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¿Por qué leer a través de Internet no es lo mismo que leer un libro?

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hipertexto_realista.jpgLeer textos a través de Internet, mayormente hipertextos, no parece ser lo mismo que leer un texto fuera de Internet, mayormente un texto plano. Sobre todo si nuestra intención es aprender.

La intuición parece decirnos lo contrario: si la cuestión es aprender, lo mejor parecer ser que el texto esté jalonado de vínculos que enlacen con otras páginas, así se conseguirá una suerte de conocimiento interconectado, global, orgánico, de perspectiva múltiple, etc.

Pero la investigación sugiere, en base a los efectos cognoscitivos del hipertexto, que éste no es ninguna panacea para la educación del futuro. El mayor handicap es que el la propia estructura del hipertexto dificulta la lectura: implica la realización de tareas muy exigentes ajenos al acto de leer en sí mismo, tal y como señala Nicholas Carr en Superficiales:

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¿Lees? Claro que sí, tengo Facebook

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Eso es lo que han debido responder la mayoría de los niños que han participado en un estudio llevado a cabo en Londres por la organización National Literacy Trust, que ha intentado ver los hábitos lectores entre chicos de ocho a diecisiete años. El resultado desde luego no parece muy bueno, ya que uno de cada seis alumnos afirma que no leen ni un libro al mes. Pero aún hay más, ya que menos de la mitad afirman que leen uno al mes fuera de clase.

Sin embargo, lo que sí se ha puesto claramente de manifiesto entre los 18.141 alumnos que han formado la muestra, es que su lectura, o más bien, su exposición a la palabra escrita, llega en forma de mensajes de texto, correos electrónicos o redes sociales tipo Facebook. Esto que incluso nos puede parecer normal en los tiempos que corren, crea un gran problema, y es que los chicos llegan a la edad adulta con graves problemas de comprensión de lo que leen.

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (y VI)

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la-clase-entre-les-murs-1.jpg5. Distanciarse. Analizar los problemas con perspectiva. Es importante conocer estadísticamente la realidad para afrontar cualquier problema. ¿De qué sirve angustiarse porque no somos capaces de volar si sabemos que nadie es capaz de hacerlo?

También los hechos parecen más importantes cuando han ocurrido hace poco, pero dejan de parecerlo tanto cuando transcurre el tiempo.

Nuestra mente está preparada para sopesar lo cercano y lo lejano de maneras totalmente distintas: lo cercano es términos concretos y lo lejano en términos abstractos. (…) Siempre que podamos, deberíamos preguntar: ¿qué pensará mi futuro yo de esta decisión?

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (V)

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hal-9000.jpgBasándose en investigaciones acerca de cómo opera nuestro cerebro, el psicólogo Gary Marcus ha ofrecido 13 sugerencias para mejorar nuestra forma de pensar. 13 rasgos que académicamente deberían cultivarse como un halterofílico cultiva sus músculos. He seleccionado los 6 que me parecen más importantes:

1. Intentar plantearse hipótesis alternativas. Tendemos a creer lo que empezamos a creer hasta el fin de nuestros días, por eso a la gente le cuesta tanto cambiar de ideología, partido político, orientación religiosa, etc. Nuestro cerebro, por naturaleza, no evalúa las pruebas que nos ofrecen los demás de forma desapasionada y objetiva. Así pues, entrenarnos para considerar opiniones opuestas es imprescindible.

2. Reformular la pregunta. Siempre que nos ofrezcan una información, tender a plantearla de otra forma para descubrir sus fallos.

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (IV)

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sgcorazon9.jpgSin embargo, en el ámbito académico no todo está perdido. Ya existen algunas iniciativas al respecto, como el programa conocido como “Filosofía para niños”. Olvidaos de Platón y Aristóteles o de memorizar sus vidas y años de nacimiento y muerte. El programa está orientado a pensar filosóficamente mediante cuentos que captan el interés del estudiante.

Niños de entre 10 y 12 años fueron sometidos a este programa durante 16 meses, una hora a la semana. La mayoría mostró progresos significativos en inteligencia verbal, inteligencia no verbal, seguridad en sí mismos e independencia.

Este es uno de los ejemplos de cuentos que se usan para estimular la metacognición, es decir, el saber sobre el saber, sobre cómo sabemos lo que sabemos: El descubrimiento de Harry Stottlemeier:

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (III)

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Como os prometía en la anterior entrega de este artículo, ahí van algunos libros que, por una u otra razón, considero imprescindibles para sentar unas bases de lo que debemos saber. Son libros bastante recientes y muy fáciles de conseguir, y todos ellos fueron en su día reseñados en Papel en Blanco. Además, encontraréis libros de lectura sencilla mezclados otros que precisan de un mayor grado de compromiso.

¿Se creen que somos tontos? de Julian Baggini. Os permitirá afilar vuestros argumentos, y por extensión os permitirá pensar mejor. En consecuencia, os blindará contra frases que en realidad son hueras, como las fundadas en argumentos de autoridad, en pendientes resbaladizas, racionalizaciones post facto, non sequitur, percipi est esse, falcias post hoc, falsas dicotomías, correlaciones presentadas como causaciones, conclusiones irrelevantes y así hasta 100.

