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		<title>Magazine - escribir</title>
		<link>http://www.papelenblanco.com</link>
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Blog sobre literatura, críticas de libros, internet y letras.		</description>
		<pubDate>2012-02-13 07:03:48</pubDate>

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      <title><![CDATA[Umberto Eco desvela sus secretos en 'Confesiones de un joven novelista']]></title>
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      <pubDate>Sat, 17 Sep 2011 06:01:56 +0000</pubDate>

      <author>Sarah Manzano</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img id="image9589" class="centro" alt="confesiones joven novelista" src="http://img.papelenblanco.com/2011/09/confesiones-joven-novelista.JPG" /></p>

	<p>Debo reconocer que mi admiración por <strong>Umberto Eco</strong> ha caído varios puntos tras saber que <a href="http://www.papelenblanco.com/escritores/umberto-eco-reescribe-el-nombre-de-la-rosa-para-hacerla-mas-accesible">iba a escribir una versión light de El nombre de la rosa</a>. Aún así, el que tuvo retuvo, y su nuevo libro publicado en nuestro país, <strong>Confesiones de un joven novelista</strong>, me llama muchísimo la atención, porque yo soy así de fácil. Lo publica <strong>Lumen</strong>, en una bonita edición en tapa dura con sobrecubierta, y su precio es <strong>17,90 euros</strong>. A cambio tendrás la posibilidad de zambullirte en la mente de un escritor, algo que no es posible hacer todos los días. </p>

	<p>Aunque Eco está ya a punto de cumplir los ochenta años, su andanza como novelista comenzó en 1980, cuando publicó la célebre <strong>El nombre de la rosa</strong>. Eco ya tenía una ganada reputación como ensayista, pero la fama mundial le llegaría con una novela que mezclaba sabiamente historia y suspense, una fórmula que creó escuela. Así, en &#8216;Confesiones de un joven novelista&#8217;, Eco nos acerca a los misterios insondables del oficio de escritor: la <strong>creación de los personajes, su obsesión por los pequeños detalles, las tramas en las que mezcla realidad y ficción&#8230; </strong>Un pequeño agujero por el que espiar a uno de los autores más carismáticos de los últimos años, y todo con mucho humor, que eso se le da muy bien. </p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Eco nos confiesa aquí su gusto por la ambigüedad en sus escritos, como una manera de darle libertad al lector para que este siga su propio camino en la interpretación del texto. <strong>Inspiración y trabajo, talento y esfuerzo</strong>, esta y otras cuestiones repasará el conocido autor en un sutil juego de preguntas y respuestas que nos permitirá asistir de cerca a la génesis de una novela, con sus ritos y sus pesares. Interesantes confesiones de un autor que no tiene pudor ninguno en declararse <em>novelista aficionado</em>. </p>

	<p>Lo cierto es que me gustan este tipo de libros, me fascina colarme en las intimidades de la creación de una novela. ¿Cómo lo consiguen? <strong>¿No es extraño que algunos autores consigan atraparte desde el principio, que no seas capaz de soltar el libro ni para comer?</strong> ¿Es magia? ¿Vudú? Igual después de leer este libro descubro la receta secreta&#8230;</p>

	<p>Más información | <a href="http://www.megustaleer.com/ficha/H419422/confesiones-de-un-joven-novelista-umberto-eco-tapa-dura-con-sobrecubierta-1790">Ficha en Lumen</a><br />
En Papel en Blanco | <a href="http://www.papelenblanco.com/ensayo/nadie-acabara-con-los-libros-un-dialogo-entre-umberto-eco-y-jean-claude-carriere">&#8216;Nadie acabará con los libros&#8217;, un diálogo entre Umberto Eco y Jean-Claude Carriere </a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Si puedes evitar comerte una chuchería, es posible que tengas mejores aptitudes para ser un gran novelista]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/si-puedes-evitar-comerte-una-chucheria-es-posible-que-tengas-mejores-aptitudes-para-ser-un-gran-novelista</link>
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      <pubDate>Fri, 16 Sep 2011 14:30:54 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image9598" src="http://img.papelenblanco.com/2011/09/caramelo-nino.jpg" class="centro" alt="caramelo-nino.jpg" />Una de las imágenes que más daño han hecho a la profesión de novelista es aquella en la que aparece un tipo bohemio dándole a una Underwood como quien pica piedra. <em>Clas-clas-clas</em>. Como si la literatura fluyera por sus dedos con nervio, empuje e inspiración divina. La idea que subyace a este estereotipo es:<strong> el arte surge del interior, lo tienes o no lo tienes; la transpiración es para los obreros</strong>.</p>

	<p>Y sí, hay inspiración, y también momentos en los que los dedos bailan solos. Pero en la mayor parte del proceso <strong>subyace la transpiración, la corrección y la disciplina</strong>. Hay autores que pueden pasarse horas sólo para cambiar el punto de una frase. Generalmente, un autor honesto admitirá que invierte más tiempo en corregir su texto que en escribirlo a vuelapluma. Escribir, muchas veces, <strong>es como practicar neurocirugía, no como tocar las maracas</strong>.</p>

	<p>Así pues, hay dos pilares básicos en los que se sustenta la buena literatura: <strong>el esfuerzo y la disciplina</strong>. </p>

	<p>Vayamos primero al esfuerzo. <strong>Carol Dweck</strong>, psicóloga de Stanford, ha dedicado años a demostrar que uno de los elementos fundamentales de la educación satisfactoria es la capacidad de aprender de los errores. Sin embargo, acostumbramos a enseñar justo lo contrario. Si un niño comete errores, es que no es muy listo. El listo no comete errores, y además le elogiamos precisamente por ello, por ser listo. Pocas personas son las que elogian a los demás por su esfuerzo, y no por su capacidad innata.</p>

	<p><strong>La imagen estereotipada del escritor, pues, contribuye justamente a ese tipo de elogios</strong>. Se elogia al escritor inspirado, loco, borracho de palabras, pero raramente al artesano, al que lee diccionarios para adquirir vocabulario, al que corrige durante años un manuscrito, a lápiz, minuciosamente, como un ingeniero trajinando en un circuito impreso.<br />
<!--more--></p>

	<p>Esta clase de elogios, empero, <strong>son contraproducentes, tanto para un alumno como para un escritor</strong>. Dweck realizó un experimento con más de cuatrocientos niños de doce escuelas de Nueva York: les sometía a una prueba muy fácil consistente en un puzzle no verbal. Una vez terminado, el experimentador decía la nota al niño, seguida de una frase de elogio. La mitad de los niños eran elogiados por su inteligencia; la otra mitad, por su esfuerzo. </p>

