiraciones del KGB en lugar de conspiraciones templarias. Los videojuegos se hacían en los sótanos de cada casa y consistían únicamente en escribir párrafos de texto para ser recompensados con más texto aún. Uno de estos programadores aficionados fue Douglas Adams, que creó el videojuego textual de su obra Guía del autoestopista galáctico.
Nos encantan las listas, sobre todo las listas sacralizadas, sobre todo las listas sacralizadas avaladas por argumentos de autoridad. Dicho y hecho, los ingleses, muy aficionados a confeccionar listas de prelación, publican la última: las cincuenta mayores obras de culto según los críticos de The Telegraph.
El fenómeno de internet ha acarreado invariablemente un movimiento con un término quizá confuso para el común de los mortales pero perfectamente válido en el ámbito en el que se mueven: los denominados “geeks” (no confundir con friki).