Debo reconocer que mi admiración por Umberto Eco ha caído varios puntos tras saber que iba a escribir una versión light de El nombre de la rosa. Aún así, el que tuvo retuvo, y su nuevo libro publicado en nuestro país, Confesiones de un joven novelista, me llama muchísimo la atención, porque yo soy así de fácil. Lo publica Lumen, en una bonita edición en tapa dura con sobrecubierta, y su precio es 17,90 euros. A cambio tendrás la posibilidad de zambullirte en la mente de un escritor, algo que no es posible hacer todos los días.
Aunque Eco está ya a punto de cumplir los ochenta años, su andanza como novelista comenzó en 1980, cuando publicó la célebre El nombre de la rosa. Eco ya tenía una ganada reputación como ensayista, pero la fama mundial le llegaría con una novela que mezclaba sabiamente historia y suspense, una fórmula que creó escuela. Así, en ‘Confesiones de un joven novelista’, Eco nos acerca a los misterios insondables del oficio de escritor: la creación de los personajes, su obsesión por los pequeños detalles, las tramas en las que mezcla realidad y ficción… Un pequeño agujero por el que espiar a uno de los autores más carismáticos de los últimos años, y todo con mucho humor, que eso se le da muy bien.

Una de las imágenes que más daño han hecho a la profesión de novelista es aquella en la que aparece un tipo bohemio dándole a una Underwood como quien pica piedra. Clas-clas-clas. Como si la literatura fluyera por sus dedos con nervio, empuje e inspiración divina. La idea que subyace a este estereotipo es: el arte surge del interior, lo tienes o no lo tienes; la transpiración es para los obreros.
Que existen recetas infalibles para convertirse en escritor es una leyenda urbana a la altura de que en las cloacas de Nueva York viven caimanes gigantes, que la llegada a la Luna es un camelo y fue filmada en un estudio de Hollywood o que el número de estrellas que hay dentro de la “P” del título de la portada de la revista Playboy indica las veces que Hugh Hefner ha tenido relaciones con la muchacha del desplegable.
Todos tenemos la intuición de que, al leer un libro, salimos un poco cambiados de la experiencia. Más sabios (o más resabiados), con mayor perspectiva, más empáticos, con mayor ojo crítico, más soñadores, con mayores ansias por conocer, más viajados, con más amigos, menos solos, en definitiva. Algo parecido sucede con la escritura, aunque de un modo ligeramente distinto.
Sí, aunque suene contraintuitivo es así. Leer es antinatural. Sin embargo, nos puede parecer una afirmación extravagante si todavía arrastramos en nuestro bagaje cultural la idea de que lo natural es lo bueno y lo artificial es lo malo. Que lo bueno es lo que la naturaleza nos entrega espontáneamente y que lo malo es todo lo creado por el ser humano, todo lo manipulado, modificado o sobrealimentado.
Lo de la inspiración tiene miga. Es cierto que, cuando te sientes arrebatado de inspiración, las palabras, las ideas, las historias parecen fluir por sí mismas, como si ya estuvieran escritas en algún sitio y tú sólo te limitaras a copiarlas, cual amanuense.
Los días, los años, transcurrían inexorables, y José no cosechaba resultados satisfactorios a pesar de que el tiempo, aquel tirano instalado en su reloj de pulsera, le imprimía un vertiginoso ritmo de trabajo, cual tamtam de un barco de remos.
Escribir una novela precisa de silencio, concentración y soledad. Requisitos que son difíciles de reunir en una gran ciudad. Por ello hace años que vivo en las afueras, en una pequeña colina frente al mar.
Escribir para que tus palabras queden cinceladas en mármol. Escribir para que te adulen. Escribir para alcanzar el reconocimiento que, en justicia, consideras que te mereces. Escribir para que las enciclopedias inmortalicen tu nombre, para cimentar tu crédito intelectual. Escribir para escamotear la angustia, la inseguridad y la desesperación, la del individuo aislado, arrancado del útero materno y lanzado a un mundo hostil.
Reconozco que mi memoria es pésima. Apenas soy capaz de acordarme de algunos fragmentos de canciones (y me encanta la música), me olvido con frecuencia de los nombres de las personas que me presentan o de los días señalados en el calendario. Cuando debía memorizar un temario para un examen académico, os lo garantizo, me costaba mucho más tiempo y esfuerzo que a vosotros.