	<p>A continuación, se les permitía escoger entre dos pruebas diferentes. La primera opción se describía como una serie de puzzles más difíciles, pero se decía a los niños que si lo intentaban, aprenderían mucho. La otra opción era un test fácil, parecido al que ya habían hecho.</p>

<blockquote>Al idear el experimento, Dweck había imaginado que las distintas formas de elogio tendrían un efecto más bien moderado. Al fin y al cabo, era sólo una frase. Sin embargo, pronto quedó claro que el tipo de cumplido que se hacía a los alumnos de quinto grado influía espectacularmente en su posterior elección de las pruebas. Del grupo de niños felicitados por su esfuerzo, el 99 % escogió el conjunto de puzles difíciles. Por su parte, la mayoría de los chicos elogiados por su inteligencia se decidieron por el test más fácil.</blockquote>

	<p>Cuando elogiamos la inteligencia de un niño, en realidad le estamos transmitiendo el mensaje: sé listo, no te arriesgues a cometer errores. Es lo peor que lo podemos decir a un escritor, <strong>so pena de estrangular su creatividad</strong>. </p>

	<p>Ahora vayamos a por la disciplina y el autocontrol. La imagen estereotipada de un escritor es la de un vividor, un juerguista, un alcohólico, un drogadicto, un aventurero, un mujeriego, un hombre visceral y henchido de emociones purulentas. Pero raramente pensamos en un escritor como alguien disciplinado y lleno de autocontrol. La buena literatura, no obstante, <strong>acostumbra a surgir de la disciplina y el autocontrol</strong> (y, vale, un puntito de locura).</p>

	<p>Por ejemplo, <strong>tu nivel de autocontrol también puede reflejar qué notas acabarás sacando en tu vida académica</strong>. Esto se vio reflejado en un curioso experimento con caramelos realizado en la década de 1970 por <strong>Walter Mischel</strong>, psicólogo de la Universidad de Stanford. Los participantes en el experimento eran niños de 4 años. </p>

	<p>La primera pregunta que les realizó a los niños es si querían comer un caramelo. <strong>La respuesta unánime fue afirmativa</strong>. A continuación, se les realizó una propuesta: podían comerse ahora el caramelo o, si estaban dispuestos a esperar unos minutos mientras el experimentador iba a hacer un recado, entonces podrían comerse dos caramelos en cuando el experimentador regresara. </p>

	<p>La mayoría de los niños decidieron esperar para obtener los dos caramelos. Pero no todos lo consiguieron. También había otro detalle en el experimento: los niños disponían de un timbre que, al hacerlo sonar, provocarían que el experimentador regresara antes de tiempo: <strong>entonces sólo comerían un caramelo, no dos</strong>. </p>

	<p>El cerebro emocional de los niños, entonces, se puso en funcionamiento, tal y como explica <strong>Jonah Lehrer</strong>:</p>

<blockquote>La mayoría de los niños de 4 años no pudieron resistir  la tentación dulce más de unos minutos. Varios de ellos se taparon los ojos con las manos para no ver los malvaviscos. Uno se puso a dar puntapiés a la mesa. Otro empezó a tirarse del pelo. Unos cuantos fueron capaces de esperar unos quince minutos, pero muchos no aguantaron ni siquiera uno. Hubo algunos que se comieron el malvavisco en cuanto Mischel se fue de la sala, sin tomarse si quiera la molestia de tocar el timbre.</blockquote>

	<p>Retrasar la gratificación instantánea por un bien mayor requiere de unas características mentales que no todo el mundo posee en igual grado. <strong>Así que vamos a fijarnos en el grupo de niños que al final se zampó los dos caramelos</strong>. </p>

<blockquote>Los que hacían sonar el timbre antes de haber transcurrido un minuto tenían muchas más probabilidades de presentar problemas conductuales más adelante. Sacaban peores notas y era más fácil que tomaran drogas. Pasaban apuros en situaciones estresantes y tenían mal genio. Sus puntuaciones del <span class="caps">SAT</span> eran, por término medio, 210 puntos inferiores a las de los niños que habían aguardado varios minutos antes de tocar el timbre. De hecho, en niños de 4 años, el test del malvavisco resultó ser un mejor pronosticador de los resultados del <span class="caps">SAT</span> que los test de coeficiente de inteligencia (CI).</blockquote>

	<p>Resulta que las destrezas cognitivas que permitían a esos niños burlar la tentación después también les permitía pasar más tiempo haciendo sus deberes. En ambas situaciones, se obligaba a la corteza prefrontal a hacer uso de su autoridad cortical e inhibir los impulsos que pudieran entorpecer la consecución del objetivo. De igual modo, la transpiración será más común en autores que posean disciplina y autocontrol. <strong>Y sin transpiración, no hay obra</strong>. Y si la hay, bueno, ya habéis visto que no es buena idea elogiarla demasiado.</p>

	<p>Malditos estereotipos&#8230; maldita Underwood.</p>

	<p>Vía | <em>Cómo decidimos</em> de Jonah Leherer</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Os voy a dar 3 consejos para ser escritor... aunque el relleno pueda estar caliente cuando se caliente]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/animacion-a-la-lectura/os-voy-a-dar-3-consejos-para-ser-escritor-aunque-el-relleno-pueda-estar-caliente-cuando-se-caliente</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/animacion-a-la-lectura/os-voy-a-dar-3-consejos-para-ser-escritor-aunque-el-relleno-pueda-estar-caliente-cuando-se-caliente</guid>
      <pubDate>Thu, 08 Sep 2011 18:14:51 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2011/09/250px-fuellfederhalter.jpg" alt="" />Que <strong>existen recetas infalibles para convertirse en escritor</strong> es una leyenda urbana a la altura de que en las cloacas de Nueva York viven caimanes gigantes, que la llegada a la Luna es un camelo y fue filmada en un estudio de Hollywood o que el número de estrellas que hay dentro de la “P” del título de la portada de la revista <em>Playboy</em> indica las veces que <strong>Hugh Hefner</strong> ha tenido relaciones con la muchacha del desplegable. </p>

	<p>Bueno, vale, no voy a ser tan injusto. No es como creer una cosa para idiotas. Creer que existen recetas infalibles para ser escritor <strong>es como repetir perogrulladas</strong> como la que figura en la caja de <em>Pop-Tarts</em> de Kellog´s, que dice: “<em>cuidado: el relleno puede estar caliente cuando se calienta</em>”. Llamativas bengalas que no dicen nada que no sepamos (aunque lo digan de otra forma muy distinta): como que en las pepitas de manzana hay cantidades perceptibles de cianuro, un compuesto de conocida toxicidad para los humanos. O que cualquier cosa que nos rodea atrae a todos los cuerpos del universo con una fuerza igual al producto de sus masas dividido por el cuadrado de sus distancias.</p>

