Cuando escribimos, todos podemos tropezar en la errata. Incluso si somos extremadamente pulcros, incluso si revisamos nuestro texto una y otra vez, incluso si pasamos el corrector del Word, hay erratas que permanecen, recalcitrantes, inasequibles al desaliento, impermeables al escrutinio. Incluso el título de este artículo contiene una errata (deliberada, bueno) que puede haber pasado desapercibida para muchos.
Pero las erratas, sobre todo, pasan desapercibidas para uno mismo. Nuestra mente, habituada a leer lo que ya hemos escrito, desarrolla una suerte de ceguera selectiva al error. Como el que, por rutina, se acaba acostumbrando a la nariz aguileña o la mancha de nacimiento del amante. Como el que deja de ser consciente de lo charlatán que es.
Con todo, hay erratas y erratas. E incluso, en ocasiones, se concentran tal cantidad de erratas que uno se pregunta entonces si el escritor y el editor son algo así como amantes de lo feo y lo incorrecto. Es el caso de la edición del 15 de marzo de 1978 del periódico de The Times, que ostenta el récord de mayor cantidad de erratas. Nada menos que 78. El artículo empezaba así (permitiéndonos cierta licencia al traducir):

Como os decía en la anterior entrega de esta serie de artículos acerca de las limitaciones del lenguaje como forma de alimentar la literatura, la imprecisión del lenguaje también puede favorecer las elucubraciones filosóficas.
Presumiblemente, un idioma, para ser perfecto, tendría que reunir una serie de características que no reúne ningún idioma del mundo:
Decía el lingüista Geoff Pullum sobre la lengua inglesa:
No es la primera vez que desde esta palestra he hecho apología de la claridad expositiva sobre la pedantería, como en
Los buenos lectores las detectan a la legua, como si fueran máculas en la nieve virgen. Los buenos escritores son incapaces de reproducirlas, como si fueran secuencias erróneas del genoma humano capaces de concebir monstruos deformes. 