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'¿Cómo aprendemos a leer?' de Maryanne Wolf

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Estamos ante un rara avis: una obra que despliega prolijos conocimientos tanto literarios como científicos. De hecho, Cómo aprendemos a leer, de la profesora de desarrollo infantil de la Tufts University Maryanne Wolf, pretende conducirnos con una mezcla de magia y rigor por todos los misterios de la lectura desde un punto de vista eminentemente neurocientífico.

Es decir, Cómo aprendemos a leer ahonda en la cultura más humanística a través de la cultura más científica. Como debe ser.

Y es que, a pesar de que la lectura ha revolucionado la cultura de nuestra especie, la aptitud de nuestro cerebro para aprender a leer no viene de serie, no es un producto de la selección natural. Lo que hace nuestro cerebro para aprender a leer, una actividad de todo punto antinatural, es establecer nuevas conexiones entre estructuras y circuitos dedicados originalmente a otros procesos cerebrales más básicos, como la visión y el habla.

La arquitectura abierta es el término que emplean los informáticos para referirse a un sistema lo bastante versátil para cambiar o reorganizarse a fin de adaptarse a las demandas variables que recibe. Pues bien, dentro de los límites de la herencia genética, nuestro cerebro es un ejemplo de arquitectura abierta. Y gracias a ello, hemos conseguido aprender a leer, mejorando lo que la naturaleza nos proporcionó en primera instancia.

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La literatura no es sólo un pasatiempo

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A veces, cuando encadeno la lectura de un ensayo detrás de otro, tengo la tentación de pensar, oh sacrilegio, que la literatura, el consumo de ficción, es sólo un pasatiempo. Como resolver sudokus. Como contarte chismes con un amigo. Como imaginarse viviendo otras vidas. Como echarse una siesta y tener un sueño muy vívido, quizá impregnado de las tonalidades fosforescentes de una visión de psilobicina.

Entonces debo agarrar alguna de mis novelas de cabecera, leer unas cuántas páginas y revivir de nuevo la sensación olvidada. La que demuestra que la literatura no es un pasatiempo. O, al menos, que no sólo es un pasatiempo. Es algo más, o puede ser algo más, aunque no en todos los casos, claro.

Es evidente que un ensayo de 500 páginas sobre un tema específico será en general más fructífero para el lector que una novela, aunque sea por la cantidad de información recibida y la arquitectura ordenada en la que es recibida. Pero ello ocurrirá si antes no definimos qué significa fructífero. Obtendrá más información, cierto. Podrá alcanzar cotas más profundas de análisis, también cierto. Pero fructífero puede tener otros muchos significados.

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El toque romántico de escribir con pluma

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En tiempos de literatura 2.0, hipertexto, teclados ergonómicos, pantallas táctiles, software de reconocimiento de voz y hasta aplicaciones que imitan el ruido y la sobriedad de una máquina de escribir antigua, quizá vale la pena regodearnos un poco en el valor emocional, romántico y hasta fetichista de escribir a la antigua usanza, no ya sólo agarrando un boli o lápiz, sino incluso una aristocrática pluma estilográfica.

Hay personas que, enarbolando su pluma sobre el cuaderno, jamás quedan a merced de los caprichos de la inseguridad y de la ausencia de resolución, congraciándose en su soledad laboriosa, ordenada, sin altibajos. Porque a veces el hábito también hace al monje. Y una buena pluma permite conectar mejor con la aureola mágica de la literatura.

Y entonces te aficionas a la suavidad del trazo y al delicado control del grosor de la línea. Y entonces quieres escribir como si dibujaras, como si practicases con el cuaderno de caligrafía del colegio, hasta que tu escritura occidental se parece más a la oriental, a esos ideogramas estampados con la técnica tradicional que contienen variaciones sutiles con significados subjetivos o estéticos, como describía el sicólogo Simon Leys:

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Escribir en 'modo zombi' para que los zombis te lean (y II)

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Escribir algo digerible por la mayoría no está mal. Pero siempre recuerda que lo estás haciendo para la mayoría, que no se te vaya la olla en este punto. Y, sobre todo, intenta tener las espaldas anchas para que algunos, con razón, te digan que sólo escribes papilla digerible para estómagos infantiles. Si esto queda claro y asumido por ti, pues adelante, que ancha es Castilla. Tú allí y yo aquí, que se dice.

Pero si no es así, escritorzuelo, tienes un problema.

En el mundo cinematográfico el asunto quizás se perciba con mayor claridad. Una peli cara requiere de una buena taquilla para recuperar el dinero invertido. Ello provoca un curioso fenómeno: cuantos más efectos especiales tenga una peli, más idiota y plana será. Por eso la ciencia ficción y la fantasía, a grandes rasgos, está quizá tan desprestigiada en el mundo cinematográfico. Por eso películas que se pretenden “filosóficas y profundas” como Dark Knight o Watchmen queden como digests o versiones sin mordiente de obras que fuera de la ciencia ficción y la fantasía ya han ido muchísimo más lejos, en todos los sentidos. (Como es cuestión de dinero, hay obras literarias de ciencia ficción que sí profundizan más que muchas obras generalistas, porque están dirigidas a minorías y la inversión económicas para sacarlas al mercado es mínima: Ciudad permutación sería un buen ejemplo, porque a ver quién es el listo que la lee sin haberse empollado antes unos cuantos años informática avanzada).