	<p>Acongoja, pero en realidad no aporta nada que no sepamos ya. </p>

	<p>Sin embargo, de vez en cuando recibo correos de lectores que me preguntan acerca de <strong>la receta para convertirse en escritor</strong>. O sencillamente me envían algún escrito suyo con la intención de que lo someta a mi escrutinio. Es entonces cuando me veo entre la espada y la pared.</p>

	<p><!--more--> </p>

	<p>Yo no soy quién para enseñar a escribir al personal porque me falta largo trecho en esto de dominar la tecla. Y, como he dicho, no creo que haya recetas ni consejos universales. Sin embargo, soy de natural cortés con la gente que se toma la molestia en contactar conmigo, y como lo de despachar el correo con un simple “mira, tío, no sé”, queda un poco como si quisiera escurrir el bulto, <strong>he llegado a establecer tres puntos básicos que considero</strong>, si no universales, que son bastante importantes a la hora de ponerse a trajinar con la pluma (o la tecla).</p>

	<p>-<strong>Lo principal son las faltas de ortografía</strong>. Es fundamental ser muy pulcro en ese aspecto porque puede estropear el juicio que un editor se haga sobre ti: un texto con demasiadas faltas de ortografía es sinónimo de que no se ha trabajado, no se ha corregido lo suficiente. Y muy poca gente es capaz de escribir espontáneamente de tal forma que apenas se necesite corregir nada. Así que intentad enmendar las faltas de vuestros textos, incluso las tipográficas, y ganaréis muchos puntos. Sobre todo intentad mejorar la puntuación: poner comas o puntos y comas es todo un arte. Y creo que solo en 10 % de la población escolarizada es capaz de hacerlo con solvencia.</p>

	<p>-<strong>No menos importante es la musicalidad</strong>. Generalmente, la prosa de alguien que está empezando es muy mecánica o incurre en algunas cacofonías o repeticiones de palabras que entorpecen la lectura. Ser musical es muy difícil, saber engarzar bien las ideas y los sonidos requiere de mucha práctica y de la lectura atenta de los que saben hacerlo de forma magistral. En ese sentido, os recomiendo que leáis y releáis mil veces las obras de <strong>Luis Landero, Felipe Benítez Reyes, David Foster Wallace, Javier Calvo, Chuck Palahniuk</strong>... todos ellos tienen una musicalidad (cada uno en su estilo) envidiable.</p>

	<p>-<strong>El último asunto son los temas de los que traten vuestras narraciones</strong>. Personalmente me gustan los cuentos que me descolocan, que me hacen sentir y vibrar, los que me obligan a reflexionar. Pero bueno, hay cuentos para todos. A veces una simple anécdota ya es un cuento. Pero lo que considero importante es que, aunque expliquéis cosas anodinas o cotidianas, intentéis hacerlo como si fuera algo nuevo o especial. La habilidad de un buen narrador se mide precisamente por ese rasero: cuando consigue atraparte aunque te esté explicando cómo una mujer se enciende un cigarrillo. Las palabras e imágenes que escojáis en ese sentido tienen que ser especiales. Nunca os pleguéis a las convenciones. Intentad brillar con vuestro estilo. Y, sobre todo, practicad muchísimo. Cada día.</p>

	<p>No os desaniméis, no desistáis, y no tengáis miedo de picar en las puertas de las editoriales. Aunque también os advierto que éstas son bastante reacias con los narradores noveles, así que os sugiero que <strong>lo intentéis con más brío con los premios literarios</strong>: es una excelente manera de darse a conocer y de adquirir seguridad en uno mismo.</p>

	<p>Ah, y recordad… <strong>el relleno puede estar caliente cuando se calienta</strong>.</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Cómo cambia tu cerebro cuando lees o escribes?]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/como-cambia-tu-cerebro-cuando-lees-o-escribes</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/como-cambia-tu-cerebro-cuando-lees-o-escribes</guid>
      <pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:47:13 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image9310" src="http://img.papelenblanco.com/2011/07/bc522_aprenderaleer.jpg" class="centro" alt="bc522_aprenderaleer.jpg" />Todos tenemos la intuición de que, al leer un libro, <strong>salimos un poco cambiados de la experiencia</strong>. Más sabios (o más resabiados), con mayor perspectiva, más empáticos, con mayor ojo crítico, más soñadores, con mayores ansias por conocer, más viajados, con más amigos, menos solos, en definitiva. Algo parecido sucede con la escritura, aunque de un modo ligeramente distinto.</p>

	<p>Pero tener la intuición, creer, sospechar, sentir… no es lo mismo que saber. Para saber si realmente la lectura o la escritura nos cambia, deberíamos detectar cambios físicos medibles en nosotros. Y como nosotros, el Yo, estamos contenidos en nuestros cerebros, <strong>habría que buscar esos cambios en los cerebros de los lectores</strong>. </p>

	<p>Y la verdad es que las pruebas neurológicas al respecto son abrumadoras. Aunque, en apariencia, un lector tiene la misma pinta que un no lector, incluso que un analfabeto, se podría decir que un lector es, respecto a una persona que nunca ha aprendido a leer, <strong>una criatura perteneciente a otra especie</strong>. </p>

	<p>No sólo hay diferencias estructurales en el cerebro, sino que los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera, tal y como señala la psicóloga mexicana F<strong>eggy Ostrosky-Solís</strong>:</p>

	<p><!--more--></p>

<blockquote>Se ha demostrado que aprender a leer conforma poderosamente el sistema neuropsicológico del adulto.</blockquote>

	<p>Los cerebros de los lectores incluso difieren entre sí según qué lecturas tengan por bagaje. Y no sólo estoy hablando de leer Dostoievsky o Pablo Coelho, sino que <strong>influye incluso el idioma en el que leemos</strong>. </p>

	<p>Los lectores de inglés, por ejemplo, elaboran más las áreas del cerebro asociadas con <strong>descifrar las formas visuales</strong> que los lectores en lengua italiana. Según se cree, la diferencia radica en el hecho de que las palabras inglesas presentan con más frecuencia una forma que no hace evidente la pronunciación. ¿No habéis visto en las películas que a menudo las personas deben deletrear su nombre para que la otra persona sepa cómo se escribe? Por el contrario, las palabras italianas, así como las españolas, suelen escribirse exactamente como se pronuncian. </p>

	<p><img class="centro" id="image9311" src="http://img.papelenblanco.com/2011/07/leer08.jpg" class="centro" alt="leer08.jpg" />En su influyente estudio de 1982 <em>Oralidad y escritura</em>, <strong>Walter Ong</strong> mantiene una visión similar respecto a la escritura, y la lectura:</p>

