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Manías de escritores para inspirarse

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utiliza-la-creatividad-en-el-video-curriculum.jpgHay muchos escritores que tienen toda clase de manías y servidumbres para inspirarse. Hace unos días os hablé de algunas de ellas en ¿Qué manías tienen los escritores?, pero nos dejamos muchas en el tintero. A continuación tenéis unas cuantas más para completar la colección.

Por ejemplo, en cuanto a vestimenta:

El conde Buffón sólo podía escribir vestido de etiqueta, con puños y chorreras de encaje y espada al cinto.

Alejandro Dumas, para escribir, vestía una especie de sotana roja, de amplias mangas, y sandalias.

John Milton escribía envuelto en una vieja capa de lana.

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Tomas Tranströmer, premio Nobel de Literatura 2011

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El poeta sueco Tomas Tranströmer es el ganador del premio Nobel de Literatura 2011. Según la Academia Sueca “da un acceso fresco a la realidad a través de sus translúcidas y concentradas imágenes”. Esta vez las quinielas no estaban muy alejadas del fallo final del jurado. El Nobel de Literatura no se otorgaba a un poeta desde que lo recibiera la polaca Wislawa Szymborska en 1996.

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Las apuestas para el Nobel de Literatura

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Nobel de Literatura - Rudyard Kipling

Estamos en la semana de los premios Nobel. Durante esta semana la Academia Sueca ha otorgado los Nobel de Medicina, Física y Química. Por su parte, el Nobel de Literatura se entregará mañana, es decir, el primer jueves de octubre, como marca la tradición. Como todos los años, suenan muchos nombres para tomar el testigo del peruano Mario Vargas Llosa, galardonado el año pasado. Hacemos un repaso de los escritores que están en las quinielas.

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Umberto Eco desvela sus secretos en 'Confesiones de un joven novelista'

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confesiones joven novelista

Debo reconocer que mi admiración por Umberto Eco ha caído varios puntos tras saber que iba a escribir una versión light de El nombre de la rosa. Aún así, el que tuvo retuvo, y su nuevo libro publicado en nuestro país, Confesiones de un joven novelista, me llama muchísimo la atención, porque yo soy así de fácil. Lo publica Lumen, en una bonita edición en tapa dura con sobrecubierta, y su precio es 17,90 euros. A cambio tendrás la posibilidad de zambullirte en la mente de un escritor, algo que no es posible hacer todos los días.

Aunque Eco está ya a punto de cumplir los ochenta años, su andanza como novelista comenzó en 1980, cuando publicó la célebre El nombre de la rosa. Eco ya tenía una ganada reputación como ensayista, pero la fama mundial le llegaría con una novela que mezclaba sabiamente historia y suspense, una fórmula que creó escuela. Así, en ‘Confesiones de un joven novelista’, Eco nos acerca a los misterios insondables del oficio de escritor: la creación de los personajes, su obsesión por los pequeños detalles, las tramas en las que mezcla realidad y ficción… Un pequeño agujero por el que espiar a uno de los autores más carismáticos de los últimos años, y todo con mucho humor, que eso se le da muy bien.

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¿Qué ha sido de los cadáveres de algunos escritores?

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tumba.jpgHoy nos vamos a poner un poco macabros. Encendamos una vela, esperemos que el gato crispe el espinazo y hagamos tamborilear nuestros dedos sobre el cráneo que hace las veces de pisapapeles en nuestro escritorio para investigar qué suerte han corrido muchos cadáveres de escritores.

Y es que los cadáveres de los escritores no son cadáveres normales. Los cadáveres normales acostumbran quedarse quietecitos en su nicho, por mucho que dijera Mecano. Los cadáveres de los escritores son celebridades, objeto de fetichismo extremo, como sucede con los cadáveres de cantantes, actores o científicos (al final de este artículo os explicaré qué delirante historia hay detrás del cerebro de Einstein, en plan bonus track).

Retumba un trueno a lo lejos, como si se hubiera desparramado la vajilla de un restaurante de alto copete, y empezamos.

Por ejemplo, la tumba de Oscar Wilde, cerca de París, siempre está cubierta de inscripciones.