El cerdo que quería ser jamón de Julian Baggini. Otro libro para aprender a pensar mejor. Este es un libro de “¿y si?” para abordar asuntos trillados desde ángulos poliédricos a fin de descubrirnos la abstrusa complejidad de las cosas. Este no es un libro de respuestas sino de preguntas que generan más y más preguntas, hasta que uno ya no sabe qué pensar. Porque cuando sabemos que apenas sabemos nada es cuando sabemos algo.

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (II)

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Como os decía en la anterior entrega de este artículo, existen libros en el mercado que tratan de combatir la deficiente educación que recibimos de las escuelas. Que incluso nos permiten “desaprender” lo que allí nos inculcaron.

No sólo son libros que desafían la propia educación, sino que permiten educarnos mejor.

Sobre este problema, todavía más grave en la actual era de Google, se ha pronunciado con mucho tino la destacada psicóloga de la educación Deanna Kuhn en su libro Education for Thinking.

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (I)

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Cada vez me sorprenden más las oceánicas lagunas de conocimiento de personas supuestamente bien instruidas a nivel académico.

Estos agujeros de queso Gruyère se dan en los estudiantes de carreras científicas: no hace mucho, en un programa de televisión sobre escepticismo, se planteaba a un grupo de estudiantes de Biología si ellos creían que se había pisado la Luna en 1969 y que no fue, como muchos dicen, un montaje. Las respuestas (que no puede afirmarse que sí porque no estuvieron allí, etc.) ponían en evidencia un desconocimiento preocupante en las más elementales nociones de epistemología. No ya digamos del método científico.

Además, muchos estudiantes de ciencias se resisten a depurar sus habilidades lingüísticas: nunca han cogido con verdadero interés un libro de poesía y no le encuentran la gracia a las metáforas de la literatura. De hecho, muchos estudiantes de ciencias, aparte de lo que leen sobre su disciplina, apenas consumen libros.

Los estudiantes de carreras humanísticas aún lo tienen peor. Pueden haber leído montañas de novelas, les encantará la ambigüedad de las emociones, la irracionalidad de la poesía, pero apenas se preocuparán de adquirir conocimientos científicos. Así sus opiniones sobre temas generales, en los que cada vez hay más participación de disciplinas como la física, la neurobiología, las matemáticas o la genética, suelen ser meras repeticiones de filósofos muertos y colecciones de aforismos. Muy bellos en su forma, pero superficiales en el fondo; y casi siempre obsoletos.

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Condicionando el gusto literario de nuestros hijos antes de que nazcan (y II)

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Nuestros hijos pueden ser sensibles a la estética incluso en el interior del claustro materno. Así que no es tan descabellado leerle cuentos antes de que nazca, tal y como sugieren dos psicólogos.

Anthony DeCasper y Melanie Spence solicitaron a futuras madres que, durante el último trimestre de embarazo, leyesen diariamente en voz alta durante tres minutos un pasaje de The Cat in the Hat, del doctor Seuss, o The King, the Mice, and the Cheese, de Nancy y Eric Gurney.

Examinados sólo un día o dos después de nacer, los bebés que habían estado expuestos a Seuss en el útero preferían a Seuss, y los que habían oído The King preferían The King, incluso cuando era otra persona quien leía las historias. Esto no equivale a decir que en el último trimestre los niños “entendieran” realmente el cuento del Gato, pero al parecer sí percibieron su ritmo característico.

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Condicionando el gusto literario de nuestros hijos antes de que nazcan (I)

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Sobre educación y niños hay quintales de mitos populares sustentados en hipótesis endebles que, además, contradicen los últimos descubrimientos acerca de cómo funciona la naturaleza humana.

Por ejemplo, que los niños se parecen a sus padres porque sus padres los han educado así o asá. (En realidad, llegada la pubertad, la mayor parte del parecido que hay entre padres e hijos es el estrictamente heredado genéticamente: el resto se cultiva entre las personas que los adolescentes consideran sus pares o entre sus competidores sexuales: por eso los hijos pierden el acento de los padres y adquieren el de sus compañeros de clase; por eso los hijos nacidos de los mismos padres pueden ser tan radicalmente distintos. Interesantes experimentos con gemelos univitelinos corroboran estas ideas).

Por tanto, si un niño lee mucho o poco al superar la pubertad no depende tanto de los libros que atesoran los padres en las estanterías de casa o de las horas que han pasado contándoles cuentos o fomentando su curiosidad lectora como que los hijos hayan tenido la fortuna de mezclarse con pares o competidores sexuales que estén interesados en la lectura. (Obviamente, en las casas donde hay más libros es donde existe la probabilidad más elevada de que los hijos lean posteriormente, pero aquí no estamos ante un caso de causalidad: los padres tienen una inclinación genética por la lectura, que ha sido transmitida a los hijos: aunque no hubiera un solo libro en casa, los hijos hubieran tendido también a leer o a mezclarse con personas que leen).

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