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Umberto Eco desvela sus secretos en 'Confesiones de un joven novelista'

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confesiones joven novelista

Debo reconocer que mi admiración por Umberto Eco ha caído varios puntos tras saber que iba a escribir una versión light de El nombre de la rosa. Aún así, el que tuvo retuvo, y su nuevo libro publicado en nuestro país, Confesiones de un joven novelista, me llama muchísimo la atención, porque yo soy así de fácil. Lo publica Lumen, en una bonita edición en tapa dura con sobrecubierta, y su precio es 17,90 euros. A cambio tendrás la posibilidad de zambullirte en la mente de un escritor, algo que no es posible hacer todos los días.

Aunque Eco está ya a punto de cumplir los ochenta años, su andanza como novelista comenzó en 1980, cuando publicó la célebre El nombre de la rosa. Eco ya tenía una ganada reputación como ensayista, pero la fama mundial le llegaría con una novela que mezclaba sabiamente historia y suspense, una fórmula que creó escuela. Así, en ‘Confesiones de un joven novelista’, Eco nos acerca a los misterios insondables del oficio de escritor: la creación de los personajes, su obsesión por los pequeños detalles, las tramas en las que mezcla realidad y ficción… Un pequeño agujero por el que espiar a uno de los autores más carismáticos de los últimos años, y todo con mucho humor, que eso se le da muy bien.

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Si puedes evitar comerte una chuchería, es posible que tengas mejores aptitudes para ser un gran novelista

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caramelo-nino.jpgUna de las imágenes que más daño han hecho a la profesión de novelista es aquella en la que aparece un tipo bohemio dándole a una Underwood como quien pica piedra. Clas-clas-clas. Como si la literatura fluyera por sus dedos con nervio, empuje e inspiración divina. La idea que subyace a este estereotipo es: el arte surge del interior, lo tienes o no lo tienes; la transpiración es para los obreros.

Y sí, hay inspiración, y también momentos en los que los dedos bailan solos. Pero en la mayor parte del proceso subyace la transpiración, la corrección y la disciplina. Hay autores que pueden pasarse horas sólo para cambiar el punto de una frase. Generalmente, un autor honesto admitirá que invierte más tiempo en corregir su texto que en escribirlo a vuelapluma. Escribir, muchas veces, es como practicar neurocirugía, no como tocar las maracas.

Así pues, hay dos pilares básicos en los que se sustenta la buena literatura: el esfuerzo y la disciplina.

Vayamos primero al esfuerzo. Carol Dweck, psicóloga de Stanford, ha dedicado años a demostrar que uno de los elementos fundamentales de la educación satisfactoria es la capacidad de aprender de los errores. Sin embargo, acostumbramos a enseñar justo lo contrario. Si un niño comete errores, es que no es muy listo. El listo no comete errores, y además le elogiamos precisamente por ello, por ser listo. Pocas personas son las que elogian a los demás por su esfuerzo, y no por su capacidad innata.

La imagen estereotipada del escritor, pues, contribuye justamente a ese tipo de elogios. Se elogia al escritor inspirado, loco, borracho de palabras, pero raramente al artesano, al que lee diccionarios para adquirir vocabulario, al que corrige durante años un manuscrito, a lápiz, minuciosamente, como un ingeniero trajinando en un circuito impreso.

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Os voy a dar 3 consejos para ser escritor... aunque el relleno pueda estar caliente cuando se caliente

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Que existen recetas infalibles para convertirse en escritor es una leyenda urbana a la altura de que en las cloacas de Nueva York viven caimanes gigantes, que la llegada a la Luna es un camelo y fue filmada en un estudio de Hollywood o que el número de estrellas que hay dentro de la “P” del título de la portada de la revista Playboy indica las veces que Hugh Hefner ha tenido relaciones con la muchacha del desplegable.

Bueno, vale, no voy a ser tan injusto. No es como creer una cosa para idiotas. Creer que existen recetas infalibles para ser escritor es como repetir perogrulladas como la que figura en la caja de Pop-Tarts de Kellog´s, que dice: “cuidado: el relleno puede estar caliente cuando se calienta”. Llamativas bengalas que no dicen nada que no sepamos (aunque lo digan de otra forma muy distinta): como que en las pepitas de manzana hay cantidades perceptibles de cianuro, un compuesto de conocida toxicidad para los humanos. O que cualquier cosa que nos rodea atrae a todos los cuerpos del universo con una fuerza igual al producto de sus masas dividido por el cuadrado de sus distancias.

Acongoja, pero en realidad no aporta nada que no sepamos ya.

Sin embargo, de vez en cuando recibo correos de lectores que me preguntan acerca de la receta para convertirse en escritor. O sencillamente me envían algún escrito suyo con la intención de que lo someta a mi escrutinio. Es entonces cuando me veo entre la espada y la pared.

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¿Cómo cambia tu cerebro cuando lees o escribes?

