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Las peores erratas de la historie

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ilustracion_1_1_2.jpgCuando escribimos, todos podemos tropezar en la errata. Incluso si somos extremadamente pulcros, incluso si revisamos nuestro texto una y otra vez, incluso si pasamos el corrector del Word, hay erratas que permanecen, recalcitrantes, inasequibles al desaliento, impermeables al escrutinio. Incluso el título de este artículo contiene una errata (deliberada, bueno) que puede haber pasado desapercibida para muchos.

Pero las erratas, sobre todo, pasan desapercibidas para uno mismo. Nuestra mente, habituada a leer lo que ya hemos escrito, desarrolla una suerte de ceguera selectiva al error. Como el que, por rutina, se acaba acostumbrando a la nariz aguileña o la mancha de nacimiento del amante. Como el que deja de ser consciente de lo charlatán que es.

Con todo, hay erratas y erratas. E incluso, en ocasiones, se concentran tal cantidad de erratas que uno se pregunta entonces si el escritor y el editor son algo así como amantes de lo feo y lo incorrecto. Es el caso de la edición del 15 de marzo de 1978 del periódico de The Times, que ostenta el récord de mayor cantidad de erratas. Nada menos que 78. El artículo empezaba así (permitiéndonos cierta licencia al traducir):

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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (y IV)

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Como os decía en la anterior entrega de esta serie de artículos acerca de las limitaciones del lenguaje como forma de alimentar la literatura, la imprecisión del lenguaje también puede favorecer las elucubraciones filosóficas.

Por ejemplo, la palabra “montón”, como precursora del juego de ingenio filosófico llamado paradoja sorites:

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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (III)

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Presumiblemente, un idioma, para ser perfecto, tendría que reunir una serie de características que no reúne ningún idioma del mundo:

-No ser ambiguo (salvo, quizá, cuando el hablante pretende ser ambiguo a propósito).

-Ser sistemático (en lugar de idiosincrásico).

-Ser estable (de manera que, por ejemplo, los abuelos fueran capaces de comunicarse sin fisuras con los nietos).

-No redundante (para no perder tiempo ni energía)

-Y capaz de expresar todos y cada uno de nuestros pensamientos.

Un idioma perfecto sería algo como lo que describió el filósofo Bertrand Rusell:

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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (II)

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Decía el lingüista Geoff Pullum sobre la lengua inglesa:

La lengua inglesa es, en muchos sentidos, una obra maestra fallida de la evolución, llena de asperezas, descuidos absurdos de diseño, contornos sin desbastar, lagunas tontas e irregularidades malévolas y perversas.

El psicolingüista Fernanda Ferreira creía que el lenguaje “cumple el expediente”, pero no es perfecto.

Nuestros cerebros, además, son muy torpes a la hora de componer frases y también a la hora de leerlas. Intentad, por ejemplo, responder a esta pregunta: ¿A cuántos animales llevó Moisés al arca? El lector lee las palabras “animales” y “arca” y no advierte que la pregunta hace referencia a Moisés y no a Noé.

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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (I)

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No es la primera vez que desde esta palestra he hecho apología de la claridad expositiva sobre la pedantería, como en Para los que escriben rarito: la pedantería en la no ficción (I) y (y II).

Sin embargo, por mucho que intentemos ser perspicuos (si se me permite la pedantería), el lenguaje no está diseñado para serlo. La claridad expositiva, pues, es un fin inalcanzable, una entelequia.

Si el lenguaje hubiera sido diseñado por un ingeniero tal y como se diseñan los lenguajes informáticos, entonces los intérpretes no tendrían trabajo, y las academias de idiomas serían lugares de paso, sin la necesidad de comprometerse a pagar una cuota de por vida.

Las palabras mantendrían relaciones semánticas entre sí, y los fonemas se pronunciarían de forma consistente. No habría lugar para la ambigüedad, ni las irregularidades sin sentido. Cuando alguien dijera que tiene un disco de Madonna, sabríamos si se refiere a que posee un disco grabado por Madonna o si posee un disco de cualquier otro intérprete que pertenecía a Madonna, por ejemplo. Si el lenguaje no fuera como es, la gente diría lo que quiere decir, y lo dicho significaría exactamente, punto por punto, lo que se pretendía.

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Faltas de ortografía que en realidad no lo son

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Los buenos lectores las detectan a la legua, como si fueran máculas en la nieve virgen. Los buenos escritores son incapaces de reproducirlas, como si fueran secuencias erróneas del genoma humano capaces de concebir monstruos deformes.

Pero lo cierto es que algunas faltas de ortografía son tan esquivas que hasta el más avezado lector y el más experimentado escritor puede interpretarlas como errores cuando en realidad sólo son lagunas de nuestro conocimiento.

Ahí va una pequeña lista de faltas ortográficas que no lo son en las que muchos de nosotros caeríamos sin remedio:

Bacante: a todos nos saltan las alarmas, ¿no se escribe con V? Depende. Si queremos expresar desocupado, sí, es vacante, pero se escribe con B cuando nos referimos a la mujer que celebraba las fiestas bacanales.

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