La dentadura del incisivo Voltaire (¿lo cogéis?) quedó mermada a su muerte, tras serle arrancados algunos dientes (ignoro si algún incisivo, guiño-guiño-codazo-codazo).

Los restos de Calderón y Lope de Vega desaparecieron en un incendio. También se perdieron durante años los restos de Dante.

Sin embargo, el cadáver de Montaigne fue desmembrado. Se cree que su cuerpo reposa en Budeos y su corazón, en la iglesia de Saint Michel, en el Perigord. Tampoco se conoce el paradero exacto de Racine: se sabe que está enterrado en St. Etienne du Monte, pero no el lugar preciso.

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¿Qué manías tienen los escritores?

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Como toda actividad que depende en parte del azar (que ese día estés inspirado, que ese día encuentres el personaje que necesitabas, que continúes con ánimos para escribir una página más de ese manuscrito que ya alcanza las 400, que el público te dé la espalda, que la editorial no apruebe el manuscrito, etc.), los creadores literarios están llenos de manías, melindres y rituales.

Por ejemplo, Thomas Mann era tan obsesivo con los personajes que creaba para sus novelas que incluso se imaginaba cómo podría ser su firma. Luego también le leía lo escrito a toda su familia y les pedía consejos.

Gabriel García Márquez necesita estar en una habitación con una temperatura determinada. Debe tener en su mesa una flor amarilla, de lo contrario no se sienta a escribir. Y siempre lo hace descalzo. Si no está inspirado, no escribe absolutamente nada.

John Steinbeck trabajaba con lápiz, pero tenían que ser lápices redondos para que las aristas no se le clavaran en los dedos.

Mario Vargas Llosa, que empieza la escritura a las 7 de la mañana, tiene un orden casi obsesivo, los libros de su biblioteca están ordenados por motivos curiosos: por tamaño, por países… y se rodea de figuras de hipopótamos de todas clases.

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¿Cómo se suicidan los escritores?

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Siguiendo la línea del artículo ¿Cuántos escritores están locos?, os voy a hablaros de cuántos escritores han sido suicidas y, lo más importante, qué métodos emplearon para reunirse con la Parca.

No resulta demasiado sorprendente constatar que, entre el colectivo de los escritores, hay un buen número de imaginativos suicidas, porque también hay una mayoría de locos.

Además, los escritores acostumbran a ser criaturas especialmente sensibles, volubles, vulnerables e hiperestésicas. Lo son por varios motivos, pero principalmente porque se nutren de su sensibilidad para plasmar historias que conmueven. Y también porque los autores suelen necesitar la palmadita en la espalda para continuar adelante: una pequeña crítica puede ser demoledora.

Como ya os expliqué en ¿Los escritores sólo escriben a cambio de sexo? (I) y (y II), ellos escriben, escribimos, para que nos quieran. Cuando no es así, el escritor sufre hasta límites insospechados.

A todo esto se le suma que en el suicidio siempre subyace lo decadente, y lo decadente es cool en el ámbito literario.

Dicho lo cual, el salto que dio Virginia Woolf hacia las aguas del río Ouse en la primavera de 1941, con los bolsillos cargados de piedras, adquiere otra dimensión. Ni tampoco las muertes de Mishima, Horacio Quiroga o Gabriel Ferrater.

Artaud ingirió una sobredosis de láudano en 1948. Cesare Pavese se envenenó en el Hotel Roma de Turín, nada menos que con 16 sobres de somníferos, en agosto de 1950. Hemingway se disparó un tiro en la boca en julio de 1961. Stefan Zweig se mató en Brasil junto a su secretaria Carlota Altman, con la que se había casado, huyendo de la persecución nazi. Alejandra Pizarnik se suicidó con barbitúricos el 25 de septiembre de 1972. Paul Celan se arrojó al Sena el 30 de abril de 1970. Vladimir Maiakovski se disparó con un revólver el 14 de abril de 1930.

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Borges, eterno.