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bc522_aprenderaleer.jpgTodos tenemos la intuición de que, al leer un libro, salimos un poco cambiados de la experiencia. Más sabios (o más resabiados), con mayor perspectiva, más empáticos, con mayor ojo crítico, más soñadores, con mayores ansias por conocer, más viajados, con más amigos, menos solos, en definitiva. Algo parecido sucede con la escritura, aunque de un modo ligeramente distinto.

Pero tener la intuición, creer, sospechar, sentir… no es lo mismo que saber. Para saber si realmente la lectura o la escritura nos cambia, deberíamos detectar cambios físicos medibles en nosotros. Y como nosotros, el Yo, estamos contenidos en nuestros cerebros, habría que buscar esos cambios en los cerebros de los lectores.

Y la verdad es que las pruebas neurológicas al respecto son abrumadoras. Aunque, en apariencia, un lector tiene la misma pinta que un no lector, incluso que un analfabeto, se podría decir que un lector es, respecto a una persona que nunca ha aprendido a leer, una criatura perteneciente a otra especie.

No sólo hay diferencias estructurales en el cerebro, sino que los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera, tal y como señala la psicóloga mexicana Feggy Ostrosky-Solís:

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Leer es antinatural

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Sí, aunque suene contraintuitivo es así. Leer es antinatural. Sin embargo, nos puede parecer una afirmación extravagante si todavía arrastramos en nuestro bagaje cultural la idea de que lo natural es lo bueno y lo artificial es lo malo. Que lo bueno es lo que la naturaleza nos entrega espontáneamente y que lo malo es todo lo creado por el ser humano, todo lo manipulado, modificado o sobrealimentado.

Por ejemplo, la gente pierde horas de su tiempo discutiendo la legitimidad de la homosexualidad en base a si es natural o en antinatural.

Esta idea beatífica del mundo (la naturaleza es buena, el buen salvaje) se concentra en el ámbito de la alimentación en los llamados alimentos ecológicos. Pero se olvida con frecuencia que los vegetales (los comestibles, entre ellos) acumulan en su organismo sistemas y moléculas de defensa que directa o indirectamente son tóxicos para el organismo humano. Puede parecer una anécdota, pero una berenjena, por ejemplo, contiene casi tanta nicotina como un cigarrillo light. El tabaco, las setas venenosas o la cocaína se obtienen de forma natural y, evidentemente, todos sabemos que no representan un beneficio sobre la salud.

Lo mismo sucede con la lectura. Es antinatural, pero no por ello el adjetivo debe arrastrar connotaciones peyorativas. Precisamente leer es tan bueno porque es antinatural.

El estado natural del cerebro humano, así como el de la mayoría de los primates, tiende a la distracción. Basta con que aparezca cualquier estímulo interesante, y nuestro cerebro sentirás interés por él, olvidándose de lo que estaba haciendo. Sin embargo, leer un libro requiere de una capacidad de concentración intensa durante un largo periodo de tiempo.

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¿Qué trucos usan los escritores para llamar a la inspiración?

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musas.jpgLo de la inspiración tiene miga. Es cierto que, cuando te sientes arrebatado de inspiración, las palabras, las ideas, las historias parecen fluir por sí mismas, como si ya estuvieran escritas en algún sitio y tú sólo te limitaras a copiarlas, cual amanuense.

Pero en lo de la inspiración también hay mucho de camelo o de impostura. Siempre he creído que el artista que tiene a una musa a su lado, por ejemplo, la tiene más por placer estético (o por echar un casquete de vez en cuando) que por verdadera inspiración. Lo de las musas es una moda que se ha ido perpetuando pero es de todo punto absurda: como si un cirujano tuviera que tener a su lado a coach para hacer bien su trabajo.

La mejor inspiración es la transpiración: 8 horas sentado cada día frente a un escritorio y, hale, con los días, los meses o los años, obtendrás frutos que ni un ejército de musas podría recolectar.

Pero bueno, si nos ponemos un poco románticos, vale, mi truco para inspirarme es ducharme. En la ducha, bajo el agua, es cuando se me ocurren las mejores ideas. Como si la ducha fuera una cámara llena de ecos donde reverberan las ideas, o algo así.

Y los escritores también tienen sus propias técnicas. Vamos a descubrir algunas de ellas:

Hemingway, por ejemplo, escribía a lápiz, sobre papel de cebolla, y controlaba sus progresos anotando escrupulosamente el número de palabras que escribía a diario.

Goethe escribía de pie, con pluma, porque le desconcentraba el sonido del lápiz arañando el papel.

Robert Graves escribía en su casa de Mallorca, en una habitación donde todo estaba hecho a mano (exceptuando los interruptores de la luz). Decía que estar rodeado de cosas construidas de forma artesanal era importante para su actividad creativa.

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Si el arte no existe, puedes inventarlo

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Los días, los años, transcurrían inexorables, y José no cosechaba resultados satisfactorios a pesar de que el tiempo, aquel tirano instalado en su reloj de pulsera, le imprimía un vertiginoso ritmo de trabajo, cual tamtam de un barco de remos.