<blockquote>Las culturas orales podían producir obras verbales de gran poder y belleza, con un alto valor artístico y humano, que ya ni siquiera son posibles, ahora que la escritura ha tomado posesión de la psique. Sin embargo, la alfabetización es indispensable para el desarrollo no sólo de la ciencia, sino también de la historia, la filosofía, la comprensión explicativa de la literatura y de cualquier arte, y de hecho, para la explicación del propio lenguaje (incluido el oral). La capacidad de escribir es absolutamente inestimable y de hecho esencial para la realización completa del potencial humano. Escribir eleva la conciencia.</blockquote>

	<p>Pero ¿qué pasa exactamente, en tiempo real, en el cerebro de una persona que lee y entiende lo que lee, a diferencia de una persona que simplemente mira las imágenes en una pantalla o escucha las palabras de un cuentista?</p>

	<p>En 2009, la revista <em>Psychological Science</em> publicó un estudio al respecto, llevado a cabo en el Laboratorio de Cognición Dinámica de la Universidad de Washington, cuya principal investigadora fue <strong>Nicole Speer</strong>. </p>

<blockquote>Los lectores simulan mentalmente cada nueva situación que se encuentran en una narración. Los detalles de las acciones y sensaciones registrados en el texto se integran en el conocimiento personal de las experiencias pasadas. Las regiones del cerebro que se activan a menudo son similares a las que se activan cuando la gente realiza, imagina u observa actividades similares en el mundo real.</blockquote>

	<p>Es decir, que <strong>el lector se hace libro</strong>. Las palabras del escritor obran como catalizador de la mente del lector. Y viceversa: el lector crítico y atento también estimula al escritor, sea éste conocido o no, tal y como rezaba <strong>Emerson</strong>:</p>

<blockquote>Todos los grandes hombres han escrito con orgullo, sin dar explicaciones. Sabían que un lector inteligente llegaría al fin y les daría las gracias.</blockquote>

	<p>Por esa razón, también, los vocabularios de las culturas que aprendían a leer incrementaban sus recursos lingüísticos. Por ejemplo, el vocabulario inglés, limitado a unos pocos miles de palabras, <strong>se amplió hasta más de un millón con la proliferación de los libros</strong>. </p>

	<p>Leer y escribir, qué duda cabe, amplió y refinó la experiencia que las personas tenían de la vida y la naturaleza, tal y como señaló <strong>Eisenstein</strong>:</p>

<blockquote>El nombre virtuosismo desplegado por los nuevos artistas literarios en el truco de convertir gusto, tacto, olfato y sonido en meras palabras requiere una mayor conciencia y una mayor observación de la experiencia sensorial que a su vez se transmiten al lector.</blockquote>

	<p>Vía | <em>Superficiales</em> de Nicholas Carr</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Leer es antinatural]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/leer-es-antinatural</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/leer-es-antinatural</guid>
      <pubDate>Mon, 04 Jul 2011 08:12:58 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2011/07/automaton.jpg" alt="" />Sí, aunque suene contraintuitivo es así. <strong>Leer es antinatural</strong>. Sin embargo, nos puede parecer una afirmación extravagante si todavía arrastramos en nuestro bagaje cultural la idea de que <strong>lo natural es lo bueno y lo artificial es lo malo</strong>. Que lo bueno es lo que la naturaleza nos entrega espontáneamente y que lo malo es todo lo creado por el ser humano, todo lo manipulado, modificado o sobrealimentado.</p>

	<p>Por ejemplo, la gente pierde horas de su tiempo discutiendo la legitimidad de la homosexualidad en base a si es natural o en antinatural.</p>

	<p>Esta idea beatífica del mundo (<em>la naturaleza es buena, el buen salvaje</em>) se concentra en el ámbito de la alimentación en los llamados <strong>alimentos ecológicos</strong>. Pero se olvida con frecuencia que los vegetales (los comestibles, entre ellos) acumulan en su organismo sistemas y moléculas de defensa que directa o indirectamente son tóxicos para el organismo humano. Puede parecer una anécdota, pero una berenjena, por ejemplo, <strong>contiene casi tanta nicotina como un cigarrillo <em>light</em></strong>. El tabaco, las setas venenosas o la cocaína se obtienen de forma natural y, evidentemente, todos sabemos que no representan un beneficio sobre la salud. </p>

	<p>Lo mismo sucede con la lectura. Es antinatural, pero no por ello el adjetivo debe arrastrar connotaciones peyorativas. <strong>Precisamente leer es tan bueno porque es antinatural</strong>.</p>

	<p>El estado natural del cerebro humano, así como el de la mayoría de los primates, <strong>tiende a la distracción</strong>. Basta con que aparezca cualquier estímulo interesante, y nuestro cerebro sentirás interés por él, olvidándose de lo que estaba haciendo. Sin embargo, leer un libro requiere de una capacidad de concentración intensa durante un largo periodo de tiempo.</p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Esta tendencia a distraernos con nuevos estímulos, según la psicología evolutiva, tiene mucho sentido. Nuestros ancestros debían tener cerebros hambrientos de novedades y dispuestos a captar cualquier irregularidad: los objetos estacionarios o invariables forman parte del paisaje y mayormente no se perciben. Los ancestros que no tenían esta capacidad, <strong>seguramente tenían mayor probabilidad de morir</strong> (por ejemplo, un depredador que acecha) o menor probabilidad de fijarse en una oportunidad (por ejemplo, una fuente cercana de alimentos, lo cual también se traducía en una muerte prematura). Y un ancestro muerto es un ancestro que no se reproduce y que no deja en herencia a su prole sus genes, es decir, rasgos como un cerebro que no tiende a la distracción.</p>

	<p>Todos los que en el pasado tenían cerebros predispuestos para la concentración y la linealidad, por tanto, se extinguieron. <strong>Nosotros somos descendientes de no lectores</strong>. Compartimos sus vetas genéticas. Tal y como señala <strong>Nicholas Carr</strong>:</p>

<blockquote>Leer un libro significaba practicar un proceso antinatural de pensamiento que exigía atención sostenida, ininterrumpida, a un solo objeto estático. Exigía que los lectores se situaran en lo que el T. S. Eliot de los Cuatro cuartetos llamaba “punto de quietud en un mundo que gira”. Tuvieron que entrenar su cerebro para que hiciese caso omiso de todo cuanto sucedía a su alrededor, resistir la tentación de permitir que su enfoque pasara de una señal sensorial a otra. Tuvieron que forjar o reforzar los enlaces neuronales necesarios para contrarrestar su distracción instintiva, aplicando un mayor “control de arriba abajo” sobre su atención. “La capacidad de concentrarse en una sola tarea relativamente sin interrupciones”, escribe Vaughan Bell, psicólogo del King´s College de Londres, representa “una anomalía en la historia de nuestro desarrollo psicológico.</blockquote>