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mario-muchink-borges-cervantes-institue-in-moscow.jpgJorge Luis Borges murió hace 25 años, el 14 de junio de 1986, año del cometa Halley y el día del cumpleaños de mi padre. Datos estos que uno nunca puede olvidar y que enmarcan la realidad y la dimensión de galaxia (que no de cometa y sus intermitencias) que tiene este gran escritor argentino, patrimonio de todos los mortales que andamos de libro en libro.

Yo leí a Borges ya de mayor. Me llamó la atención la palabra “dantescos” en uno de sus libros y lo compré y lo leí (‘Nueve ensayos dantescos’). Dante, su Infierno sobre todo, me perseguía con insistencia de condena. La verdad es que me quedé impresionado por él, por su prosa, por sus cuentos, por su historia, por su ceguera que a mí me causa un miedo insuperable.

Piglia, Ricardo Piglia, dice que “la novela actual de este continente (América Latina) bebe más de la cosmogonía de Jorge Luis Borges, autor de una generación anterior, que de la del padre de ‘Cien años de soledad’, del “realismo mágico” que durante décadas pareció inundarlo todo”.

Todo el mundo cita a Borges, todo el mundo lo quiere emular, todo el mundo quiere hacerse una foto junto a su legado para prestigiarse, para convertirse en discípulo suyo. Hasta un remake se ha publicado hace poco por obra y gracia de Agustín Fernández Mallo.

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El café como sitio idílico para escribir

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Los que me conocen saben que, para mí, el café es algo así como un inductor de ideas y un espoleador de la creatividad. Es meterme en vena una dosis de cafeína, y zas, en menos de dos minutos me salen las palabras solas, incluso superando los bloqueos creativos más peliagudos.

Pero hoy no voy a hablaros del café como droga legal estimuladora para escribir, sino del café como lugar, como cafetería, como locus amoenus para ponerse a escribir (siguiendo un poco la estela de la entrada ¿Qué trucos usan los escritores para llamar a la inspiración?

Años ha, los cafés eran centros de autoeducación, de innovación literaria (en el club Cabaret Voltaire nació el dadaísmo) e incluso de agitación política (la Revolución francesa de 1789 se fraguó literalmente en el Café de Foy). No en vano, Tom Standage, en La historia del mundo en seis tragos, afirma que, colectivamente, los cafés de Europa vinieron a ser el Internet de la Edad de la Razón.

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Julio Cortázar: Manuscrito hallado en una cómoda.

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Portada Papeles InesperadosAndo desde el año pasado leyendo a fondo a Julio Cortázar que terminará convertido en personaje de ficción lo más seguro. Ya os diré más. Fue en medio de este frenesí de lecturas cuando en una visita inocente a una librería me encuentro con un nuevo libro de Cortázar: “Inédito”, reza en la portada una pegatina color oro. “¡No puede ser!”, me dije y cogí casi sin pensarlo Papeles inesperados (Alfaguara, 2009). Me quedé blanco como este papel. Le eché un rato al índice y viajé arriba y abajo por sus páginas allí mismo en la librería.

Carles Álvarez Garriga, uno de los editores de este volumen, cuenta en el prólogo la historia de este milagro bibliográfico que parece más una historia cortazariana que otra cosa. Resulta que Aurora Bernárdez, viuda, heredera universal y albacea de la obra de Cortázar, (coeditora con el prologuista del texto) encontró estos papeles metidos en una cómoda. “¿Qué?”, me dije en voz alta esta vez y la gente me miró raro mientras leía la historia de estos súbitos textos. Entonces supe que había llegado la hora de, como dice el propio Borges, dejar de creer en el concepto “edición definitiva”. O en el de “obras completas”, mira tú por dónde.

Para los amantes del escritor argentino este libro ofrece la posibilidad de disfrutar de un Cortázar distinto, poliédrico, diverso y siempre genial. El texto tiene más historias de Cronopios, discursos, auto entrevistas (no se la pierdan, habla de la Cuba de entonces) y hasta más aventuras de un tal Lucas que seguro les suena. Esta es una excelente compilación de esos textos recién llegados de la leyenda, del mito y universo cortazariano que se niega a declararse cerrado.

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