Hay un excelente capítulo de Los Simpsons en el que Marge desahoga la frustración de su matrimonio escribiendo una novela romántica ambientada en la “época ballenera”. El final venía a ser algo así como Temperance Williams sólo pudo ver cómo el mar se llevaba a los dos únicos hombres que había amado y a la única ballena que había admirado. Una parodia genial del subgénero de literatura que lleva siempre la palabra “rufián” en el título y a un adonis despechugado en la portada.
No es el caso de El décimo don, que en su mayor parte es una novela de aventuras históricas perfectamente decente y disfrutable. Pero la autora introduce toda clase de guiños y clichés del folletín sentimental más burdo que más que enriquecer desvirtúan su material, por muy femenino y casual que sea el público al que se dirige. Empecemos por el argumento:
Julia, una joven londinense, se acuesta con Michael, el marido de su mejor amiga. Este rompe repentinamente la relación con ella y le regala como despedida un libro de bordados original del siglo XVII que ha encontrado en el desván de un amigo. Julia descubre que la antigua propietaria, una tal Catherine, lo había usado como diario. Y su historia le fascina, ya que fue raptada por piratas berberiscos. Pero resulta que Michael le regaló el libro por error y quiere recuperarlo, así que Julia deberá huir de él mientras investiga la historia de Catherine.