	<p>En otras palabras, los que seáis grandes lectores, los que disfrutéis profundizando en los mundos imaginarios de las páginas de un libro durante horas, sin necesidad de echar un vistazo a vuestro alrededor, sois algo así como monstruos, mutantes, <strong>X-men que podríais figurar en cualquier museo teratológico de la especie humana</strong>. Sois antinaturales y raros. Vuestros cerebros han sido reprogramados para olvidarse de sus inclinaciones normales. Y las bibliotecas, por supuesto, son monumentos en contra de la humanidad en su sentido más estricto. Son anómalos edificios para robots. Amenazas del edénico jardín del que todos procedemos. </p>

	<p><strong>Los libros son el equivalente intelectual de los antibióticos, los aditivos o el aire acondicionado</strong>. Son una tecnología capaz de diluir un poco más nuestra humanidad de serie y moldear nuestro cerebro para alcanzar finisterres que hace apenas unos siglos eran inalcanzables. </p>

<blockquote>Ni que decir tiene que mucha gente había cultivado una capacidad de atención sostenida mucho antes de que llegara el libro e incluso el alfabeto. El cazador, el artesano, el asceta, todos tenían que entrenar su cerebro para controlar y concentrar su atención. Lo notable respecto de la lectura de libros es que en esta tarea la concentración profunda se combinaba con un desciframiento del texto e interpretación de su significado que implicaban una actividad y una eficiencia de orden mental muy considerables. La lectura de una secuencia de páginas impresas era valiosa no sólo por el conocimiento que los lectores adquirían a través de las palabras del autor, sino por la forma en que esas palabras activaban vibraciones intelectuales dentro de sus propias mentes.</blockquote>

	<p>Así, lectores del mundo, antinaturales todos, si pensáis más profundamente es porque leéis más profundamente. Porque, en ocasiones, ser antinatural es lo más de lo más. </p>

	<p>Vía | <em>Superficiales</em> de Nicholas Carr</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Qué trucos usan los escritores para llamar a la inspiración?]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/creacion/que-trucos-usan-los-escritores-para-llamar-a-la-inspiracion</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/creacion/que-trucos-usan-los-escritores-para-llamar-a-la-inspiracion</guid>
      <pubDate>Thu, 09 Jun 2011 16:23:07 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2011/06/musas.jpg" class="centro" alt="musas.jpg" /><strong>Lo de la inspiración tiene miga</strong>. Es cierto que, cuando te sientes arrebatado de inspiración, las palabras, las ideas, las historias parecen fluir por sí mismas, como si ya estuvieran escritas en algún sitio y tú sólo te limitaras a copiarlas, cual amanuense. </p>

	<p>Pero en lo de la inspiración <strong>también hay mucho de camelo o de impostura</strong>. Siempre he creído que el artista que tiene a una musa a su lado, por ejemplo, la tiene más por placer estético (o por echar un casquete de vez en cuando) que por verdadera inspiración. Lo de las musas es una moda que se ha ido perpetuando pero es de todo punto absurda: como si un cirujano tuviera que tener a su lado a coach para hacer bien su trabajo.</p>

	<p>La mejor inspiración es la transpiración: 8 horas sentado cada día frente a un escritorio y, hale, con los días, los meses o los años, obtendrás frutos que ni un ejército de musas podría recolectar. </p>

	<p>Pero bueno, si nos ponemos un poco románticos, vale, <strong>mi truco para inspirarme es ducharme</strong>. En la ducha, bajo el agua, es cuando se me ocurren las mejores ideas. Como si la ducha fuera una cámara llena de ecos donde reverberan las ideas, o algo así. </p>

	<p>Y los escritores también tienen sus propias técnicas. Vamos a descubrir algunas de ellas:</p>

	<p><strong>Hemingway</strong>, por ejemplo, escribía a lápiz, sobre papel de cebolla, y controlaba sus progresos anotando escrupulosamente el número de palabras que escribía a diario. </p>

	<p><strong>Goethe</strong> escribía de pie, con pluma, porque le desconcentraba el sonido del lápiz arañando el papel. </p>

	<p><strong>Robert Graves</strong> escribía en su casa de Mallorca, en una habitación donde todo estaba hecho a mano (exceptuando los interruptores de la luz). Decía que estar rodeado de cosas construidas de forma artesanal era importante para su actividad creativa. <br />
<!--more--></p>

	<p>A mí todo me suena más a manías o rituales que a catalizadores de la creatividad. Pero soy consciente de que hay servidumbres que si no se cumplen pueden interferir en la paz de espíritu. </p>

<blockquote>Thomas Mann, por ejemplo, tenía en su estudio frascos de colonia, palanganas con agua de violetas en las que cada tanto se lavaba las manos, mientras que Rimbaud pasaba días enteros sin ocuparse de su higiene personal, escribiendo a veces desnudo (…). El escritor suizo Robert Walser, quien pasó los últimos 28 años de su vida recluido en un manicomio, escribía en minúsculos pedazos de papel que siempre llevaba encima, guardados en alguno de sus innumerables bolsillos. También Walter Benjamin presumía de tener una letra microscópica; de hecho, su ambición nunca realizada fue escribir cien líneas en una cuartilla.</blockquote>

	<p><strong>Jack Kerouac</strong> escribió En el camino en un rollo de papel de teletipo, en sólo tres semanas. Por miedo a perder la concentración y la racha, supongo. Lo mismo que le pasaba a <strong>Ricardo Baroja</strong>, que pegaba los folios con engrudo para obtener un papel continuo que le permitiese escribir sin descanso. </p>

	<p>Luego están los sitios predilectos para escribir. El mío son las cafeterías en el que existan un ligero runrún de gente charlando. <strong>Pero hay gente más maniática que yo</strong>:</p>

<blockquote>Es el caso de Ramón María del Valle-Inclán, quien escribía de vez en cuando en un banco del Retiro, apretando las cuartillas contra el costado, con el muñón, para que no se las arrebatara el viento, o Raymond Carver, el autor de Catredal, que durante una época de su vida, a falta de un lugar tranquilo donde poder trabajar, se decidió por escribir en el coche.</blockquote>

	<p><strong>Bernardo Atxaga</strong>, sin embargo, prefiere un espacio íntimo e inviolable, sin intrusos, exceptuando sus libros más cercanos y cuadros firmados por amigos suyos.</p>

	<p>También es útil leer un poco antes de ponerse a escribir. A mí me funciona con Luis Landero: tiene una prosa tan musical que consigue desengrasarme el cerebro en pocos minutos. Pero <strong>Witold Gombrowicz</strong> leía mala literatura policiaca porque decía que la mala literatura despertaba la imaginación. </p>

