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Cada vez me sorprenden más las oceánicas lagunas de conocimiento de personas supuestamente bien instruidas a nivel académico.
Estos agujeros de queso Gruyère se dan en los estudiantes de carreras científicas: no hace mucho, en un programa de televisión sobre escepticismo, se planteaba a un grupo de estudiantes de Biología si ellos creían que se había pisado la Luna en 1969 y que no fue, como muchos dicen, un montaje. Las respuestas (que no puede afirmarse que sí porque no estuvieron allí, etc.) ponían en evidencia un desconocimiento preocupante en las más elementales nociones de epistemología. No ya digamos del método científico.
Además, muchos estudiantes de ciencias se resisten a depurar sus habilidades lingüísticas: nunca han cogido con verdadero interés un libro de poesía y no le encuentran la gracia a las metáforas de la literatura. De hecho, muchos estudiantes de ciencias, aparte de lo que leen sobre su disciplina, apenas consumen libros.
Los estudiantes de carreras humanísticas aún lo tienen peor. Pueden haber leído montañas de novelas, les encantará la ambigüedad de las emociones, la irracionalidad de la poesía, pero apenas se preocuparán de adquirir conocimientos científicos. Así sus opiniones sobre temas generales, en los que cada vez hay más participación de disciplinas como la física, la neurobiología, las matemáticas o la genética, suelen ser meras repeticiones de filósofos muertos y colecciones de aforismos. Muy bellos en su forma, pero superficiales en el fondo; y casi siempre obsoletos.
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