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Los 10 libros que han sido (sorprendentemente) prohibidos o censurados

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censura.jpgYa sea por miedo, como método de control social o por simple rechazo visceral, a lo largo de la historia hemos censurado o prohibido toda clase de libros. También ha habido mucha censura porque todos tenemos la piel muy fina, o porque muchos se la cogen con papel de fumar.

Por ejemplo, Huckleberry Finn fue y ha sido objeto de repetidas prohibiciones en las escuelas debido al uso de la palabra nigger (negrata), vocablo que en Estados Unidos ha adquirido un peso específico tan alto que incluso en los medios de comunicación se refieren a él como la palabra-n. En 1921, un tribunal estadounidense también declaró obsceno un pasaje del Ulises, de Joyce, y el libro estuvo prohibido hasta 1933. También sufrieron cortes y recortes Trópico de Cáncer, de Henry Miller, o Fanny Hill, de John Cleland.

En Australia se ha prohibido la pornografía donde aparezcan pechos pequeños. La autoridad que clasifica el material audiovisual en el país ha dictado esta norma porque considera que esta característica “fomenta la pedofilia en los consumidores de sus películas”. Por causas parecidas fue censurada Lolita, de Nabokov.

En China se prohiben los viajes en el tiempo. Los gobernantes de este país decidieron vetar el uso de este tema en televisión por ser “irrespetuosos con la historia” y “carecer de pensamientos positivos”.

Bajo esa premisa, uno se pregunta, también, ¿la FICCIÓN recrea alguna faceta de la REALIDAD o debe obligatoriamente, so pena de excomunión o denuncia, deformar la FICCIÓN para que influya en la REALIDAD para que ésta última se acabe pareciendo a la FICCIÓN? Si así fuera, ¿no deberíamos denunciar a los creadores de contenidos de FICCIÓN por tratar de cambiar la REALIDAD a su antojo bajo los parámetros ideológicos de la mayoría? ¿La FICCIÓN debe evangelizar?

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'Escucha tu cuerpo’ de Joan Liebmann-Smith y Jacqueline Nardi Egan

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El cuerpo humano es una sinfonía de ruidos. Los borborigmos de las tripas, los regüeldos, el ligero clic como de ala de mosquito al pestañear, el sorber por la nariz la destilación nasal como un cocainómano esnifando oxígeno, el chupar la comida con restallidos de la lengua, la sibilación quejumbrosa que recorre el ramaje de los bronquios, el chasquido de rama mojada de los metacarpianos, el gorgoteo de una flema profunda, el silbato que se origina en el tabique nasal como consecuencia de la cristalización de la mucosidad.

Gracias a este libro, llamado muy acertadamente Escucha tu cuerpo, de Joan Liebmann-Smith y Jacqueline Nardi Egan, sin embargo, podréis indagar sobre el origen de todos esos ruidos, la sinfonía horrísona del cuerpo humano, así como la razón de muchas otras cosas que le pasan al cuerpo, como que puede perder pelo (o ganarlo), que de repente puede oír voces, que pierde el sentido del gusto, que empieza a ver las cosas de otros colores, que se duerme en cualquier sitio, etc.

El libro está sistemáticamente organizado para explorar el cuerpo a través de sus peculiaridades y síntomas que llevan aparejados enfermedades. Y todo ello con un lenguaje muy asequible y pequeños recuadros de curiosidades históricas que hacen muy amena la lectura.

Por ejemplo, ¿alguna vez habéis estornudado cuando el sol os toca en la cara? No es nada extraño. Alrededor de una cuarta parte de las personas experimentan este fenómeno, que se conoce de diversas maneras: reflejo del estornudo fólico, reflejo de estornudo solar, reflejo de estornudo por luz brillante o, agarraos, síndrome de estornudos heliooftálmicos incoercibles autosómico dominante. Tal y como se señala en el libro: “Aunque la causa exacta de este fenómeno no se conoce, puede deberse a un cruce en el cerebro de señales reflejas de la vista y el olfato“.

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'Ante la silla eléctrica, la verdadera historia de Sacco y Vanzetti' de John Dos Passos

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John Dos Passos - Ante la silla eléctrica

John Dos Passos era un escritor comprometido. De izquierdas, coqueteó con el comunismo pero sus viajes a Europa, especialmente a la Unión Soviética y a España durante la Guerra Civil, acabaron moderando sus posiciones. En realidad, era un hombre preocupado por las condiciones sociales de los trabajadores de su época y comprometido con las libertades civiles. Ante la silla eléctrica, la verdadera historia de Sacco y Vanzetti (Errata Naturae) es una muestra de ese compromiso, una obra fragmentaria que está a medio camino entre el ensayo y el reportaje periodístico, escrita a contrarreloj para intentar salvar la vida de Sacco y Vanzetti.