<blockquote>Stendhal encontraba sosiego leyendo el Código de Justicia napoleónico que, según él, le ayudaba a depurar su estilo.</blockquote>

	<p>El asunto de las mesas también es importante. Nada como una mesa bien firme y amplia para desplegar notas y documentación. Pero <strong>Ortega y Gasset</strong> se lo tomaba muy en serio:</p>

<blockquote>quien en ocasiones utilizaba la mesa del comedor de su casa hasta que la familia, hambrienta, decidía poner punto final al trabajo por el expeditivo método de poner los platos.</blockquote>

	<p>Vía |<em> Las bibliotecas perdidas</em> de Jesús Marchamalo</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Si el arte no existe, puedes inventarlo]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/creacion/si-el-arte-no-existe-puedes-inventarlo</link>
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      <pubDate>Tue, 26 Apr 2011 22:49:59 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2011/04/obras-arte-simpson.jpg" alt="" />Los días, los años, transcurrían inexorables, y <strong>José no cosechaba resultados satisfactorios</strong> a pesar de que el tiempo, aquel tirano instalado en su reloj de pulsera, le imprimía un vertiginoso ritmo de trabajo, cual <em>tamtam</em> de un barco de remos.</p>

	<p>José escribía mucho. Descripciones, diálogos, metáforas, nombres de personajes, todo en gran abundancia y aderezado por una especie de trama mal hilvanada. Con todo, también asumía que tal vez lo que escribiera fueran palabras anémicas y <strong>textos apenas llamados por la inspiración del arte</strong>. </p>

	<p>Porque en gran medida no escribía con el ánimo de plasmar historias de ficción sino que <strong>se limitaba a hacer la pose de escritor</strong>, tratando de imbuirse en la personalidad enigmática de un aventurero de las letras que se pierde en la madrugada, fumando en pipa, rodeado de silencio, con la cabeza levemente inclinada esperando la llegada de la inspiración, nimbado por una aureola de bohemia, con los ojos sagaces pero la mente perpetuamente enturbiada por el alcohol y la absenta, con la barba entrecana de veteranía, confinado en la luz de un flexo, creando una obra que conmovería al mundo. </p>

	<p>La verdadera imagen que inspiraba en aquellos momentos no era ésa, ni mucho menos, más bien era la de un maniático y obsesivo <strong>clérigo amanuense encorvado sobre una actividad frenética de mera reproducción de textos</strong>. Porque José no tenía mundología ni experiencias vitales que comunicar. ¿Qué narrar entonces? ¿Sus manías? ¿Sus dificultades en clase? ¿Sus crisis de fe? ¿O debía ahondar en su imaginación? </p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Lo desconocía, porque por más que lo intentaba no conseguía delimitar un tema y desarrollarlo con gracia. Sólo parecía capacitado para ejecutar el movimiento pendular de la escritura con el ritmo de un apéndice mecánico en una cadena de montaje. Y no se le ocurría otra solución para superar semejante ineptitud que aquella suerte de encierro monacal: si no poseía talento, <strong>de puro tesón lograría que los demás le admirasen</strong>.</p>

	<p>Porque ¿qué otra opción le quedaba más que conjurar al espíritu del azar? Y para ello debía adquirir boletos en gran abundancia, creando masivamente obras de todo tipo, cuentos, novelas, ensayos, cualquier cosa, <strong>y probar suerte en los miles de premios literarios que se convocaban cada año.</strong> Poco importaba, según su criterio, si su producción resultaba pésima o carecía de una trama sólida y unos personajes bien definidos. Porque <strong>¿qué era el arte?</strong> </p>

	<p>Arte podía ser también el batiburrillo enfermizo que él escribía, como acabó siendo arte una obra pictórica impresionista o <strong>unas manchas caprichosas originadas por los aspavientos de una niña de cuatro años</strong>. Arte era una novela de aventuras, entretenida y audaz, y también lo era uno de aquellos soporíferos mamotretos, llamados clásicos, que su profesora de literatura le obligaba a leer. </p>

	<p>En clase escogían el texto de un autor célebre e intentaban descifrar el sentido profundo que trató de transmitir con ese adjetivo, con aquella oración o con el nombre del protagonista, y muchas veces José se preguntaba si leer entre líneas no era una actividad personal e intransferible que tenía que ver más con uno mismo que con las aspiraciones del autor. <strong>¿Quién garantizaba que tras una descripción existía el propósito consciente de dar a entender una ideología política, por ejemplo?</strong> </p>

	<p>No existía una máquina capaz de detectar, objetivamente, la intencionalidad de una obra: <strong>todo estudio de la misma estaba sujeta al arbitrio de su exegeta</strong>, a suposiciones más o menos razonadas. Ni el autor mismo, en ocasiones, actúa conscientemente. ¿Quién le aseguraba que <em>Hamlet</em> no era producto de la casualidad? </p>

	<p>Es más: ¿quién le aseguraba que los profesores de literatura de todo el país no se habían confabulado para entresacar más de lo que existía en <em>Hamlet</em> a fin de elevarla a su máxima esencia? ¿Por qué <em>Hamlet</em> y no otra cosa? ¿El arte no era más que una mera especulación y unos elegidos, la crítica, entre otros, acordaban el valor de la obra, encumbrándola o condenándola al olvido o al ludibrio del esnobista, por intereses económicos, políticos o históricos? ¿Por qué debía sonreír allí donde le indicaban que debía sonreír, llorar allá donde le indicaban que debía llorar… o maravillarse con algo que no le inspiraba ninguna emoción, más que el hastío? <strong>¿La mayoría era dócil y mansa por temor a parecer inferior culturalmente?</strong> ¿Al final nadie descubría este engaño y se habituaba a vivir en él por costumbre, como por costumbre un hombre se alimenta de gusanos aunque en la sociedad occidental resulte un plato repugnante? <strong>¿Le educaban o le manipulaban?</strong> </p>

	<p>Si cabía la posibilidad de que fuese, al menos en una parte, lo segundo, <strong>una de sus creaciones podría recibir el calificativo de arte por casualidad</strong>, porque la mercadotecnia suscitase la admiración de las masas o porque alguien con potestad para hacer dicha determinación optara por abrir una nueva vía artística con aquella obra. Pensaba, entonces, que no perdía el tiempo, que algún día, llegando su texto a las manos adecuadas, leído por unos ojos puros (o no tan influenciados por la estética vigente) o lanzado por un especulador avispado, creador de tendencias y de modas, triunfaría. </p>

