
Banderillero desganado.
Las guedejas del sueño cubren tu ojo derecho.
Te quedaste dormido con los brazos alzados,
y un derrote de Dios te ha atravesado el pechoUn piadoso pincel lavó con leves
algodones de luz tu carne herida,
y otra vez la apariencia de la vida
a florecer sobre tu piel se atreve.No burlaste a la muerte. No pudiste.
El cuerno y el pincel, confabulados,
dejaron tu derrota confirmada.Fue una aventura absurda, bella y triste,
que aún estremece a los aficionados:
¡qué cornada, Dios mío, qué cornada!
Hay muchos Ángel González. Está el Ángel González vitriólico y mordaz que en plenos años sesenta se disparaba con bombas incendiarias como Sí, fue un malentendido./ Gritaron: ¡a las urnas!/ y él entendió: ¡a las armas! -dijo luego. Está el Ángel González socarrón y pícaro de Le comenté:/—Me entusiasman tus ojos. / Y ella dijo: / —¿Te gustan solos o con rimel? y el ingenioso malabarista de la palabra: Nadie se baña dos veces en el mismo río./ Excepto los muy pobres.
Está finalmente el Ángel González existencialista, el hondo pesimista que se pregunta qué hace falta para que él sea Ángel González y proclama su ser como éxito de todos los fracasos. Todo eso es Ángel González, y todo eso es uno de sus poemas de madurez por los que tengo más cariño, El Cristo de Velázquez. Algo pequeño, intímo, doloroso y cruel pero al mismo tiempo lleno de ternura.

A mi hay polémicas que, por mucho que se pongan de moda de repente, me parecen viejas como el mundo. Y es que si te piden un día, así de bote pronto, que te sientas muy orgulloso de ser lo que eres, la primera pregunta (Primera Pregunta, efectivamente) es la de ¿entonces quién soy?, y ahí entramos en la filosofía y olvídate. Y es que si intentas ir más allá de asociaciones simbólicas fáciles como banderas e himnos (con o sin letra) caes el peligro de verte arrastrado por el abismo.