Estamos ante un rara avis: una obra que despliega prolijos conocimientos tanto literarios como científicos. De hecho, Cómo aprendemos a leer, de la profesora de desarrollo infantil de la Tufts University Maryanne Wolf, pretende conducirnos con una mezcla de magia y rigor por todos los misterios de la lectura desde un punto de vista eminentemente neurocientífico.
Es decir, Cómo aprendemos a leer ahonda en la cultura más humanística a través de la cultura más científica. Como debe ser.
Y es que, a pesar de que la lectura ha revolucionado la cultura de nuestra especie, la aptitud de nuestro cerebro para aprender a leer no viene de serie, no es un producto de la selección natural. Lo que hace nuestro cerebro para aprender a leer, una actividad de todo punto antinatural, es establecer nuevas conexiones entre estructuras y circuitos dedicados originalmente a otros procesos cerebrales más básicos, como la visión y el habla.
La arquitectura abierta es el término que emplean los informáticos para referirse a un sistema lo bastante versátil para cambiar o reorganizarse a fin de adaptarse a las demandas variables que recibe. Pues bien, dentro de los límites de la herencia genética, nuestro cerebro es un ejemplo de arquitectura abierta. Y gracias a ello, hemos conseguido aprender a leer, mejorando lo que la naturaleza nos proporcionó en primera instancia.

A veces, cuando encadeno la lectura de un ensayo detrás de otro, tengo la tentación de pensar, oh sacrilegio, que la literatura, el consumo de ficción, es sólo un pasatiempo. Como resolver sudokus. Como contarte chismes con un amigo. Como imaginarse viviendo otras vidas. Como echarse una siesta y tener un sueño muy vívido, quizá impregnado de las tonalidades fosforescentes de una visión de psilobicina.
En tiempos de literatura 2.0, hipertexto, teclados ergonómicos, pantallas táctiles, software de reconocimiento de voz y hasta aplicaciones que imitan el ruido y la sobriedad de una máquina de escribir antigua, quizá vale la pena regodearnos un poco en el valor emocional, romántico y hasta fetichista de escribir a la antigua usanza, no ya sólo agarrando un boli o lápiz, sino incluso una aristocrática pluma estilográfica.


A menudo me preguntan cómo lo hago. Cómo escribo. Dónde he aprendido el secreto. De dónde saco las ideas. 