	<p>Se lo tomaba, pues, <strong>como si en verdad participase en un sorteo</strong>: cada día que transcurría se hacía con otra papeleta; imponiéndose creer a pie juntillas en la posibilidad de resultar vencedor el día menos pensado, como se imponía en ocasiones su fe en Dios. Irrelevante resultaba si escribía un nuevo <em>Hamlet</em>, un tebeo o el desatino más esperpéntico de la historia: sus profesores de Literatura y de Historia del Arte le habían demostrado que cualquiera de aquellas manifestaciones eran susceptibles de ser elevadas a un altar. </p>

	<p>El arte no existía, o <strong>arte era todo aquello que su artífice tuviera la intención de que fuera arte</strong>: lo importante era que alguien legitimado para ello reconociese ese arte porque resulta económicamente viable, se amolda a la pauta cultural vigente (si es que existe), pretende romper moldes o le cae en gracia a alguien y es su espíritu romántico el que decide apostar. <strong>El gregarismo hacía el resto</strong>. La naturaleza humana lo mantenía todo en su sitio.</p>

	<p>Por aquella razón, José perseveraba en obligar al mundo a adecuarse a su forma de escribir. Y para ello recurría aquel esfuerzo sobrehumano. Sin medios para, por ejemplo, contratar a mil escribientes hacinados en un edificio de oficinas preñando obras literarias con su firma a fin de saturar el mercado y los premios literarios con su presencia, leía y escribía todo cuanto podía. Como alguien que, sabiendo que el arte no existe, trata de inventarlo. Como alguien que, a sabiendas de que la ballena blanca es una entelequia, continúa buscándola cada día.</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Cómo escribir una novela cuando hay ruido a tu alrededor?]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/como-escribir-una-novela-cuando-hay-ruido-a-tu-alrededor</link>
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      <pubDate>Thu, 14 Apr 2011 11:24:50 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://www.canalpatrimonio.com/imagftp/im151962grio.jpg" alt="" /><strong>Escribir una novela precisa de silencio, concentración y soledad</strong>. Requisitos que son difíciles de reunir en una gran ciudad. Por ello hace años que vivo en las afueras, en una pequeña colina frente al mar.</p>

	<p>En una gran ciudad, <strong>todo el mundo se confabula para interrumpir tu proceso creativo</strong>: el runrún de la calle, el tañido de las campanas de una iglesia cercana, el petardeo de las motocicletas de gran cilindrada, el ladrido de los perros, el murmullo gravitatorio de la luna, el rasgar de las hojas de los árboles, los crujidos del maderamen de la casa, la voces de subido diapasón del televisor del vecino. Tantos ruidos que, finalmente, uno ya sólo espera oír el fragor lejano de las bombas y las alarmas antiaéreas de una tercera guerra mundial.</p>

	<p>Huérfano de dones artísticos genuinos, yo siempre he tratado de <strong>convocarlos con el sacrificio y la repetición</strong>, como hacen los fakires, que recurren a la monotonía de las sensaciones, como el sonido de un gong, las danzas o la austeridad, para alcanzar el estado de conciencia alterada idóneo. Pero, a pesar de mi abnegación, a pesar de mi disciplina, a pesar del tiempo que invertía hasta el desmayo, como un condenado a trabajos forzados, siempre arrastrando el sueño, desembarazándose de los placeres mundanos y de la vicisitud, acababa asumiendo que no me esforzaba lo suficiente. </p>

	<p>Por eso detestaba el ruido del ambiente, casi maniáticamente, como le ocurría al científico <strong>Charles Babbage</strong>.</p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Cuando podía disponer de unos minutos de serenidad para escribir, instalándome en mi universo particular, cualquier tipo de invasión la interpretaba como el mayor de los delitos, y completamente de acuerdo estaba entonces con el tratado casi científico de Babbage con el título <em>Observaciones sobre los alborotos de la calle</em>, en el que estimaba que una cuarta parte de sus capacidades laborales <strong>se habían menguado debido a la contaminación acústica de la urbe</strong>, y concluía: </p>

<blockquote>Aquellos cuyas mentes están totalmente ociosas acogen la música de la calle con satisfacción, porque llena la vaciedad de su tiempo.</blockquote>

 

	<p>Yo, que también andaba enfrascado en una tarea que habría de instalarme en la eternidad (ingenuo que era uno), comprendía esa obsesión por el silencio, sin el cual tampoco Babbage era capaz de conectar con su espíritu creativo. Así que de ningún modo me parecía excesiva la serie de cartas obcecadas y reiterativas que Babbage remitió al <em>Times</em> proponiendo la creación de un <strong>Decreto Babbage</strong> que reprimiese cualquier forma de disturbio de la tranquilidad pública. </p>

	<p><strong>La gente se burló de Babbage y disfrutaba atormentándolo</strong>, pagando para que se agolpasen bajo su ventana violinistas, payasos, equilibristas, marionetistas, acróbatas sobre zancos, predicadores fanáticos y hasta falsas bandas de música con instrumentos desafinados.</p>

	<p>En mi domicilio en el centro de Barcelona, yo  también me creía víctima de una conspiración parecida. Algo similar a lo que describe <strong>Juan Manuel de Prada</strong> en su artículo <a href="http://xlsemanal.finanzas.com/web/firma.php?id_edicion=927&id_firma=2391">Paraíso acústico</a>, en el que refería su vida cotidiana en una comunidad de vecinos:</p>

<blockquote>A través de las paredes de mi casa, diseñadas por un fabricante frustrado de papel de fumar, me llega el rumor de las abluciones de mis vecinos, el estruendo de sus desalojos intestinales, el eco confuso y exasperado de sus discusiones conyugales, también el escándalo de sus trifulcas venéreas. Me he convertido en una especie de oreja hipertrofiada que recolecta los ruidos y los clasifica con paciencia de herbolario.</blockquote>

	<p>Con el tiempo, sin embargo, <strong>he ido cambiando mis hábitos</strong>. El silencio absoluto me desconcentra. Así, a pesar de vivir en un lugar donde reina el silencio, me he acostumbrado a trabajar cafeterías atestadas de gente, con mucho ruido y humo (hasta que lo prohibieron), y bajo los efectos euforizantes de alguna droga legal (tipo café). Indefectiblemente escribo a mano en un cuaderno, rodeado siempre de un puñado desordenado de notas, fotocopias y, por supuesto, algunos libros que me hayan ayudado a documentarme; todo a modo de palimpsesto creativo.</p>

	<p>El ruido de fondo (no demasiado estridente) <strong>me hace sentir parte de la masa</strong>. Además, hay sustento científico para ello.</p>