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Entrevista a Clea Moreno, editora de Eutelequia: "Creo en el libro en papel porque creo en el ser humano como coleccionista".

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Clea Moreno, editorial Eutelequia

Clea Moreno Szypowska es la fundadora y editora de Eutelequia, y no le gusta hablar de sí misma. Se nota porque, en el salón de su casa y con la grabadora registrando ya sus palabras, se resiste, contraataca con otras preguntas, desvía la conversación y se las arregla para que acabemos hablando de José Ángel Barrueco, escritor zamorano que le asesora y que además ha publicado su última novela, Asco, con la editorial. “Es una persona que es literatura pura”, dice Clea Moreno de Barrueco, y durante varios minutos no para de hablar de él, siempre con voz tranquila y con un ligero acento.

Clea Moreno nació en Madrid hace veintisiete años pero se fue a Polonia a los nueve. Estudió en la Universidad de Varsovia y en 2009 estaba preparando el doctorado cuando decidió dejarlo todo y volver a ese Madrid de su infancia donde prácticamente no conocía a nadie. “Viendo las montañas nevadas de Polonia, lo que yo añoraba era el campo quemado por el sol de Castilla”, cuenta. El siguiente paso, poner en marcha una editorial, parecía lógico para alguien que se ha “criado entre libros” y que es hija de una editora y un ilustrador de Edelvives (ya retirados). Hasta ahora han publicado catorce títulos entre narrativa, como Cuento Kilómetros de Mario Crespo, y ensayo, como El imaginario de la casa en cinco artistas contemporáneos. Antes de finales de 2011 prevé publicar otros nueve libros.

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (III)

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Como os prometía en la anterior entrega de este artículo, ahí van algunos libros que, por una u otra razón, considero imprescindibles para sentar unas bases de lo que debemos saber. Son libros bastante recientes y muy fáciles de conseguir, y todos ellos fueron en su día reseñados en Papel en Blanco. Además, encontraréis libros de lectura sencilla mezclados otros que precisan de un mayor grado de compromiso.

¿Se creen que somos tontos? de Julian Baggini. Os permitirá afilar vuestros argumentos, y por extensión os permitirá pensar mejor. En consecuencia, os blindará contra frases que en realidad son hueras, como las fundadas en argumentos de autoridad, en pendientes resbaladizas, racionalizaciones post facto, non sequitur, percipi est esse, falcias post hoc, falsas dicotomías, correlaciones presentadas como causaciones, conclusiones irrelevantes y así hasta 100.

El cerdo que quería ser jamón de Julian Baggini. Otro libro para aprender a pensar mejor. Este es un libro de “¿y si?” para abordar asuntos trillados desde ángulos poliédricos a fin de descubrirnos la abstrusa complejidad de las cosas. Este no es un libro de respuestas sino de preguntas que generan más y más preguntas, hasta que uno ya no sabe qué pensar. Porque cuando sabemos que apenas sabemos nada es cuando sabemos algo.

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (II)

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Como os decía en la anterior entrega de este artículo, existen libros en el mercado que tratan de combatir la deficiente educación que recibimos de las escuelas. Que incluso nos permiten “desaprender” lo que allí nos inculcaron.

No sólo son libros que desafían la propia educación, sino que permiten educarnos mejor.

Sobre este problema, todavía más grave en la actual era de Google, se ha pronunciado con mucho tino la destacada psicóloga de la educación Deanna Kuhn en su libro Education for Thinking.

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (I)

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Cada vez me sorprenden más las oceánicas lagunas de conocimiento de personas supuestamente bien instruidas a nivel académico.

Estos agujeros de queso Gruyère se dan en los estudiantes de carreras científicas: no hace mucho, en un programa de televisión sobre escepticismo, se planteaba a un grupo de estudiantes de Biología si ellos creían que se había pisado la Luna en 1969 y que no fue, como muchos dicen, un montaje. Las respuestas (que no puede afirmarse que sí porque no estuvieron allí, etc.) ponían en evidencia un desconocimiento preocupante en las más elementales nociones de epistemología. No ya digamos del método científico.

