Escribir para que tus palabras queden cinceladas en mármol. Escribir para que te adulen. Escribir para alcanzar el reconocimiento que, en justicia, consideras que te mereces. Escribir para que las enciclopedias inmortalicen tu nombre, para cimentar tu crédito intelectual. Escribir para escamotear la angustia, la inseguridad y la desesperación, la del individuo aislado, arrancado del útero materno y lanzado a un mundo hostil.
Tanta grandilocuencia viene a cuento de que, en el fondo, en las fibras más íntimas de nuestro ser, escribimos, pintamos, cantamos para satisfacer un anhelo infinito de fama.
Por ello (entre otras razones biológicas que hoy no toca sacar a colación) existen las pirámides egipcias o Hamlet. Para elevar la propia vida individual, quebradiza y limitada, hasta el plano de lo indestructible.

¿Por qué a los escritores les rodea una aureola de misterio? ¿Por qué soñamos secretamente con conocerles? ¿Por qué diablos molan tanto?
Terminábamos el
Como decíamos en la
Una respuesta favorable de una editorial a nuestra
Repuestos completamente de nuestro primer desánimo tras las cartas o mail de rechazo o, peor aún, del más absoluto silencio en este sentido, ahora que sabemos,
Le ha dedicado mucho tiempo, horas robadas seguramente a los amigos, la familia o su tiempo de descanso. Ha sido un duro y al tiempo grato trabajo y usted considera que ha merecido la pena. Al fin ha terminado su libro.