	<p>El oficio de escribir es muy solitario, y estar rodeado de parroquianos vocingleros me hace sentir en cierta compañía, parte de la manada. No sé dónde leí, además, que el rendimiento intelectual y la concentración <strong>se incrementan en entornos ruidosos</strong>, pues parte del cerebro se dedica a ahogar los ruidos ajenos, y el resto emplea más energía para seguir adelante. No sé si es cierto o no, pero a mí me funciona. Ni música ni gaitas… donde se ponga el corrillo de madres con sus nenes recién salidos del cole o los carajilleros acodados en la barra, que se quiten las musas.</p>

	<p>¿Y vosotros? Os inspiráis más fácilmente con ruido moderado alrededor o sumidos en un silencio de cámara anecoica?</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Escribir para alcanzar la fama inmortal]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/escribir-para-alcanzar-la-fama-inmortal</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/escribir-para-alcanzar-la-fama-inmortal</guid>
      <pubDate>Wed, 22 Sep 2010 15:54:15 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="centro" src="http://img.papelenblanco.com/2010/09/lecturas-12-escritor.jpg" alt="" /><strong>Escribir para que tus palabras queden cinceladas en mármol</strong>. Escribir para que te adulen. Escribir para alcanzar el reconocimiento que, en justicia, consideras que te mereces. Escribir para que las enciclopedias inmortalicen tu nombre, para cimentar tu crédito intelectual. Escribir para escamotear la angustia, la inseguridad y la desesperación, la del individuo aislado, arrancado del útero materno y lanzado a un mundo hostil.</p>

	<p>Tanta grandilocuencia viene a cuento de que, en el fondo, en las fibras más íntimas de nuestro ser, escribimos, pintamos, cantamos <strong>para satisfacer un anhelo infinito de fama</strong>.</p>

	<p>Por ello (entre <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/los-escritores-solo-escriben-a-cambio-de-sexo-i">otras razones biológicas</a> que hoy no toca sacar a colación) existen las pirámides egipcias o Hamlet. Para elevar la propia vida individual, quebradiza y limitada, hasta el plano de lo indestructible.</p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Como dice el filósofo <strong>Erich Fromm</strong> en su obra de referencia, <em>El miedo a la libertad</em>:</p>

<blockquote>Si el propio nombre es conocido por los contemporáneos y se abriga la esperanza de que durará por siglos, entonces la propia vida adquiere sentido y significación por el mero hecho de reflejarse en los juicios de los otros.</blockquote>

	<p>Esta solución a la propia inseguridad, obviamente, no está al alcance de las masas que no pueden (o no quieren) convertirse en popes de la cultura. <strong>Ellas se buscarán el consuelo de otra forma</strong>, quizá engendrando a un hijo, quizá afilándose a un equipo de fútbol, quizá adquiriendo un suntuoso vehículo a dos o cuatro ruedas.</p>

	<p>Así que aquí estoy. Escribiendo este pequeño artículo, entre otras cosas, para dar algo de sentido a lo que no tiene ni un ápice de sentido. </p>

	<p>Como un niño extraviado en mitad del océano que grita “<em>¡Recordadme!</em>”. O algo así. Dejadme cobijarme en las circunvoluciones y anfractuosidades de vuestros cerebros. Prometo no ocupar demasiado espacio, como una dosis homeopática. O como uno de esos <em>sherezadescos</em> capítulos por noche para conciliar el sueño.</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Memoriza un poema para que nadie te lo quite]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/memoriza-un-poema-para-que-nadie-te-lo-quite</link>
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      <pubDate>Sat, 11 Sep 2010 13:01:18 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2010/09/usb-stick.jpg" alt="" />Reconozco que <strong>mi memoria es pésima</strong>. Apenas soy capaz de acordarme de algunos fragmentos de canciones (y me encanta la música), me olvido con frecuencia de los nombres de las personas que me presentan o de los días señalados en el calendario. Cuando debía memorizar un temario para un examen académico, os lo garantizo, me costaba mucho más tiempo y esfuerzo que a vosotros.</p>

	<p>Tirar, en definitiva, de mis remembranzas es como hacerlo de un hilo de Ariadna enredado.</p>

	<p>De hecho, apenas soy capaz de enumerar un puñado de reglas gramaticales: si he conseguido escribir sin apenas faltas de ortografía ha sido a base de prueba y error, prueba y error, prueba y error. Lo sé, casi soy la antítesis de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Funes_el_memorioso">Funes el memorioso</a>.</p>

	<p>Actualmente, la memorización de textos en el ámbito escolar ha perdido mucho sentido. <strong>¿Para qué memorizar lo que aparece a golpe de Google?</strong> Así pues, cada vez más, se premia el razonamiento o la composición frente a la pura enumeración o repetición de loro. Y eso está bien (no sólo por lo que a mi disminuido cerebro respecta): razonar es más importante que memorizar. </p>

	<p>Pero <strong>¿memorizar no tiene ningún valor?</strong></p>

	<p><!--more--></p>

	<p>La profesora <strong>Maryanne Wolf</strong> narra la siguiente anécdota sobre los motivos de una persona para forjar en el yunque de su memoria algunos datos escogidos:</p>

<blockquote>La abuela judía de ochenta y seis años de mis hijos, Lotte Noam, desconcertaría a las futuras generaciones. Apenas hay ocasión que no sea capaz de citar de manera pertinente un poema de tres estrofas de Rilke, un pasaje de Goethe o un pícaro verso humorístico, para infinito deleite de sus nietos. Una vez, en un ataque de envidia, pregunté a Lotte cómo era capaz de memorizar tantos poemas y chistes. Ella respondió con sencillez: “Siempre quise tener algo que nadie pudiera quitarme si alguna vez me metían en un campo de concentración”.</blockquote>

	<p><strong>Sócrates también exaltaba la memoria</strong>; además de desconfiar de las palabras escitas y de las chuletas en general, como la que le encontró en una ocasión entre los pliegues de la túnica a su pupilo Lisias, comparando estas ayudas con las pinturas hermosas, que sólo son apariencia de la vida:</p>

<blockquote>Pero si les preguntas, mantienen un silencio majestuoso. Ocurre lo mismo con las palabras escritas; parecen hablarte como si fueran inteligentes, pero si les preguntas algo sobre lo que dicen por el deseo de ser instruido, ellas siguen diciéndote lo mismo una y otra vez, constantemente.</blockquote>

	<p>Los neurocientíficos no han podido constatar aún qué implicaciones tendrá en las generaciones futuras la cada vez menor necesidad de memorizar textos y el apoyo en prótesis memotécnicas más sofisticadas. </p>

	<p>Así que, por si acaso, escoged uno o dos poemas, tal y como lo hizo Lotte Noam, y memorizadlos para que nadie pueda manipularlos, borrarlos o robarlos. Como si ya olierais al papel quemado de <em>Fahrenheit 451</em>. Al menos os quedará eso si os condenan en un campo de concentración.</p>      ]]></description>
      </item>
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