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Escribir en 'modo zombi' para que los zombis te lean (I)

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Para algunos, el acto de escribir es algo así como poner el piloto automático y dejar manchas de tinta en el papel, cual impresora matricial. Para redactar prospectos de medicamentos o instrucciones de neveras alemanas lo veo estupendo. Sin embargo, cuando nuestro objetivo no es sólo comunicar sino suscitar determinadas emociones y pensamientos en el lector, la escritura automática debería ser anatema.

Si uno no es capaz de poner sus tripas sobre la mesa, mojar la pluma en ellas y escribir con su propia sangre, entonces mejor que lo deje. A veces hay que curtir el vozarrón bebiendo ginebra a morro, no queda otra. Pero si uno prefiere seguir adelante como una princesa inmaculada, que luego no proteste si un crítico sabelotodo le dice que su libro parece haber sido escrito con formol o que se venderá mucho entre las almas ibéricas que persiguen lo inteligible, lo maniqueo y lo facilón.

Si lo que se busca es que a uno le lea mucha gente de diferentes estratos sociales y con distintos niveles culturales, el padre, el hijo y el Espíritu Santo, si uno busca figurar entre los más vendidos, entonces que se olvide de tripas y fuerzas incontrolables surgidas de sus entrañas. Que siga las reglas, los cánones, lo políticamente correcto y, en todo momento, que siempre se la coja con papel de fumar. Como un buen político.

O que siga el ejemplo de Pocholo, que sólo haciendo el aeroplano y buscando incasablemente su mochila perdida triunfa entre mayores y pequeños. Es la única forma de que la mayoría, esa masa estólida llamada humanidad, apoquine.

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Aunque no seas ni quieras ser escritor, por favor: aprende a escribir (I)

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Parece que aquéllos que no quieren hacer de la escritura su profesión estén exentos no sólo de evitar las faltas de ortografía más elementales, sino incluso de mostrar unos mínimos de claridad y coherencia en su expresión escrita.

Esto viene a cuento porque a veces recibo algunos correos o comentarios vía blog que, literalmente, no entiendo qué significan. Que uno tenga más o menos faltas ortográficas pudiera parecer poco importante, aunque en absoluto lo es: una única falta ortográfica puede llegar a cambiar por completo en sentido de una frase. Pero que, encima, uno no sepa expresar sus ideas con un mínimo de claridad y orden, deja de manifiesto que nuestro sistema educativo padece graves deficiencias.

Entiendo que escribir es difícil, e incluso antinatural. Estamos acostumbrados a pronunciar las palabras casi a continuación de que se nos ocurran en la cabeza. Estamos acostumbrados a divagar, a caer en nudos gordianos, en contradicciones, en titubeos, en continuas matizaciones… siempre apoyados por el elocuente lenguaje no verbal. Nos encanta hablar aunque no digamos nada, porque hablar tiene más de concordia social que de comunicación real.

Por tanto, muchos abordan la expresión escrita con el mismo espíritu cutre e improvisador. Cuando al escribir podríamos ser mejor de lo que somos, pues no, decidimos muchos seguir siendo iguales, echando a perder las fabulosas capacidades que tiene la palabra escrita, meditada, corregida, verificada y supervisada.

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¿Cuál es la mejor receta para convertirse en escritor?

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A menudo me preguntan cómo lo hago. Cómo escribo. Dónde he aprendido el secreto. De dónde saco las ideas.

Esta curiosidad parece que deba ser saciada de la misma forma que un lego en informática decide aprender a usar el Photoshop: apuntándose a un cursillo de 30 horas para dominar los más íntimos secretos del software. Si el lego en informática hubiera dedicado una media hora a investigar a través de Internet, hubiese descubierto que entre videotutoriales, manuales para torpes, foros y demás recursos lo del cursillo, además de una monumental pérdida de tiempo, hubiera supuesto un despilfarro considerable de dinero.

La cosa se parece a apuntarse a un curso para usar el mando a distancia de la televisión, cuando es mucho más fácil probar y equivocarse, investigar por uno mismo, hacerse con el mando día a día. Más fácil pero también más difícil. Es más difícil porque primero hay que derribar un mito. El mito de que todo se aprende en las aulas, que existen trucos incontrovertibles, que hay recetas, que la sabiduría se puede encapsular y vender en dosis milimetradas. Cualquier cosa antes que emplear un poco el pensamiento lateral y la transpiración para obtener la sabiduría por nuestros propios medios, aprehendiéndola.

Pueden darse excepciones, pero hablo de la generalidad: todos somos un poco tullidos a la hora de buscar soluciones, preferimos que alguien nos las sirva en bandeja con un “¡conviértase en X en tres meses!”.

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