Además, muchos estudiantes de ciencias se resisten a depurar sus habilidades lingüísticas: nunca han cogido con verdadero interés un libro de poesía y no le encuentran la gracia a las metáforas de la literatura. De hecho, muchos estudiantes de ciencias, aparte de lo que leen sobre su disciplina, apenas consumen libros.

Los estudiantes de carreras humanísticas aún lo tienen peor. Pueden haber leído montañas de novelas, les encantará la ambigüedad de las emociones, la irracionalidad de la poesía, pero apenas se preocuparán de adquirir conocimientos científicos. Así sus opiniones sobre temas generales, en los que cada vez hay más participación de disciplinas como la física, la neurobiología, las matemáticas o la genética, suelen ser meras repeticiones de filósofos muertos y colecciones de aforismos. Muy bellos en su forma, pero superficiales en el fondo; y casi siempre obsoletos.

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Para los que escriben rarito: la pedantería en la no ficción (y II)

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Esto se demostró de forma espectacular con la publicación en 1985 de una colección de poemas e historias cortas tituladas The Policeman´s Beard is Half Constructed. La gracia del libro es que fue elaborado por un programa de ordenador cuyo acrónimo era RACTER.

Para componer las historias y los poemas, RACTER escogía palabras sucesivas al azar de su diccionario. Si la palabra escogida se adecuaba gramaticalmente, RACTER la dejaba y pasaba a la siguiente palabra de la oración. Pero si no se adecuaba, entonces RACTER eliminaba la palabra y buscaba otra.

Las frases que producía el programa eran desatinos sin significado, pero un lector humano con suficiente imaginación podía extraer de ellas significados recónditos. Hasta el punto de que el libro recibió comentarios positivos en los periódicos de mayor tirada.

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Para los que escriben rarito: la pedantería en la no ficción (I)

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Reconozco que, cuando escribo novelas o cuentos, tiendo a ser ampuloso; incluso rozo la pedantería y el esnobismo. Soy perfectamente consciente de que a veces no se me entiende. O se me puede entender de muchas formas distintas.

Pero eso no es, a mi juicio, un rasgo negativo: las novelas no siempre tienen que aportar información clara y objetiva sino estimular el cerebro del lector, favorecer la multiplicidad de interpretaciones, dar de comer a los exegetas. Perderse por las subordinadas infinitas de Marcel Proust o por el hermetismo de James Joyce puede aportar desafíos cognitivos interesantes.

Pero la cosa se pone fea cuando nos enfrentamos a un texto de no ficción: un artículo, un ensayo o una mera opinión taquigráfica por Twiter o Facebook. Es entonces cuando me pongo verdaderamente enfermo. Es algo glandular, instintivo, pauloviano: el que profiere la opinión en términos literarios pomposos o poéticos pierde para mí todo su crédito intelectual. Automático.

Pudiera parecer mi reacción análoga a las de los ex fumadores con los fumadores: acostumbran a ser más agresivos e intolerantes con el humo que los no fumadores de toda la vida. Yo, de natural denso en mi vertiente de ficción, podría entonces cargar demasiado las tintas contra la densidad en la no ficción. Pero no es así. Que yo sea un rompecabezas literario es sólo anecdótico. Porque yo no soy peligroso, los peligrosos son los otros.

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La literatura no es sólo un pasatiempo

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A veces, cuando encadeno la lectura de un ensayo detrás de otro, tengo la tentación de pensar, oh sacrilegio, que la literatura, el consumo de ficción, es sólo un pasatiempo. Como resolver sudokus. Como contarte chismes con un amigo. Como imaginarse viviendo otras vidas. Como echarse una siesta y tener un sueño muy vívido, quizá impregnado de las tonalidades fosforescentes de una visión de psilobicina.

Entonces debo agarrar alguna de mis novelas de cabecera, leer unas cuántas páginas y revivir de nuevo la sensación olvidada. La que demuestra que la literatura no es un pasatiempo. O, al menos, que no sólo es un pasatiempo. Es algo más, o puede ser algo más, aunque no en todos los casos, claro.

Es evidente que un ensayo de 500 páginas sobre un tema específico será en general más fructífero para el lector que una novela, aunque sea por la cantidad de información recibida y la arquitectura ordenada en la que es recibida. Pero ello ocurrirá si antes no definimos qué significa fructífero. Obtendrá más información, cierto. Podrá alcanzar cotas más profundas de análisis, también cierto. Pero fructífero puede tener otros muchos significados.

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