Un poco sucede como con esas personas que tienen una concepción jerárquica del arte: se vanaglorian de leer a Unamuno pero a continuación son incapaces de descodificar las claves de Watchmen. O viceversa.
Me refiero a la tendencia de compartimentar los conocimientos, a desconectarlos unos de otros, a especializarse cada vez más, a participar en el concurso de a ver quién acumula mayor número de Másters.
Por el contrario, Edward O. Wilson vindica una concepción de la cultura y el conocimiento totalmente opuesta. Nacido en Alabama en 1929, galardonado dos veces con el premio Pulitzer, Wilson es un mundialmente conocido entomólogo, sobre todo en el ámbito de las hormigas, pero también es un activista medioambiental, un pionero de la sociobiología y, me atrevería a decir, un estupendo filósofo.

Prácticamente todo lo que sabemos hoy en día de las hormigas se lo debemos a Edward O. Wilson, entomólogo y biólogo estadounidense, cuya dilatada carrera ha dado sus frutos obteniendo, además de 25 doctorados honorarios, más de 90 medallas y premios internacionales, entre ellas la Medalla Nacional de Ciencia de EEUU en 1976 o el premio Crafoord en 1990, que sería un equivalente al inexistente Nobel de Biología.