José escribía mucho. Descripciones, diálogos, metáforas, nombres de personajes, todo en gran abundancia y aderezado por una especie de trama mal hilvanada. Con todo, también asumía que tal vez lo que escribiera fueran palabras anémicas y textos apenas llamados por la inspiración del arte.

Porque en gran medida no escribía con el ánimo de plasmar historias de ficción sino que se limitaba a hacer la pose de escritor, tratando de imbuirse en la personalidad enigmática de un aventurero de las letras que se pierde en la madrugada, fumando en pipa, rodeado de silencio, con la cabeza levemente inclinada esperando la llegada de la inspiración, nimbado por una aureola de bohemia, con los ojos sagaces pero la mente perpetuamente enturbiada por el alcohol y la absenta, con la barba entrecana de veteranía, confinado en la luz de un flexo, creando una obra que conmovería al mundo.

La verdadera imagen que inspiraba en aquellos momentos no era ésa, ni mucho menos, más bien era la de un maniático y obsesivo clérigo amanuense encorvado sobre una actividad frenética de mera reproducción de textos. Porque José no tenía mundología ni experiencias vitales que comunicar. ¿Qué narrar entonces? ¿Sus manías? ¿Sus dificultades en clase? ¿Sus crisis de fe? ¿O debía ahondar en su imaginación?

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¿Cómo escribir una novela cuando hay ruido a tu alrededor?

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Escribir una novela precisa de silencio, concentración y soledad. Requisitos que son difíciles de reunir en una gran ciudad. Por ello hace años que vivo en las afueras, en una pequeña colina frente al mar.

En una gran ciudad, todo el mundo se confabula para interrumpir tu proceso creativo: el runrún de la calle, el tañido de las campanas de una iglesia cercana, el petardeo de las motocicletas de gran cilindrada, el ladrido de los perros, el murmullo gravitatorio de la luna, el rasgar de las hojas de los árboles, los crujidos del maderamen de la casa, la voces de subido diapasón del televisor del vecino. Tantos ruidos que, finalmente, uno ya sólo espera oír el fragor lejano de las bombas y las alarmas antiaéreas de una tercera guerra mundial.

Huérfano de dones artísticos genuinos, yo siempre he tratado de convocarlos con el sacrificio y la repetición, como hacen los fakires, que recurren a la monotonía de las sensaciones, como el sonido de un gong, las danzas o la austeridad, para alcanzar el estado de conciencia alterada idóneo. Pero, a pesar de mi abnegación, a pesar de mi disciplina, a pesar del tiempo que invertía hasta el desmayo, como un condenado a trabajos forzados, siempre arrastrando el sueño, desembarazándose de los placeres mundanos y de la vicisitud, acababa asumiendo que no me esforzaba lo suficiente.

Por eso detestaba el ruido del ambiente, casi maniáticamente, como le ocurría al científico Charles Babbage.

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Escribir para alcanzar la fama inmortal

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Escribir para que tus palabras queden cinceladas en mármol. Escribir para que te adulen. Escribir para alcanzar el reconocimiento que, en justicia, consideras que te mereces. Escribir para que las enciclopedias inmortalicen tu nombre, para cimentar tu crédito intelectual. Escribir para escamotear la angustia, la inseguridad y la desesperación, la del individuo aislado, arrancado del útero materno y lanzado a un mundo hostil.

Tanta grandilocuencia viene a cuento de que, en el fondo, en las fibras más íntimas de nuestro ser, escribimos, pintamos, cantamos para satisfacer un anhelo infinito de fama.

Por ello (entre otras razones biológicas que hoy no toca sacar a colación) existen las pirámides egipcias o Hamlet. Para elevar la propia vida individual, quebradiza y limitada, hasta el plano de lo indestructible.

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Memoriza un poema para que nadie te lo quite

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Reconozco que mi memoria es pésima. Apenas soy capaz de acordarme de algunos fragmentos de canciones (y me encanta la música), me olvido con frecuencia de los nombres de las personas que me presentan o de los días señalados en el calendario. Cuando debía memorizar un temario para un examen académico, os lo garantizo, me costaba mucho más tiempo y esfuerzo que a vosotros.

Tirar, en definitiva, de mis remembranzas es como hacerlo de un hilo de Ariadna enredado.

De hecho, apenas soy capaz de enumerar un puñado de reglas gramaticales: si he conseguido escribir sin apenas faltas de ortografía ha sido a base de prueba y error, prueba y error, prueba y error. Lo sé, casi soy la antítesis de Funes el memorioso.

Actualmente, la memorización de textos en el ámbito escolar ha perdido mucho sentido. ¿Para qué memorizar lo que aparece a golpe de Google? Así pues, cada vez más, se premia el razonamiento o la composición frente a la pura enumeración o repetición de loro. Y eso está bien (no sólo por lo que a mi disminuido cerebro respecta): razonar es más importante que memorizar.

Pero ¿memorizar no tiene ningún valor?

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