La última novela de Eduardo Mendoza, El asombroso viaje de Pomponio Flato, intenta recuperar el tono entre esperpéntico y mordaz que tan bien le ha funcionado al autor en obras capitales del absurdo como El misterio de la cripta embrujada o El laberinto de las aceitunas. El intento, sin embargo, resulta decepcionante.
El argumento de esta novela histórica mezcla lo policíaco con la hagiografía, pues el protagonista que da título al libro, que emprende un viaje en busca de unas aguas milagrosas que remedien su diarrea, investigará el caso de un tal José, que ha sido acusado injustamente de asesinato. Nos referimos al carpintero José de Nazaret; y su hijo Jesús es quien contrata a nuestro protagonista.
La premisa, pues, es de lo más prometedora. Y lo cierto es que las primeras páginas de la novela reflejan una enjundia desopilante que recuerda al Mendoza más desatado de Sin noticias de Gurb. Por ejemplo, el protagonista se cruza nada más empezar su viaje con un grupo de rudos árabes:

