1) ‘La trilogía de Nueva York’, de Paul Auster. Tres escritores-detectives o detectives-escritores se enfrentan a las paradojas sobre la creación y la relación entre realidad y arte con la Gran Manzana de fondo. Un experimento metaliterario en el que el narrador juega a ser narrado. La trilogía de Nueva York catapultó a Auster a la fama en 1987 y todavía ofrece nuevas lecturas.
2) ‘Noches de cocaína’, de J. G. Ballard. Nadie ha estado más dispuesto que Ballard a diagnosticar las patologías y adicciones del individuo moderno, ofreciéndose como conejillo de indias. El narrador de esta novela se encuentra atrapado en un ‘resort’ de vacaciones aparentemente idílico en donde una red subterránea dedicada a la satisfacción de placeres tiende sus tentáculos.
3) ‘El almuerzo desnudo’, de William Burroughs. ‘El deber de un escritor es de narrar el mundo como lo percibe’, dice Burroughs en el prefacio a la novela. El almuerzo desnudo es el recuento alucinatorio de la vida errabunda de un yonki, con sus obsesiones recurrentes sobre sexo, droga y los movimientos íntimos del cuerpo. Un paseo por el universo inquietante y repulsivo del hombre encerrado en su propia enfermedad.

Junto a Jack Kerouac y Allen Ginsberg, William S. Burroughs fue uno de los apóstoles de la contracultura de los años 60, y también perteneció literariamente a la Generación Beat, aquélla apegada a los garitos de jazz decadentes, a las calles, a lo sórdido. 